miércoles, 18 de octubre de 2017

Correr para vivir. La apasionante historia de Lopez Lomong


Correr para vivir
De los campos de exterminio de Sudan a las Olimpíadas
Joseph Lopez Lomong. Ed Palabra





Esta es una impresionante narración, contada por su protagonista, de la vida de Joseph Lopepe Lomong, hoy atleta profesional y corredor olímpico de los Estado Unidos.


Nacido en una pequeña aldea de Sudán en 1985, a los 6 años es arrancado de brazos de sus padres cuando asistía con ellos a misa. Unos camiones con sucios soldados rebeldes aparecieron de repente junto a la iglesia y a punta de fusil secuestraron a todos los niños. Se los llevaron lejos para convertirlos en niños soldado.


Encerrado durante meses en una abarrotada y asfixiante celda, en la que cada día moría alguno de sus pequeños compañeros de cautiverio, una noche logra escapar con la ayuda de otros tres niños poco mayores que él. Corrieron sin descanso durante tres días y tres noches, en una tremenda carrera que pensaban les devolvería a su aldea. "No llores, Lopepe -le decían sus compañeros- volverás a ver a tu madre." "Siempre he pensado que eran tres ángeles custodios que Dios me envió, porque Él tenía otros planes para mí". 


Cuando creían estar ya cerca de su aldea natal, les descubren unos militares. Pero extrañamente estos militares llevan ropas limpias, y no les pegan ni les gritan. Eran soldados keniatas. Su tremenda y veloz carrera les había llevado en dirección a Kenya, y habían cruzado sin darse cuenta  la frontera.


Los soldados les llevan al campo de refugiados  de Kakuma. Y allí, cuando ya están a salvo, desaparecen sus providenciales acompañantes: nunca más ha vuelto a saber de ellos.


Pasó diez largos años en el campo de Kakuma. Allí alimentaba su confianza en Dios, con el convencimiento de que Él dirigía sus pasos y le cuidaría. Ha visto en una vieja televisión al atleta Michael Jhonson, y sueña con llegar a ser como él, corredor olímpico. Acude asiduamente a la capilla del campo, y allí crece su confianza en Aquel que hace posibles todas las cosas, por increíbles e imposibles que parezcan. 


Y la Providencia actúa. En 2001 una organización cristiana de Estados Unidos consigue que 3.500 niños abandonados del campo de Kakuma fueran acogidos por otras tantas familias norteamericanas. Lopepe fue uno de los afortunados.


Arropado por el calor y entusiasmo de sus nuevos padres, logró la primera parte de su sueño: en 2006, mientras realizaba sus estudios en Hostelería, logra convertirse en atleta profesional. Pronto estaría en condiciones de cumplir la segunda y más importante parte: utilizar los dones que Dios le ha dado (simpatía, éxitos, popularidad) como plataforma para cambiar la vida de otros muchos niños abandonados como él, en Sudán y en tantos lugares del mundo. Compitió en las olimpiadas de Beijin en 2008, donde fue abanderado de Estados Unidos, y de Londres en 2012. 


                                 



Destaca en el relato el sentimiento religioso de Joseph, nombre de bautismo cristiano, del que se siente orgulloso porque le recuerda a los dos José más famosos: el del Antiguo Testamento, maltratado y abandonado por sus hermanos, pero que luego se convierte en su providencial salvador; y el del Nuevo Testamento, padre y esposo providente de María y Jesús. Siempre vio en ese nombre que le fue impuesto un sentido de la  misión que Dios le iba a encargar: dar a conocer las penurias de tantos niños que sufren y ayudar a solucionarlas.


Destaca también en Lomong el amor a su nueva patria, Estados Unidos. Es una de las virtudes de los norteamericanos, que les hace fuertes. Gentes de toda raza, origen y creencias se sienten identificados cuando se trata de amor a la patria que les acoge. El día siguiente al atentado de las Torres Gemelas, en el instituto de Lopepe pusieron una mesa que vendía camisetas con la leyenda "Unidos Podemos". Todo el mundo cogió una y la llevaba puesta, fueran cuales fueran sus ideas. 


Lopepe descubre que los norteamericanos no sólo aman su país, sino que además están tremendamente orgullosos de él. No es nacionalismo, que es un defecto en cuanto supone distanciamiento o desprecio a los demás. El amor a la patria es una virtud. No hay mal peor para una nación que el cainismo, el odio a lo propio, que lamentablemente inoculan algunos en países de noble tradición como España. Lopepe por primera vez se sintió americano ese día, empezó a considerarlo su hogar y su familia.


Otro rasgo del relato de Lopepe (veloz, en su lengua natal; en América se lo abreviaron por López) es el agradecimiento, el humilde sentimiento de no merecer tanto como se le daba. Durante muchos meses, al principio de su llegada a Estado Unidos, estuvo convencido de que todo era fruto de un error y que pronto le devolverían a África. "Esto es demasiado bonito para ser real". Cuando por fin se convenció de que no había error -en una estupenda conversación con su padre de acogida- pasó al convencimiento de que Dios le pedía compartir esa felicidad con muchos otros necesitados.


Agua potable, acceso a la educación -especialmente de las mujeres, que lo tienen más difícil-, acceso a semillas y maquinaria agrícola para mejorar la alimentación, medicinas y atención sanitaria para evitar la tremenda mortalidad infantil por enfermedades fácilmente curable si hubiera un mínimo de medios. Estas son las cuatro necesidades básicas de África, dice con acierto Lopez Lomong. Y esa es la finalidad de la fundación que puso en marcha y para la que trabaja.



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Se trata de un relato vivo, al que Mark Tabb ha sabido dotar de expresividad literaria, que despierta en el lector esos mismos  sentimientos de humanidad, solidaridad y confianza en la providencia que vemos en su protagonista. Gracias a Dios hay muchas buenas iniciativas en marcha, en las que podemos colaborar, como esta de Harambee, también en Sudán. Pero toda ayuda es poca para tanta necesidad. 













jueves, 28 de septiembre de 2017

Cara y Cruz. Josemaría Escrivá

Cara y cruz. Josemaría Escrivá.
José Miguel  Cejas. Ed. San Pablo




José Miguel Cejas, periodista y escritor fallecido en 2016, tuvo la oportunidad de conocer y tratar al fundador del Opus Dei desde 1967. Esta obra póstuma es una serena reflexión sobre la vida de san Josemaría, fruto de su experiencia personal y de conversaciones con numerosas personas que también conocieron y trataron estrechamente a Escrivá. 

Ha estudiado también numerosas fuentes documentales del archivo de la Prelatura y del Instituto Histórico San Josemaría Escrivá, sobre sucesos claves en la vida del fundador del Opus Dei, que contextualiza al hilo de los acontecimientos más relevantes de la Iglesia y del mundo a lo largo del siglo XX.

Cejas se fija especialmente en ese contraste que aparece en la vida de toda persona: la presencia inseparable de alegría y sufrimiento. La cruz, en forma de sufrimiento físico y moral, de incomprensiones y persecuciones, de calumnias desde dentro y fuera de la Iglesia, fue una constante en la vida de Escrivá. Pero en la vida del discípulo de Cristo el sufrimiento y la cruz es el camino para alcanzar el triunfo definitivo.

Escrivá, siendo niño, experimenta el dolor por la muerte consecutiva de tres hermanas, luego la ruina familiar y la incomprensión de algunos parientes cercanos. Siendo todavía joven, las estrecheces de la pobreza. Luego la persecución en la guerra civil, y enseguida las calumnias y acusaciones de herejía cuando el Opus Dei era apenas una criatura recién nacida.

Padeció también las tormentas que se vivieron en la iglesia después del  Concilio Vaticano II, provocadas por ese “concilio paralelo” que tuvo lugar en medios de comunicación poderosos que transmitían una visión sesgada y politizada, que era la que llegaba al pueblo. En medio de esos momentos de confusión y tormenta, Escrivá no cae en el desaliento, vive y transmite esperanza: “Dios, hijos míos, permite estas pruebas –por nuestros pecados, los vuestros y los míos- ¡pero no abandona a su Iglesia!

Cejas aporta viveza a su relato con ejemplos, construye las ideas universales desde sucesos concretos, no se queda en teorías.   Por ejemplo, al hablar de la forma en que Escrivá encara el sufrimiento aporta entre otros el testimonio del conocido siquiatra austríaco Victor Frankl, que resalta “la refrescante serenidad que emanaba de él y que envolvía toda su conversación (…) Vivía de manera plena el momento presente (..) para él cada instante tenía el valor de un momento decisivo.”

Para Escrivá, lo contrario de la alegría no es el sufrimiento, sino la tristeza. El dolor físico o moral no le hace perder la alegría, porque se sabe hijo de Dios, y porque Dios no deja de alentarle, también con mociones interiores que acrecientan su fe y su optimismo.  Ante el alejamiento de Dios que sufre el mundo, y la crisis espiritual de muchos cristianos, lo humanamente lógico sería el desánimo. Pero Dios le hace sentir una esperanza alegre que le permite ver la vida como es: bonita, porque es de Dios: “Si Deus nobiscum, quis contra nos?” Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?

Ante la presencia del mal aconsejaba una actitud positiva: “No te quejes: ¡trabaja, en cambio, para ahogar el mal en abundancia de bien!” Y recordaba  que “en los momentos de crisis profundas en la historia de la Iglesia, no han sido nunca muchos los que, permaneciendo fieles, han reunido además la preparación espiritual y doctrinal suficiente, los resortes morales e intelectuales, para oponer una decidida resistencia a los agentes de la maldad. Pero esos pocos han colmado de luz de nuevo la Iglesia y el mundo.

Sobre el origen de las falsedades que se difundieron contra Escrivá ya desde los años 40, Cejas señala que partieron de algunos religiosos y políticos que aspiraban al monopolio en sus ámbitos, y crearon un clima de sospecha y recelo hacia la Obra que perduró después durante años en ciertos ambientes eclesiásticos y civiles. A eso se añadió la facilidad con que algunos periodistas se lanzan a opinar sobre la Iglesia sin un mínimo de conocimientos teológicos: “se echarían a temblar si tuviesen que escribir sobre bioquímica, pero piensan que lo saben todo de teología, y dicen disparates”. Esos ataques fueron después amplificados por medios dirigidos por personas anticristianas.

A este propósito, señala Cejas la extraña e incongruente evolución de los mitos sobre el Opus Dei. Los primeros ataques lo acusaban de  herejía revolucionaria, porque pretendía que se podía aspirar a ser santo sin abandonar el trabajo y las tareas ordinarias propias de cualquier ciudadano y cristiano corriente.  Después del Concilio Vaticano II, que afirmó y ratificó solemnemente el mensaje del Opus Dei, pasó a ser tachado de reaccionario. 

En la España católica y profranquista de la postguerra se acusaba al Opus Dei de difundir el liberalismo. Años después se le acusaba de difundir el conservadurismo. Pero Escrivá no cayó ni en el tradicionalismo anclado en el pasado de que le acusaban algunos, ni en el error de considerar lo nuevo como mejor por el hecho de ser nuevo.

Cejas remite a un estudio muy interesante de Jaume Aurell sobre la creación de los mitos y los estereotipos, aplicado precisamente al Opus Dei, con datos históricos de personajes concretos que propalaron falsedades a conciencia. Algunos después se arrepintieron y pidieron perdón, pero las falsedades y mitos quedaron. El daño estaba hecho.

Interesante la referencia al linchamiento moral que padeció el beato Pablo VI a raíz de la publicación de su Encíclica Humanae Vitae, en la que desautorizaba a teólogos que se consideraban a sí mismos vanguardistas. Esa encíclica, que afirmaba la doctrina católica sobre el matrimonio y la vida del no nacido, contrariaba los intereses económicos y demográficos del Banco Mundial y los laboratorios farmacéuticos. Y no se lo perdonaron a Pablo VI.

La clave del Opus Dei, afirma Cejas, es la atención personalizada. No pone el acento en comités, asambleas y encuentros, sino en la formación personal, para que cada uno dé su respuesta personal a los problemas sociales, a la injusticia y la pobreza material, moral y espiritual. Así surgen respuestas tan variadas como variadas son las circunstancias sociales, familiares y profesionales de cada uno.


Escrivá enseña con su ejemplo que la presencia de penalidades no es obstáculo para  vivir con alegría. Las exteriores (injusticias, incomprensiones, maledicencias, persecuciones…) Y también las interiores (complejos, tristezas, angustias, deserciones de la vida espiritual…) Los días que el cristiano vive en la tierra son siempre una prueba, para purificar su fe y prepararse para la vida eterna. Si el Señor nos ha traído a la vida con esas debilidades y al mismo tiempo nos llama a santificarnos, es señal de que, con Él, podemos lograrlo. Nuestras fuerzas personales tienen un solo nombre: flaqueza. Pero con Él somos fuertes.



Escrivá contempló con alegría los frutos de su trabajo. Pero también lo que  a ojos humanos se suelen llamar fracasos: proyectos que intentó poner en marcha y que no llegaron a cuajar. Tanteó posible iniciativas apostólicas: la creación de una universidad eclesiástica enRoma, un centro en Tierra Santa que actuara como foco de vida cristiana, un Santuario dedicado a la Sagrada Familia en los Estado Unidos… Pero tuvo que confiar todo eso a sus sucesores.

Quizá uno de los milagros más grandes de la vida del fundador del Opus Dei fue que las incomprensiones que sufrió no le agriaron el carácter ni le volvieron desconfiado. “El triunfo de Escrivá no está en los libros que publicó, ni en las labores apostólicas que surgieron… El triunfo son las Bienaventuranzas: bienaventurados los misericordiosos, los perseguidos por la justicia…” San Juan Pablo II, en la ceremonia de beatificación de Escrivá, lo explicó bien: “Es necesario pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios”.

El libro aporta un apéndice con los puntos esenciales para entender el Opus Dei y su misión en la Iglesia, así como el discernimiento de la llamada al Opus Dei, que consiste en vivir la propia vocación cristiana con una nueva exigencia y conforme a un carisma y unos medios específicos: la santificación del trabajo y de las circunstancias en que discurre la vida corriente del cristiano.

Ver también del mismo autor reseña de Cálido viento del Norte y de Los cerezo en flor








lunes, 18 de septiembre de 2017

La nieta del señor Linh

La nieta del señor Linh. Philippe Claudel. Ed Salamandra


Entrañable relato sobre la amistad que surge espontánea entre dos corazones rotos, que tienen en común el vacío que ha dejado la pérdida de seres queridos y el anhelo de comprensión y humanidad que todos llevamos dentro.

Ese anhelo contrasta con la fría sociedad en la que viven. Personas supuestamente civilizadas encerradas en un modo de vida egoísta, técnicamente avanzado, pero incapaz de mirar a los ojos para adivinar que alguien está necesitado de algo y ofrecerle al menos una mirada de comprensión.

El señor Linh llega como refugiado a una ciudad europea, procedente de algún país asiático asolado por la guerra. Lleva en brazos a su único tesoro y razón de su vida: su nieta, de escasos meses. Ha perdido todo en una guerra tan absurda como todas las guerras. 

Linh y su nieta reciben una atención correcta de los servicios oficiales de atención al refugiado. Pero es una atención  falta de humanidad, porque es fría, vacía de sentimientos, incapaz de hacerse cargo de sus anhelos interiores. Le embarga un profundo sentimiento de soledad y desamparo.

El viejo señor Linh, sólo en una ciudad fría, de la que no entiende ni el idioma ni las costumbres, coincide en un banco junto al parque con el señor Bark, y este le habla, sin importarle el desconocimiento del idioma. El señor Bark necesita hablar, porque acaba de perder a su mujer y está desconsolado. Regentaba junto a su mujer el tío vivo del parque, que tienen frente a ellos. Pero ahora ya nada tiene sentido para él.

El señor Lihn no entiende nada de lo que le dice, pero siente por primera vez desde que llegó el calor de una voz que le habla en confianza. Una voz cálida que le envuelve en una dulce sensación de ternura y comprensión. Y le escucha con interés, y el señor Bark se siente escuchado y comprendido. Y una intensa simpatía crece entre ambos.

“Esta ciudad nunca nos gustó” dice el señor Bark, sin importarle que Linh no le entienda. “No sé usted, pero lo que es nosotros nunca pudimos soportarla. Así que pensábamos buscar una casita en el interior, en un pueblo, un pueblo cualquiera en el campo, cerca de un bosque, de un río, un pueblecito, si es que todavía existen sitios así, en el que todo el mundo se conociera y se saludara, no como aquí…”

Es un relato breve, que se lee con avidez de principio a fin. Philippe Claudel escribe con maestría. Deja en el corazón, más allá de añoranzas, un deseo de apertura al otro, de volver a mirar a cada persona en toda su dignidad, sin juzgar por las apariencias o las procedencias. Muy adecuado para calar hondo en el drama de los refugiados. Y para proponerse mejorar la convivencia en el ambiente en que vivimos.





martes, 12 de septiembre de 2017

El camino de la guerra. Alemania bajo Hitler

   El camino de la guerra. David Irving





         Intenso y pormenorizado relato sobre los pasos que dio Hitler desde que alcanzó el poder en Alemania (en unas elecciones democráticas) hasta que se desencadenó la segunda guerra mundial.

         Publicado en 1990, Irving tuvo acceso a abundante documentación, con frecuencia inédita, para reconstruir cómo era la Alemania que gobernó Hitler.  El libro aporta rigor, se aleja de lugares comunes, y da luz a los orígenes de los terribles hechos acontecidos en Alemania y en buena parte de Europa, que llevaron al mundo al borde del exterminio.

         Hitler aparece no como un loco, como con frecuencia se le ha juzgado por los propios alemanes como autojustificación. Irving lo ve como un líder con dotes oratorias y de persuasión fuera de lo común, y con enorme capacidad de gobierno y estrategia militar y política. Estaba poseído por unas ideas que despreciaban el cristianismo. Para Hitler el amor a la patria alemana estaba por encima de cualquier otro sentimiento moral.

         El libro ayuda a conocer el funcionamiento de la alta política en aquellos años cruciales. Documenta con precisión y al minuto encuentros de Estado, conversaciones diplomáticas, gestiones secretas de los diversos gobiernos, mensajes cruzados, declaraciones públicas…

         Espanta la facilidad con que algunos  políticos son capaces de exponer a una nación entera a la guerra, confiados en que la guerra no llegará porque nadie la quiere y nadie se atreverá a tomar decisiones de fuerza.

         Da miedo comprobar la facilidad con que se pueden repetir esos pasos hacia el abismo, en una espiral de reclamación de derechos (económicos, culturales, lingüísticos, de esferas de influencia…) El amor a lo propio se corroe cuando para crecer se ve necesitado del odio a otros. 

         Es el peligro de ciertas formas de nacionalismo, que siempre nacen con apariencia benévola y dulce (amor al terruño) pero pronto se transforman en cizaña disgregadora, porque dividen y enfrentan.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Berlín. La caída: 1945

Berlín. La caída: 1945. Anthony Beevor





Relato crudo y desapasionado de la última batalla de la segunda guerra mundial, en la que los ejércitos de los regímenes nazi y soviético se enfrentaron a muerte, con una violencia terrible que sistemáticamente dirigieron también contra la indefensa población civil. 

El libro está muy bien documentado, y reconstruye con precisión los últimos meses de la guerra: movimientos de las tropas de ambos ejércitos, perfiles de los protagonistas militares más destacados, órdenes de los Estados Mayores, batallas y escaramuzas pueblo a pueblo, y ya en Berlín, calle a calle.

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Jamás existió una violencia tan amplia y cruel –dice Beevor- menos comprensible aún por cuanto fue operada por personas que vivían en sociedades de un nivel cultural avanzado.

Viene a la mente la reflexión de Benedicto XVI, en Luz del mundo: tanto Alemania como Rusia estaban dirigidas por dos regímenes, el nazi y el soviético, que coincidían en su intento de convertir el ateísmo en religión del Estado. ¡Hasta dónde es capaz de llegar la crueldad del hombre cuando se prescinde de Dios! 

Paul Johnson recuerda en Tiempos modernos que la historia reciente es en gran parte la historia de los intentos del pensamiento ateo por colmar el enorme vacío dejado por la religión. 

Marx cambia la religión por el interés económico y la lucha de clases. Freud por el impulso sexual. Nietzsche intenta sustituir a Dios por la Voluntad de poder, y escribe en 1886 que el hecho de que la creencia en Dios no fuera ya defendible comenzaba a arrojar sus primeras sombras sobre Europa. Sombras y muerte.




Comenzaron a surgir esos nuevos mesías con ansias de controlar a la humanidad. Libres de las inhibiciones que provoca la religión, que se comportaron como auténticos estadistas pistoleros.

A esto se refería también san Juan Pablo II, en Polonia, agosto de 1991: “Si Dios no existe, estamos más allá del bien y del mal. El siglo XX nos ha dejado experiencias incluso demasiado elocuentes y horrendas que certifican el significado de ese programa de Nietzsche.”

Y el mismo Juan Pablo II en Alemania, en 1996: “La terrible experiencia del régimen del terror nacionalsocialista demostró que sin respeto a Dios se pierde también el respeto por la dignidad del hombre.” Y si algunos llegaron a cuestionarse cómo Dios pudo permitir esas desgracias, “todavía más demoledora fue la constatación de lo que es capaz  de hacer el hombre que ha perdido el respeto a Dios y qué rostro puede asumir una humanidad sin Dios”. “Los regímenes ateos han dejado desiertos mentales y espirituales.”




Beevor se detiene en varios momentos a analizar la personalidad de Hitler según personas que le trataron de cerca. Según algunos no tenía propiamente una enfermedad mental, sino un grave trastorno de personalidad que le había perturbado. Se había identificado hasta tal extremo con el pueblo alemán que creía que todo el que se opusiera a él se estaba enfrentando también a Alemania. Y si debía morir, el pueblo alemán no sería capaz de sobrevivir sin él.

Esa identificación hipertrófica con el pueblo alemán parece que le llevó incluso a no contraer matrimonio, para resaltar su imagen de “célibe por la causa alemana”, y para despertar la admiración y el afecto de todas las mujeres alemanas, que podían soñar con ser la elegida algún día por su líder. 

Otros apuntan a su posible homosexualidad, que trató de ocultar teniendo cerca a Eva Braun. La relación entre ellos es un misterio, y algunos apuntan que era como la de un padre con su hija.





jueves, 24 de agosto de 2017

Luz del mundo. Benedicto XVI

Luz del Mundo. Benedicto XVI. Peter Seewald. Ed. Herder








Joseph Ratzinger, como papa Benedicto XVI, responde en este libro a las preguntas que le formula el periodista alemán Peter Seewald, acerca de la situación del mundo y de la Iglesia, y los retos que debe afrontar la sociedad en los próximos decenios. 

Un libro que ilumina cuestiones que inquietan hoy a todos, como la estabilidad de los sistemas democráticos, las relaciones con el islam o los valores que deberíamos compartir. Anoto alguna de las ideas que me han parecido más importantes, aunque vale la pena leer el libro íntegro y con calma: forma la mente y enseña a razonar con rigor.


Presencia de Dios en el mundo

Vivimos en una década, afirma el Papa, decisiva para el futuro de la humanidad. ¿Cómo estamos preparando a la próxima generación para afrontar los problemas que le dejamos en herencia? La sociedad occidental corre  peligro de hundirse en el abismo si pierde de vista los valores sobre los que se ha fundado y han contribuido a su desarrollo. 

Si el cristianismo pierde su fuerza configuradora, ¿quién lo sustituirá? ¿Una sociedad civil arreligiosa, que no tolera la relación con Dios en su estructura? ¿Un ateísmo radical que combate los valores de la cultura judeo cristiana? ¿Hacia dónde se dirige una sociedad alejada de Dios?

El siglo XX nos ha mostrado qué se puede esperar del ser humano cuando no tiene a Dios presente. Los regímenes ateos de Oriente y Occidente llevaron al mundo a la ruina, en lo que alguien ha llamado un verdadero “réquiem satánico”: gulags, campos de concentración y exterminio, pueblos enteros arrasados…

Este es el reto: hacer presente a Dios, mostrarlo a las personas y decirles la verdad sobre los misterios de la creación, de la existencia humana y de nuestra esperanza, que va más allá de lo terreno.

La humanidad está ante una bifurcación: su destino se decide en la pregunta sobre Dios, si el Dios de Jesucristo está presente y es reconocido como tal, o si se le hace desaparecer. Todos los problemas que existen sólo se pueden resolver si se pone a Dios en el centro, si Dios resulta de nuevo visible al mundo.

Es urgente que la pregunta sobre Dios vuelva a colocarse en el centro. No un Dios cualquiera, sino un Dios que nos conoce, que nos habla y que nos incumbe. Y que después será nuestro Juez. Sin este referente, si se extiende el ateísmo, la libertad pierde sus parámetros: todo es posible y todo está permitido.

Por eso es misión de la Iglesia, de cada cristiano, que se vea de nuevo que Dios existe, que Dios nos incumbe y que Él nos responde. Y que si Dios desaparece, por muy ilustradas que sean todas las demás cosas, el hombre pierde su dignidad y su auténtica humanidad.





Ser cristiano

La cultura cristiana es la base del éxito y bienestar de Europa.
Ser cristiano es algo vivo y moderno, que configura y plasma mi modernidad. No es un estrato arcaico que retengo en paralelo a la modernidad. Se trata de una gran lucha espiritual para vivir y pensar el cristianismo de manera que asuma la modernidad correcta, y se aparte de las ideas contrarreligiosas.

¿Cómo es que cristianos creyentes no poseen la fuerza para hacer que su fe tenga mayor eficacia política? Sobre todo debemos intentar que los hombres no pierdan de vista a Dios. Y después, partiendo de la fuerza de su fe, puedan confrontarse con el secularismo y discernir los espíritus. Esa fe presente en el hombre como una fuerza interior debe llegar a ser poderosa en el campo público, plasmando el pensamiento público y no dejando que la sociedad caiga en el abismo.



                            

Verdad y valores

Se extiende una dictadura del relativismo,  que pretende que el yo y sus antojos sea la única medida. Es preciso tener la valentía de  decir que el hombre debe buscar la verdad, que es capaz de encontrar la verdad, que se nos muestra en esos valores constantes que han hecho grande a la humanidad.

Hay que tener la humildad de aceptar la verdad y dejarle constituirse en parámetro de nuestra vida. La verdad no se impone mediante la violencia, sino por su propio poder. Jesús atestigua ante Pilato que es la Verdad, no la impone, pero la hace visible.

La estadística (en sexualidad, por ejemplo) no puede ser el parámetro de la moral. Ya es bastante malo que la demoscopia sea el parámetro de las decisiones políticas, que se busque con avidez “¿dónde consigo más seguidores?” en lugar de preguntarse “¿qué es lo correcto?” El parámetro de lo verdadero y  lo correcto no son los resultados de las encuestas sobre cómo se vive.


La señal de la Cruz

¿Por qué el Estado se arroga el derecho a desterrar los símbolos religiosos? Si la cruz contuviese algo incomprensible o inadmisible se podría considerar. Pero el contenido de la cruz es que Dios mismo es un Dios sufriente, que nos quiere a través de su  sufrimiento, que nos ama. Es una afirmación que no agrede a nadie. 

Además, expresa una identidad cultural en la que se fundan nuestros países, que sigue configurando los valores positivos fundamentales de nuestra sociedad, en los que el egoísmo se acota y se hace posible una cultura de la humanidad. Esa expresión cultural que se da a sí misma una sociedad no puede ofender a nadie que no la comparta, y no debe ser desterrada.


Nueva intolerancia

Se extiende una nueva intolerancia, que quiere imponer a todos determinados parámetros de pensamiento. En nombre de una supuesta “tolerancia negativa” se quiere imponer que no haya cruces en los edificios públicos. Pero eso es suprimir la tolerancia, significa obligar a que la fe cristiana no pueda manifestarse de forma visible.

En nombre de la no discriminación se quiere obligar a la Iglesia a modificar su postura sobre la homosexualidad o la ordenación de mujeres, y eso es tratar de que renuncie a su propia identidad, obligando a adherirse a todo el mundo a un parámetro tiránico de una nueva religión abstracta negativa.

En nombre de la tolerancia se quiere eliminar la tolerancia: es una verdadera amenaza. A nadie se le obliga a ser cristiano, pero nadie debe ser obligado a vivir esa nueva religión como la única obligatoria para toda la humanidad (Der Spiegel ha llamado a esa pretensión “la cruzada de los ateos”).

Las ideologías que extienden esa nueva intolerancia caricaturizan al cristianismo, presentan la caricatura deformada como algo pasado y erróneo, y a continuación, en nombre de una aparente racionalidad, pretenden quitar al verdadero cristianismo hasta el espacio para respirar.

Pero la religión católica ha liberado una gran fuerza de bien a lo largo de la historia. Una fuerza encarnada en personas como Francisco de Asís, Vicente de Paul, o Teresa de Calcuta. Las nuevas ideologías, en cambio, han traído una crueldad y desprecio del hombre antes impensable, porque se tenía todavía presente el respeto a la persona como imagen de Dios. Sin ese respeto, el hombre se absolutiza y piensa que todo le está permitido.


Felicidad

El hombre aspira a una alegría infinita, quiere placer infinito, y lo busca en la droga y el sexo. Pero donde no hay Dios no se le concederá, no puede darse alegría infinita. Y el hombre crea por sí mismo falsos infinitos que no satisfacen. Como cristianos, es urgente que vivamos y manifestemos que la infinitud que el hombre necesita sólo puede provenir de Dios

Hemos de movilizar todas las fuerzas del alma y del bien para que contra esa acuñación falsa de felicidad se  levante la verdadera. Sólo así detendremos el circuito del mal y lo saltaremos.


Islam

                                  

El islam debe aclarar dos cosas en el diálogo público: las cuestiones relativas a su relación con la violencia y con la razón.

El ser humano está dotado de razón para acercarse a la verdad con su inteligencia, y está dotado también de libertad. Para acercar a alguien a la fe hace falta dialogar, expresar las propias ideas razonadamente, siempre con respeto a la libertad del otro,  sin recurrir a la violencia ni a las amenazas.

A los eruditos islámicos, incluso a los mejor dispuestos al entendimiento, les cuesta reconocer que la tolerancia comprende también el derecho a cambiar de religión. Dicen que quien llega a la verdad no puede retroceder.

Donde el islam domina, ve su identidad cultural y política como contraria al mundo occidental, y defensora de la religión frente al ateísmo y el secularismo. Esa conciencia de verdad tan estrecha se vuelve intolerancia, y hay lugares donde todavía el islamismo asocia la reivindicación de la verdad con la violencia.


El mal

Al mal no se le puede simplemente olvidar o apartar. Tiene que ser transformado desde dentro. Cristo asume el mal para transformarlo. Es lo que debemos hacer cada uno, con un espíritu de penitencia y compunción que nos lleve a: 1) reconocer el mal dentro de nosotros, 2) a pedir perdón, 3) a la conversión y a la lucha contra nosotros mismos, 4) a ser misericordiosos y perdonar y 5) a identificarnos con Jesucristo, que asume el mal de los demás para transformarlo desde dentro.


Fátima

Fátima es una ventana de esperanza que Dios abre cuando el hombre le cierra la puerta.


                               


La Iglesia

La Iglesia es el lugar de la ternura de Dios, que no nos deja solos. Por ejemplo, la alegría y el recogimiento de cada Jornada Mundial de la Juventud me llevan a decir que allí sucede algo que no lo hacemos nosotros mismos.

En este tiempo de escándalos se experimenta una doble conmoción: por la miseria de la Iglesia al ver cuánto fallan sus miembros en el seguimiento de Jesucristo. Y al mismo tiempo por comprobar que, a pesar de la debilidad de los hombres, Jesucristo despierta en ella a los santos y no la deja de su mano, Dios actúa a través de la Iglesia.

En el mundo occidental decrece el número de cristianos, pero sigue habiendo una identidad cultural determinada por el cristianismo. Hay ateos de raíz católica, o protestante, que viven arraigados en el cristianismo y sus valores.

Nos encaminamos hacia un cristianismo de decisión, que hay que vitalizar y ampliar: personas que vivan y confiesen de manera consciente su fe.

Necesitamos islas en las que la fe en Dios y la sencillez interior del cristianismo estén vivas e irradien. Oasis, arcas de Noé, en las que el hombre pueda refugiarse siempre de nuevo. La liturgia es un ámbito de refugio. Y también las diferentes comunidades eclesiales, las prácticas de piedad, las peregrinaciones… Son ámbitos en los que la Iglesia brinda defensas y refugios donde hacer visible la belleza del mundo y donde vivir sea posible.


Nuestra predicación se dirige sobre todo hacia la plasmación de un mundo mejor, pero en cambio apenas mencionamos el mundo realmente mejor: que existe el Juicio, la Gracia y la Eternidad. Hay que hacer examen y encontrar palabras nuevas para hacer asequible estas verdades al hombre de hoy.

De lo que se trata es del mandato del Padre: esto es lo decisivo. “Y Yo sé bien que este mandato suyo es vida eterna.” Para eso vino Jesús al mundo: para que lleguemos a ser capaces de Dios, y así podamos entrar en la vida auténtica, en la vida eterna. Él vino para comunicarnos la verdad, para que podamos tocar a Dios, para que nos esté abierta la puerta. Para que encontremos la vida real, la que ya no está sometida a la muerte.