domingo, 23 de febrero de 2014

El Dia de la Independencia. Richard Ford



El Día de la IndependenciaRichard FordEd Anagrama 



Mientras prepara la fiesta del 4 de julio, Día de la Independencia de los Estado Unidos de América, un agente inmobiliario rememora los hechos más trascendentales de su vida. Todo gira en torno a su situación de divorciado, las relaciones con su ex-mujer  y sus dos hijos, su compañera ocasional actual… los tristes restos del naufragio de su familia.


Vemos a lo largo de la novela la vaciedad de la vida de una persona que ha perdido el sentido del matrimonio, de la familia, de su papel como esposo y como padre. El autor retrata en el protagonista al norteamericano medio, y a buena parte de la sociedad norteamericana y occidental de nuestros días.


Los pequeños acontecimientos de los tres días en que transcurre la acción, relacionados en buena arte con su habitual trabajo de  venta de casas, dan pie para fotografiar el materialismo rastrero y banal, falto de ideales altos y nobles, que a menudo atenaza a la persona en una sociedad que ha perdido el sentido de la familia y se ha olvidado de Dios. 


Richard Ford escribe con maestría. Se aprende leyéndole. Con esta novela ganó entre otros el premio Pulitzer. Describe con acierto y realismo situaciones corrientes en la sociedad actual, en tantos aspectos deshumanizada. 


No apunta soluciones, pero deja al lector  con el convencimiento de que esa vida superficial, regida únicamente por la búsqueda de bienestar material y placer, sexo y relaciones sin compromiso de futuro, no es buena para el hombre. Algo falta, y lo peor sería darla por normal.


Y eso ya es algo: la lectura, quizá sin pretenderlo expresamente, invita a cambiar el rumbo cuando nos hemos dejado arrastrar por esas corrientes ideológicas nocivas por egocéntricas y disgregadoras. Anima, a mi juicio, a  orientar  la vida en una dirección más acorde con el ser humano, capaz de lealtad y compromiso en sus relaciones matrimoniales y familiares, y hecho para relacionarse con Dios. Por ahí discurre  su verdadera realización,  y con ella su felicidad.






martes, 18 de febrero de 2014

Caballero sin espada (Mr. Smith goes to Washington)



Caballero sin espada (Mr. Smith goes to Washington

Una gran película de Frank Capra sobre la desigual lucha entre el inocente y la corrupción 



Frank Capra (Sicilia, 1897-California, 1991) logró con esta película, estrenada en 1939, una fantástica parábola sobre la corrupción y la inocencia. El guión, que mereció un Óscar, y la fuerza de los personajes –la encantadora Jean Arthur (Clarissa Saunders) y ese jovencísimo James Stewart (Jefferson Smith) - siguen atrapando al espectador de principio a fin. 


Atrapan incluso al espectador joven, lo que tiene mérito, y desmiente apreciaciones sobre la superficialidad de las nuevas generaciones. Quizá sean superficiales sólo en la  medida en que ni educadores ni profesores les estamos dando elementos sólidos para la formación de sus conciencias, para que aprendan a distinguir el bien del mal. 


Pudimos comprobarlo anoche, cuando nos reunimos un grupo de amigos dispuestos a disfrutar estudiando  el lenguaje cinematográfico de Capra y el trasfondo de su mensaje. Entre los presentes, José Manuel Mora, gran conocedor del director de cine de origen  siciliano, y autor de varios trabajos sobre su visión antropológica del hombre.


James Stewart and Jean Arthur in Mr. Smith Goes to Washington trailer.JPGEl joven, generoso e inocente Smith se ve ascendido a la categoría de senador casi por accidente. De noble corazón, acude a Washington cargado de ideales, de deseos de hacer el bien y trabajar por la justicia. Cree firmemente en los grandes principios que inspiraron a los padres de la Constitución: la verdad, la justicia y la libertad brillarán en una sociedad que llegará a ser, con la ayuda de Dios, la mayor democracia del mundo. Cree en esa democracia, hondamente arraigada en principios cristianos, con la que soñaron  Lincoln, Jefferson y todos los grandes hombres que dieron origen a los Estados Unidos de América.  



Caballero sin espadaPero pronto el idealista Smith (un apellido vulgar para significar uno cualquiera de nosotros)  se encuentra rodeado por  los tentáculos de una insospechada y poderosa red de corrupción, en la que están inmersos sus mentores políticos. Y el joven senador se enfrenta al angustioso dilema que a menudo se cierne sobre las personas justas: someterse al dictado de los poderosos, perdiendo su inocencia; o mantenerse fiel a su honradez, aunque ello suponga afrontar la terrible persecución que los corruptos desencadenarán contra él. 


Smith se mantiene fiel, y además no abandona cobardemente: se enfrenta al mal. Como un Quijote. Como un Caballero sin espada. Los malvados no pueden soportar la resistencia del inocente, y decretan su exterminio público.  Urden mentirosas campañas de desprestigio y calumnia. La corrupción tiene larga mano, y envilece a cuantos ponen precio a su honradez. En sus redes caen políticos, editores, periodistas,… Así ha obrado siempre, desde tiempos antiguos. ¿Quién no recuerda la historia de la casta Susana y los ancianos viles?


La corrupción logra también otra sutil forma de envilecimiento: la resignación cobarde de quienes  piensan que frente al mal  no se puede hacer nada. Cuando ven al inocente perseguido y vilipendiado, temblando bajo el peso de las calumnias, aterrado… hasta  los mejores amigos abandonan al idealista Smith, con un movimiento de cabeza como diciendo: qué loco, a quién se le ocurre llegar a tanto, no se da cuenta de que son poderosos y le van a destrozar… 

Y el rostro del angustiado y desamparado  senador refleja aquella queja angustiada que la Sagrada Escritura refiere a Jesús en su Pasión: “Busqué quien me consolase… y no lo hallé.”


Pero es posible enfrentarse al mal. Esa es la gran lección de esta película. El mal vive del miedo de los hombres a  hacerle frente. Capra nos muestra que para vencer al mal basta estar dispuestos al sacrificio antes que  rendirse a su poder. Y entonces el milagro se obra. David vence a Goliat, incluso sin honda. Capitán sin espada.  


Frank Capra.JPGPorque en la película de Capra se obra un milagro. En la versión que nos ha llegado sólo se intuye. Pero en la versión original, que hubo que acortar por exceso de metraje, hasta el malvado Taylor se arrepiente y se convierte.  



Capra era católico. Reflexionaba sobre las consecuencias de su fe y sobre el mundo que le rodeaba, la patria que le acogió cuando llegó sin nada desde Sicilia. Como tantos americanos sencillos, creía y admiraba los principios cristianos de la Constitución. Hay un goteo continuo a lo largo de la película de frases de la Sagrada Escritura, grabadas con fuerza en la Constitución por los padres de la patria americana.   Eran hombres creyentes, que se sabían parte de una civilización que debía al cristianismo sus valores de igualdad, justicia y fraternidad. 

Y Capra no se resigna a ver atropellados esos principios vitales para la nación. En su película nos ofrece este mensaje profundamente cristiano: no os dejéis vencer por el mal, sino obrad el bien; es posible resistir al mal.

Es más: Capra sabe que sólo en la resistencia frente al mal el hombre se encuentra a sí mismo, y alcanza la  felicidad.  Porque el mal es antinatural: al principio no existía el mal.  El mal entró cuando el hombre dejó de cumplir el bien y dio la espalda a su Creador. Pero por fin un inocente ha resistido.  Y con su sacrificio hasta la extenuación ha cambiado el negro horizonte del mundo. 


El mensaje encierra un claro eco de la figura de Jesucristo, reflejado en  el idealista y valeroso senador Smith. Él no ha temido enfrentarse a las fuerzas trituradoras del mal. Y  en el simpático Presidente del Senado adivinamos una discreta alusión a Dios Padre. Cuando a Smith ya no le quedan fuerzas y está a punto de caer exhausto, el Presidente le dirige una sonrisa complacida, como diciendo “Ánimo, prosigue, conviene que lo hagas; sufres, pero aún te quedan fuerzas.  A todos conviene que te sacrifiques, todavía un poco más, porque tu sacrificio servirá para desenmascarar al mal y librar a todos de su poder. Conviene, puedes…”

 
Capra logra envolver ese profundo mensaje en un derroche de simpatía, buen humor y alegría de vivir, que son, estrechamente unidos al mensaje de fondo, los sentimientos que transmite esta película. Vean esta encantadora escena del senador Smith con su secretaria Clarissa Saunders.





Caballero sin espada brilla como una obra maestra del cine.  Debería  proyectarse con frecuencia en sedes parlamentarias, redacciones de medios, escuelas de periodismo... 

Aquí copio dos significativos minutos de la película.



viernes, 14 de febrero de 2014

Te miro, y hace falta gente como tú


Tienen un algo especial estas bellas palabras de san Josemaría, llenas de encanto, emoción y sentido. Es nada menos que su consejo para hacer un mundo más feliz: arrimar el hombro para seguir más de cerca los pasos de Jesús. Así seremos felices, haciendo felices a los demás. "Te miro, y hace falta gente como tú". Nadie sobra.

miércoles, 12 de febrero de 2014

domingo, 2 de febrero de 2014

Sobre Dios, la Iglesia y el mundo. Fernando Ocáriz



Sobre Dios, la Iglesia y el Mundo. Fernando Ocáriz. Ed. Rialp



                                                    Portada de Sobre Dios, la Iglesia y el mundo


Monseñor Fernando Ocáriz (París, 1944) es profesor de Teología y consultor de diversos organismos de la Curia Romana. Miembro de la Academia Pontificia de Teología, trabajó estrechamente con Joseph Ratzinger.  Desde enero de 2017 es Prelado del Opus Dei





Este libro es el resultado de una extensa y sugerente entrevista realizada por el periodista Rafael Serrano, en la que responde con ponderación, agudeza y rigor intelectual a cuestiones que preocupan a la opinión pública: la defensa de los  derechos humanos, relaciones entre la fe y la razón, la libertad, el sentido del trabajo, la pobreza y la justicia social, la crisis de la Iglesia, las vocaciones y la nueva evangelización, la prelatura del Opus Dei, el ateísmo,…


Como indica el título del libro, son temas que afectan no sólo a la Iglesia, sino también a la sociedad civil. Cada una tiene su ámbito propio, pero están esencialmente entrelazadas.


Anoto algunas de las ideas que me han parecido más relevantes.



Fe, ciencia, razón


A su condición de teólogo Ocáriz añade la de físico, lo que da singular autoridad a sus apreciaciones sobre las relaciones entre la fe y la razón, entre la teología y las ciencias naturales. “La teología está más próxima a las inquietudes humanas que la física de partículas”, afirma, refiriéndose a quienes (con poco conocimiento de la naturaleza humana) desprecian las cuestiones metafísicas y teológicas.


La física investiga las propiedades de la materia y de la energía, pero el origen absoluto de la realidad material está fuera de su alcance. La creación está en otro nivel, al que sólo acceden la filosofía y la fe, cada una a su modo. Pero los dos niveles comunican en la realidad misma y en la inteligencia del creyente. 


La creación es una realidad actual y permanente, y no solo ni esencialmente un inicio temporal absoluto. Ser criatura es la condición metafísica radical de todo lo que existe, exceptuando a Dios. En las criaturas, existir es tener el ser  actualmente recibido del Ser absoluto que es Dios, con evolución o sin ella. 


La fe no sólo no se opone a la razón, sino que exige una razón fuerte e incisiva. Así lo afirma Juan Pablo II en Fides et ratio, n. 48: “Es ilusorio pensar que la fe ante una razón débil tenga mayor incisividad: al contrario, cae en el grave peligro de ser reducida a mito o superstición”. Como escribió San Agustín, “todo el que cree, piensa. Porque la fe, si lo que se cree no se piensa, es nula”: punto muy importante que resalta la necesidad de una formación doctrinal sólida. 



El futuro del cristianismo


Muchos se preguntan sobre el futuro del cristianismo en una Europa que sufre una profunda crisis moral: “no soy profeta”, dice. Y añade: no es una excusa, sino consecuencia de una verdad de fe: el resultado de la providencia divina y la libertad humana no es previsible ni programable. Para el cristiano, el porvenir no es objeto de adivinación, sino de esperanza.


En el centro de sus respuestas está Jesucristo. Ser cristiano, afirma, no consiste en suscribir una doctrina, sino en seguir a una persona: a Jesucristo, que aparece en nuestra vida y nos pregunta como a los Doce: “Y vosotros ¿quién decís que soy Yo?” Con nuestras obras hemos de dar respuesta a esa pregunta que nos hace el mismo Jesús. 


Más adelante  insiste en ese concepto esencial para entender el cristianismo: la Iglesia no es primariamente una institución. La Iglesia es una Persona: Jesucristo, presente entre nosotros, Dios que viene a la humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia.


Jesucristo salva mediante su Cuerpo Místico, que es la Iglesia, en la que hay una unión real y vital de la Cabeza (Cristo) y sus miembros. Jesucristo salva especialmente mediante la predicación del Evangelio y la celebración de los sacramentos.



La crisis de la Iglesia


No faltan las preguntas acerca de la crisis sufrida por la Iglesia tras el Concilio Vaticano II. Crisis ha habido a lo largo de toda la historia. La crisis, afirma, no es mero retroceso, también viene acompañada de renovación. 


Entre otros factores, apunta un texto de Kierkegaard, a propósito de la situación de los luteranos en Dinamarca en el siglo XIX: “los que tenían que mandar se hicieron cobardes, y los que tenían que obedecer, insolentes. Así sucede cuando la mansedumbre toma el lugar del rigor”. Es un diagnóstico que hace pensar, afirma, aunque el rigor deba ir acompañado siempre de la mansedumbre. 



La existencia de Dios


Respecto al ateísmo, una verdad llena de sentido común: la existencia de  Dios no depende de que uno la acepte o no. El diálogo sobre la existencia de Dios se corta muchas veces antes de entrar en materia, por el apriori falso de que la inteligencia humana no es capaz de conocer realidades que no son empíricas. Pero la neurociencia y la biología se van abriendo cada vez con más frecuencia a las preguntas sobre realidades no empíricas.


La “demostración” más decisiva de la existencia de Dios es la verdad histórica de la Resurrección de Jesucristo. Por eso lo más importante es mostrar a Jesucristo muerto y resucitado. Presentar la verdadera imagen de Jesucristo es lo más motivador para animar a profundizar en la fe cristiana.



Derechos humanos


Ninguna prueba empírica nos muestra por qué el hombre tiene derechos inalienables; al revés, la afirmación de los derechos humanos está por encima y regula la actividad científica. (54) Sin reconocer valores absolutos –y en último término a Dios- no tiene sentido ni siquiera el concepto de derechos humanos. El mismo Derecho no sería sino “un aspecto decorativo del poder”, según la afirmación de Marx.


Marx decía que hay que hacer desaparecer el ateísmo negativo (que se ve necesitado de Dios para negarlo y afirmar al hombre) para dar paso al ateísmo positivo, que haga desaparecer la pregunta misma sobre la existencia de Dios. Pero la pregunta sobre el sentido último de la existencia no es nunca totalmente eludible, y es implícitamente la pregunta sobre Dios.  


Es posible plantear la fe en ambientes ajenos a la Iglesia, no tanto apoyándonos en el atractivo de la fe, sino en algunas de sus atractivas consecuencias:

-la entrega de tantos cristianos que, por su fe, prestan un servicio heroico a los más necesitados;
-la vida ordinaria y también heroica de padres y madres  de familia cristiana;
-la vida y aportaciones de grandes científicos profundamente creyentes.


Y un apunte que tiene su retranca: fue Voltaire quien dijo con bastante lógica: “prefiero que mi barbero sea creyente, porque me da cierta seguridad de que no me degollará”.



Libertad religiosa


Explica las contradicciones a que llevan concepciones equívocas de la libertad. Sin verdad moral, sin norma, la libertad se vuelve autodestructiva del hombre y de la convivencia. Por ejemplo, hoy el concepto de discriminación se amplía cada vez más, hasta llegar a límites confusos,  y entonces prohibir la discriminación puede transformarse en una limitación de la libertad de opinión y de la libertad religiosa. 


Como afirmó el cardenal Ratzinger, muy pronto no se podrá afirmar que la homosexualidad constituye un desorden objetivo de la estructuración de la existencia humana. Es un ejemplo de cómo se está intentando imponer la dictadura del relativismo.


Ratzinger afirma que si un Estado no reconoce valores absolutos previos (como sucede en los Estados ateos) no  durará mucho como Estado de Derecho. El “prudente relativismo”, que se presenta como necesario para respetar mejor las diferencias, lleva en sí mismo la inclinación hacia la dictadura, donde la verdad la establece el poder.


Niega que haya habido contradicción teórico-doctrinal en los diversos pronunciamientos del Magisterio de la Iglesia acerca de la libertad religiosa, aunque es cierto que  han sido distintas las consecuencias prácticas socio-políticas tras los diversos pronunciamientos.  


El Magisterio anterior  condenó una concepción de  libertad que se entendía como ausencia de obligación de buscar la verdad en materia religiosa. El  Vaticano II ha defendido la libertad religiosa entendida como derecho civil que no debe ser impedido por el Estado. Con la misma palabra (libertad) se alude a realidades distintas. 



Llamada universal a la santidad y filiación divina


Sobre la llamada universal a la santidad, enseñada por el fundador del Opus Dei, proclamada por el concilio Vaticano II… pero ignorada por muchos aún, hace una afirmación que invita a la reflexión: la existencia de muchedumbres que ignoran la llamada a la santidad no desmiente la universalidad de esa llamada, sino que indica cómo nos llega: “¿cómo la conocerán, si nadie se la enseña?” decía san Pablo (Romanos 10, 13). 


Esa realidad nos invita a los cristianos a ser más apostólicos, imitando también en esto a Jesucristo, que nos busca uno a uno y nos descubre el sentido de la existencia.


Dedica un detenido y bello comentario a la filiación divina. Nuestra condición de hijos de Dios es un rasgo característico de la espiritualidad del Opus Dei, que como  enseñó san Josemaría hunde sus raíces en el Evangelio. Ya san Pablo escribió que la finalidad misma de la Encarnación del Hijo de Dios ha sido nuestra adopción filial: “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer (…) para redimirnos (…) a fin de que recibiésemos la adopción de hijos” (Gal 4, 4-5).





Esa realidad fundamental de nuestra vida tiene importantes consecuencias: todo en la vida del cristiano ha de estar caracterizado por su condición de hijo de Dios:

-la oración debe ser un diálogo filial, lleno de amor, sencillez, confianza y sinceridad;

-el trabajo podemos realizarlo con segura conciencia de estar trabajando en las cosas de nuestro Padre: “todas las cosas son vuestras, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios “ (I Cor, 22).

-en los demás vemos a hermanos;

-el afán apostólico es participación del amor de Dios por los hombres, hijos suyos;

-la conversión es la vuelta a la casa del Padre, como relata admirablemente la parábola del hijo pródigo, en la que se nos dice que Dos no se cansa de esperarnos;

-sabernos hijos nos da una gran libertad de espíritu, la libertad de los hijos de Dios; no vivimos atemorizados, sino esponjados en el sentimiento de sabernos hijos queridos;

-nos da profunda alegría y optimismo, propios de la esperanza;

-la condición de hijos nos hace amar al mundo, que salió bueno de las manos de Dios y nos lo ha dado en herencia;

-quien se sabe hijo de Dios afronta la vida con la clara conciencia de que se puede hacer el bien y vencer el pecado.



Doctrina social de la Iglesia y participación en la vida pública


                                   



Algunos consideran la doctrina social como una teoría inoperante, que se queda en el terreno de los principios. Sin embargo los principios básicos que enseña la Iglesia constituyen un impulso vital para actuar bien: solidaridad, subsidiariedad, participación en la vida pública,… y todo un conjunto de valores que merecen protección (la vida, la familia, el matrimonio, la educación de los hijos, el trabajo, la organización política, el medio ambiente, la paz internacional…)  


Son principios generales, que no lesionan la necesaria autonomía de cada cristiano para buscar soluciones concretas codo con codo con el resto de conciudadanos. Soluciones que serán diferentes en cada época y lugar. 


Lo que es claro, y a veces se olvida, es que sin hombres justos no funcionan con justicia las estructuras, por buenas que sean.


¿Merece la pena animar a personas rectas y competentes a meterse en política, dado el desprestigio de los políticos y los numerosos casos de corrupción? Todas las actividades han de estar vivificadas por el espíritu de Cristo, y por eso los cristianos no pueden ausentarse de la vida pública. Ocáriz comenta un pasaje de una de las homilías más conocidas de san Josemaría, Amar al mundo apasionadamente


El fundador del Opus Dei explica que un católico dedicado a la política no  debe pretender que representa a la Iglesia, ni que sus opiniones sean las únicas “soluciones católicas”. 


Pero es evidente la necesidad de la presencia en la vida pública de cristianos coherentes (hombres justos): profesionalmente bien preparados, con espíritu de servicio, dispuestos a ganar menos dinero, a tener menos prestigio y a complicarse más la vida que en otras profesiones, dispuestos a emplearse en cultivar su imagen aunque no les guste, y a recibir ataques personales… Y que además no pretendan representar a la Iglesia, que se responsabilicen personalmente de sus ideas y decisiones, y no se sirvan de la Iglesia mezclándola en  luchas partidistas.


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Se trata de un libro de gran interés, porque invita a la reflexión y permite entender mejor cuestiones de interés actual, de la mano de un intelectual notable y riguroso.