viernes, 14 de junio de 2013

Chesterton, autobiografía



G.K. Chesterton. Autobografía

Ed. El Acantilado 


    “Aquí estoy en la malsana y degradante tarea de contar la historia de mi vida”. Así habla de sí mismo en esta singular autobiografía el genial escritor y periodista inglés (1874-1936) que cultivó gran número de géneros literarios: novelas de intriga (la genial saga del Padre Brown, o El hombre que fue jueves), biografías (Tomás de Aquino –una de las mejores sobre este gran santo e intelectual-, san Francisco de Asís, Charles Dickens), ensayos (Ortodoxia), poesía,… Fue especialmente memorable en sus columnas periodísticas. Destacó también como orador. 


    Son famosas sus controversias con personajes de la vida política y cultural del momento. Su obra tiene un estilo polémico, a veces enmarañado, pero siempre cuajado de un peculiar y chispeante sentido del humor, que despierta el afecto y la sonrisa, e incluso la carcajada, en el lector. 


    Un sentido del humor con el que zahiere a quienes intentan polemizar sin fundamento: “Me alegra saber suficiente griego como para coger el chiste cuando alguien dice que es inútil en una democracia”. O con el que denuncia manipulaciones lingüísticas que esconden traiciones al bien común, o sencillamente al sentido común: “Ahora llaman hombre de negocios al capaz de arruinar, destrozar y tragarse los negocios de cualquiera”. 



    A mi juicio la vida y la obra de Chesterton constituye un monumento al sentido común, propio de quien no se deja arrastrar por los convencionalismos. Reflexiona sobre cuanto le rodea, examina lo que hay de verdad en las propagandas políticas y estereotipos culturales, y extrae sus propias y operativas conclusiones de todo ello. 


    Combatió el pesimismo, y a las ideologías e intelectuales que extendían este vicio. “Cuando realmente empecé a escribir, tenía la firme decisión de hacerlo contra los decadentes y los pesimistas que gobernaban la cultura de la época”. 


    Y, junto al pesimismo, declaró la guerra a quienes no sabían ser agradecidos por las pequeñas cosas que nos depara la vida. “Mi optimismo empezó a formarse como fruto de una teoría que me inventé para liberarme del pesimismo contemporáneo. Se puede resumir así: la mera existencia era lo bastante extraordinaria como para ser emocionante. Cualquier cosa puede ser emocionante comparada con la nada”. 


    Son sugestivas sus páginas zahiriendo a los que no sabían apreciar la belleza de una sencilla flor de diente de león. Solía llevar una en la solapa, a modo de afirmación y reto: “A casi nadie se le ocurre pensar en una virtud muy importante: la de que puede sentirse una enorme gratitud incluso por un bien pequeño, tan pequeño como una pequeña flor amarilla de diente de león, que es asombrosa por inesperada e inmerecida”. 


       En sus primeros años frecuentó algunas tertulias artísticas “en las que se hablaba de todo… sin en el menor sentido de responsabilidad para llegar a ninguna conclusión”.  Conoció también ciertos círculos ateos y sociedades teosóficas, “un cenagal de herejías inconsistentes e incompatibles, en las que la única herejía realmente imperdonable era la ortodoxia”. “Podría creerse que la libertad religiosa significa que todo el mundo es libre para hablar de religión. En la práctica significa que a casi nadie se le permite ni siquiera nombrarla”.


      Su sentido común y humorístico le facilitan mostrar las absurdas consecuencias de ideologías poco racionales. Así reflexiona sobre aquellos años de su vida, en los que miraba insatisfecho a su alrededor, con cierta apatía y abulia: “Mientras los tediosos ateos venían a explicarme que no existía más que la materia, yo llevaba su escepticismo más allá y ni siquiera creía que hubiera ningún ateo: no existía nada salvo mi mente”. 


    “Es curioso que los niegan el principio de responsabilidad (todo es determinismo, dicen, nadie es responsable) son los mismos que claman con más indignación pidiendo justicia, castigo y venganza sin perdón (¿no decían que no hay nada que perdonar porque nadie es responsable?)…” 


    Su inconformismo,  compromiso con la verdad y sentido del bien y del mal,  le llevaron a buscar. Dejando a un lado los típicos y arraigados prejuicios… “comencé a examinar más atentamente la teología cristiana, que muchos detestaban y pocos examinaban". La imprevista amistad con un sacerdote católico, que inspiraría después su simpático personaje en las novelas del Padre Brown, le da a conocer horizontes insospechados en la fe católica. Y se convierte.


      Más tarde, cuando le preguntaban por qué abrazó la Iglesia de Roma (algo infrecuente entonces en Gran Bretaña, tras siglos de propaganda anticatólica), contestaba siempre: “Para liberarme de mis pecados”. El sacramento de la Confesión: ninguna otra religión hace eso por el hombre. 


    En su autobiografía vemos el complejo y divertido mundo interior de un hombre de amplia cultura, y sin embargo humilde y sencillo. “Si algo tengo que decir de mis dos oficios (arte y periodismo) es que nunca fui pretencioso en ninguno de ellos”.

  
     Una actitud de firme y respetuosa sencillez que mantiene también al argumentar sobre sus posicionamientos políticos. “Aunque empecé socialista, para entonces yo había empezado a poner en duda desde muy pronto y, más tarde, a negar, el socialismo o cualquier otra hipótesis que implicara una confianza total en el Estado. Creo que empecé a dudar cuando conocí a los políticos”. En algún momento cita la obra de Herbert Spencer: la dependencia del Estado como forma de esclavitud. 


    Su vida y su obra rezuman saber y alegría, manifestadas con sencillez y afecto a cuanto le rodea, también hacia los que aparentemente pudiera pensarse que fueran sus enemigos. Siempre tiende una cariñosa capa hacia ellos, incluso cuando deja en evidencia sus contradicciones, o sencillamente disiente de sus opiniones. 


    Así, escribe sobre Bernard Shaw, socialista, en quien reconoce esa virtud del respeto en el disenso: “He aprendido a profesarle afecto y un respeto cálido, más a partir de nuestra disensión que a partir de lo que la mayoría de la gente logra a través del acuerdo. Logra su lado mejor en el antagonismo”. Y poco más adelante: “Ojalá nunca llegue la hora oscura y amarga en que nuestras diferencias políticas se conviertan en diferencias personales y se rompa nuestra amistad”. Frase esta que debería servir a muchos de los políticos y comunicadores del momento, que no saben distinguir entre las diferencias de opinión y el respeto a la persona que disiente. 


   Es interesante, en ese sentido de respeto a la dignidad del otro, lo que apunta acerca del estilo al hablar y escribir: la dignidad tiene algo que ver con el estilo. “Critican las formas, pero las formas son civilización”. Y descuidarlas es incivismo. 


   Sabe descubrir en otros lo que vive él mismo. Por ejemplo, al referirse al crítico y caricaturista Max Beerbohm, famoso por su ingeniosa ironía: “Poseía el arte de discutir sin despreciar”. ¡Cuánto podríamos aprender de esta sencilla afirmación, especialmente en el periodismo y la vida pública. 


    Denuncia la escasa o ilusoria democracia a la que conducía el sistema de partidos (The Party Sistem): “Realmente no había dos partidos que se alternaban en el gobierno, sino un solo grupo real, el de los “escaños delanteros”, que gobernaba siempre”. Fustiga también un sistema basado en potentados y plutócratas que apoyan con sus millones a un partido, condicionando sus decisiones, en ocasiones con nefastas consecuencias para el país. En el capítulo IX, Proceso a la corrupción, trata el famoso caso Marconi, un caso de corrupción que afectó a miembros del gobierno y que fustigó junto a su hermano Cecil. 


     Brilla también en Chesterton una cualidad entrañable: la amistad, el gusto por la sana camaradería. Compartir, charlar y discutir los diversos puntos de vista en amigable tertulia, a ser posible entorno a una buena cerveza. No era un bebedor, como algunos le han pintado, sino un hombre que sabía apreciar la compañía inteligente y fraterna con los amigos, y si una cerveza en una taberna ayudaba a lograr el ambiente cálido adecuado, se la tomaba bien a gusto, disfrutando del momento. 


       Disfrutaba de la vida, y no por eso era un mal trabajador. Su prolífica obra demuestra también la falsedad de quienes decían de él que era perezoso. Quizá él mismo fomentó –sin importarle un pimiento, y como burlándose de sí mismo- esa imagen falseada de bebedor y perezoso, que alguien le ha achacado. Pero disfrutaba con la alegría de vivir, bien distinta del estereotipo puritano, muy inglés, hacia lo católico, que relacionan con la holgazanería y la pereza. La realidad era bien distinta. Chesterton trabajó, y mucho. Eso sí, con alegría y chispa, siempre. Y sin darse importancia. 


   Su obra ha dejado rastro en todo el mundo. Este libro, y su obra, seguirá haciendo bien a muchas generaciones. 

  Su amigo y colaborador Titterton escribió el primer apunte biográfico sobre Chesterton, reseñado aquí.


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