domingo, 19 de enero de 2014

Señor del mundo. Robert Hugh Benson

Señor del mundo
Robert Hugh Benson. Biblioteca Homo Legens.




Recientemente el papa Francisco, en una de sus homilías en Santa Marta, sorprendió recomendando la lectura de esta novela. Su autor, Robert H. Benson, fue el menor de los hijos del arzobispo anglicano de Canterbury. Su conversión a la Iglesia católica en 1903, y su posterior ordenación sacerdotal, conmocionaron a la opinión pública inglesa. Falleció en 1914, a los 43 años, dejando atrás una notable producción literaria. Son famosas sus novelas históricas, evocadoras de la vida inglesa y su espiritualidad antes de la ruptura con Roma en el siglos XVI.



Señor del mundo (Lord of the world) es una ficción futurista que nos sitúa en el mundo al final de los tiempos. Un misterioso personaje, de personalidad inquietante y avasalladora, recorre el mundo deslumbrando a los líderes por su dominio de lenguas y su capacidad persuasiva. Se manifiesta partidario de  la paz y el progreso, y moviliza acuerdos entres las naciones para evitar la guerra. Su liderazgo es tal que las naciones más poderosas le ofrecen el mando y le rinden pleitesía con temor cercano al terror. Pero tras el mando vienen las imposiciones…



En el prólogo, Joseph Pierce afirma que esta novela es igual en calidad literaria a Un mundo feliz o a 1984, pero las supera en valor profético, porque narra, a la distancia de cien años, sucesos como los que hoy estamos viviendo. Benson anticipa los efectos de una humanidad que no acepta la presencia de Dios y logra imponerse a la religión. Primero la relega al ámbito privado como alarde de tolerancia, y sin solución de continuidad le declara la guerra buscando su exterminio, irónicamente en nombre de la paz y la convivencia.



Sorprende, junto a la calidad literaria, la agudeza de Benson para rebatir algunas  afirmaciones poco reflexivas contra la religión. Al apóstata que dice que la religión es absurda le pide rigor intelectual: la religión puede ser verdadera o falsa, pero no absurda; afirmar que es absurda sería descartar a personas virtuosas que creen en ella, y eso es soberbia, presunción y falta de inteligencia.





Es significativo el diálogo sobre la amistad y el corazón con el sacerdote que pierde la fe: sólo con sentimientos o elemental cortesía no se es amigo. Y el corazón hay que cuidarlo, guardarlo bien, porque es un don tan divino como la inteligencia.  Descuidarlo mientras se busca a Dios es buscarse la ruina.



Deslumbra también su finura interior, en algunos pasajes en los que muestra la vida espiritual del protagonista. Así, cuando describe el acto de presencia de Dios con el que comienza cada día su oración personal, buscando la abstracción de los sentidos, de los problemas inquietantes que le rodean, para centrar toda su atención, su corazón y su mente en Dios,  y abandonarse y dejarse enseñorear por Él.



De la importancia de la vida y obra de Benson da fe otro converso y prolífico escritor, Ronald Knox, quien afirmó que “siempre le he visto como un guía que me condujo a la verdad católica”. Impresiona la cadena de grandes intelectuales ingleses conversos, que mutuamente se han influenciado con su vida y sus escritos: JH Newman, Chesterton, Benson, Knox,...


Vale la pena leerles. Se aprende a hacer prevalecer el sentido común, al menos en la propia conciencia, y a no dejarse arrastrar por la corriente,  tan facilona como suicida. Porque cuando la humanidad prescinde de Dios, se vuelve feroz contra sí misma. 


Y además lo ha recomendado el Papa.

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