domingo, 2 de febrero de 2014

Dios, la Iglesia y el mundo




Sobre Dios, la Iglesia y el MundoFernando Ocáriz. Ed. Rialp

            

    Monseñor Fernando Ocáriz (París, 1944) es profesor de Teología y consultor de diversos organismos de la Curia Romana. Miembro de la Academia Pontificia de Teología, trabajó estrechamente con Joseph Ratzinger.  Desde enero de 2017 es Prelado del Opus Dei


Monseñor Fernando Ocáriz

    Este libro es el resultado de una extensa y sugerente entrevista realizada por el periodista Rafael Serrano, en la que responde con ponderación, agudeza y rigor intelectual a cuestiones que preocupan a la opinión pública: la defensa de los derechos humanos, relaciones entre la fe y la razón, la libertad, el sentido del trabajo, la pobreza y la justicia social, la crisis de la Iglesia, las vocaciones y la nueva evangelización, la prelatura del Opus Dei, el ateísmo,…


    Como indica el título del libro, son temas que afectan no sólo a la Iglesia, sino también a la sociedad civil. Cada una tiene su ámbito propio, pero están esencialmente entrelazadas.


    Anoto algunas de las ideas que me han parecido más relevantes.

 

Fe, ciencia y razón

    A su condición de teólogo Ocáriz añade la de físico, lo que da singular autoridad a sus apreciaciones sobre las relaciones entre la fe y la razón, entre la teología y las ciencias naturales. “La teología está más próxima a las inquietudes humanas que la física de partículas”, afirma, refiriéndose a quienes (con poco conocimiento de la naturaleza humana) desprecian las cuestiones metafísicas y teológicas.

  



    La física investiga las propiedades de la materia y de la energía, pero el origen absoluto de la realidad material está fuera de su alcance. La creación está en otro nivel, al que sólo acceden la filosofía y la fe, cada una a su modo. Pero los dos niveles comunican en la realidad misma y en la inteligencia del creyente. 


    La creación es una realidad actual y permanente, y no solo ni esencialmente un inicio temporal absoluto. Ser criatura es la condición metafísica radical de todo lo que existe, exceptuando a Dios. En las criaturas, existir es tener el ser  actualmente recibido del Ser absoluto que es Dios, con evolución o sin ella.  


    La fe no sólo no se opone a la razón, sino que exige una razón fuerte e incisiva. Así lo afirma Juan Pablo II en Fides et ratio, n. 48: “Es ilusorio pensar que la fe ante una razón débil tenga mayor incisividad: al contrario, cae en el grave peligro de ser reducida a mito o superstición”. Como escribió San Agustín, “todo el que cree, piensa. Porque la fe, si lo que se cree no se piensa, es nula”: punto muy importante que resalta la necesidad de una formación doctrinal sólida. 

 

 El futuro del cristianismo

    Muchos se preguntan sobre el futuro del cristianismo en una Europa que sufre una profunda crisis moral: “no soy profeta”, dice. Y añade: no es una excusa, sino consecuencia de una verdad de fe: el resultado de la providencia divina y la libertad humana no es previsible ni programable. Para el cristiano, el porvenir no es objeto de adivinación, sino de esperanza.


   En el centro de sus respuestas está Jesucristo. Ser cristiano, afirma, no consiste en suscribir una doctrina, sino en seguir a una persona: a Jesucristo, que aparece en nuestra vida y nos pregunta como a los Doce: “Y vosotros ¿quién decís que soy Yo?” Con nuestras obras hemos de dar respuesta a esa pregunta que nos hace el mismo Jesús. 


   Más adelante insiste en ese concepto esencial para entender el cristianismo: la Iglesia no es primariamente una institución. La Iglesia es una Persona: Jesucristo, presente entre nosotros, Dios que viene a la humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia.





    Jesucristo salva mediante su Cuerpo Místico, que es la Iglesia, en la que hay una unión real y vital de la Cabeza (Cristo) y sus miembros. Jesucristo salva especialmente mediante la predicación del Evangelio y la celebración de los sacramentos.

 

La crisis de la Iglesia

    No faltan las preguntas acerca de la crisis sufrida por la Iglesia tras el Concilio Vaticano II. Crisis ha habido a lo largo de toda la historia. La crisis, afirma, no es mero retroceso, también viene acompañada de renovación. 

 

    Entre otros factores, apunta un texto de Kierkegaard, a propósito de la situación de los luteranos en Dinamarca en el siglo XIX: “los que tenían que mandar se hicieron cobardes, y los que tenían que obedecer, insolentes. Así sucede cuando la mansedumbre toma el lugar del rigor”. Es un diagnóstico que hace pensar, afirma, aunque el rigor deba ir acompañado siempre de la mansedumbre. 

 

La existencia de Dios

    Respecto al ateísmo, una verdad llena de sentido común: la existencia de  Dios no depende de que uno la acepte o no. El diálogo sobre la existencia de Dios se corta muchas veces antes de entrar en materia, por el apriori falso de que la inteligencia humana no es capaz de conocer realidades que no son empíricas. Pero la neurociencia y la biología se van abriendo cada vez con más frecuencia a las preguntas sobre realidades no empíricas.


    La “demostración” más decisiva de la existencia de Dios es la verdad histórica de la Resurrección de Jesucristo. Por eso lo más importante es mostrar a Jesucristo muerto y resucitado. Presentar la verdadera imagen de Jesucristo es lo más motivador para animar a profundizar en la fe cristiana.

 

Derechos humanos

     Ninguna prueba empírica nos muestra por qué el hombre tiene derechos inalienables; al revés, la afirmación de los derechos humanos está por encima y regula la actividad científica. Sin reconocer valores absolutos –y en último término a Dios- no tiene sentido ni siquiera el concepto de derechos humanos. El mismo Derecho no sería sino “un aspecto decorativo del poder”, según la afirmación de Marx.


     Marx decía que hay que hacer desaparecer el ateísmo negativo (que se ve necesitado de Dios para negarlo y afirmar al hombre) para dar paso al ateísmo positivo, que haga desaparecer la pregunta misma sobre la existencia de Dios. Pero la pregunta sobre el sentido último de la existencia no es nunca totalmente eludible, y es implícitamente la pregunta sobre Dios.  


     Es posible plantear la fe en ambientes ajenos a la Iglesia, no tanto apoyándonos en el atractivo de la fe, sino en algunas de sus atractivas consecuencias:

       -la entrega de tantos cristianos que, por su fe, prestan un servicio heroico a los más necesitados;

         -la vida ordinaria y también heroica de padres y madres  de familia cristiana;

         -la vida y aportaciones de grandes científicos profundamente creyentes.


    Y un apunte que tiene su retranca: fue Voltaire quien dijo con bastante lógica: “prefiero que mi barbero sea creyente, porque me da cierta seguridad de que no me degollará”.

 

Libertad religiosa


    Explica las contradicciones a que llevan concepciones equívocas de la libertad. Sin verdad moral, sin norma, la libertad se vuelve autodestructiva del hombre y de la convivencia. Por ejemplo, hoy el concepto de discriminación se amplía cada vez más, hasta llegar a límites confusos, y entonces prohibir la discriminación puede transformarse en una limitación de la libertad de opinión y de la libertad religiosa. 


  Como afirmó el cardenal Ratzinger, muy pronto no se podrá afirmar que la homosexualidad constituye un desorden objetivo de la estructuración de la existencia humana. Es un ejemplo de cómo se está intentando imponer la dictadura del relativismo.


    Ratzinger afirma que si un Estado no reconoce valores absolutos previos (como sucede en los Estados ateos) no durará mucho como Estado de Derecho. El “prudente relativismo”, que se presenta como necesario para respetar mejor las diferencias, lleva en sí mismo la inclinación hacia la dictadura, donde la verdad la establece el poder.


  Niega que haya habido contradicción teórico-doctrinal en los diversos pronunciamientos del Magisterio de la Iglesia acerca de la libertad religiosa, aunque es cierto que han sido distintas las consecuencias prácticas socio-políticas tras los diversos pronunciamientos.  


     El Magisterio anterior condenó una concepción de libertad que se entendía como ausencia de obligación de buscar la verdad en materia religiosa. El Vaticano II ha defendido la libertad religiosa entendida como derecho civil que no debe ser impedido por el Estado. Con la misma palabra (libertad) se alude a realidades distintas. 


Plaza de San Pedro, Roma. Canonización de san Josemaría Escrivá


Llamada universal a la santidad y filiación divina


    Sobre la llamada universal a la santidad, enseñada por el fundador del Opus Dei, proclamada por el concilio Vaticano II… pero ignorada por muchos aún, hace una afirmación que invita a la reflexión: la existencia de muchedumbres que ignoran la llamada a la santidad no desmiente la universalidad de esa llamada, sino que indica cómo nos llega: “¿cómo la conocerán, si nadie se la enseña?” decía san Pablo (Romanos 10, 13). 


  Esa realidad nos invita a los cristianos a ser más apostólicos, imitando también en esto a Jesucristo, que nos busca uno a uno y nos descubre el sentido de la existencia.


  Dedica un detenido y bello comentario a la filiación divinaNuestra condición de hijos de Dios es un rasgo característico de la espiritualidad del Opus Dei, que como enseñó san Josemaría hunde sus raíces en el Evangelio. Ya san Pablo escribió que la finalidad misma de la Encarnación del Hijo de Dios ha sido nuestra adopción filial: “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer (…) para redimirnos (…) a fin de que recibiésemos la adopción de hijos” (Gal 4, 4-5).


   Esa realidad fundamental de nuestra vida tiene importantes consecuencias: todo en la vida del cristiano ha de estar caracterizado por su condición de hijo de Dios:

         -la oración debe ser un diálogo filial, lleno de amor, sencillez, confianza y sinceridad;

         -el trabajo podemos realizarlo con segura conciencia de estar trabajando en las cosas de nuestro Padre: “todas las cosas son vuestras, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios “ (I Cor, 22).

         -en los demás vemos a hermanos;

      -el afán apostólico es participación del amor de Dios por los hombres, hijos suyos;

     -la conversión es la vuelta a la casa del Padre, como relata admirablemente la parábola del hijo pródigo, en la que se nos dice que Dos no se cansa de esperarnos;

     -sabernos hijos nos da una gran libertad de espíritu, la libertad de los hijos de Dios; no vivimos atemorizados, sino esponjados en el sentimiento de sabernos hijos queridos;

       -nos da profunda alegría y optimismo, propios de la esperanza;

      -la condición de hijos nos hace amar al mundo, que salió bueno de las manos de Dios y nos lo ha dado en herencia;

     -quien se sabe hijo de Dios afronta la vida con la clara conciencia de que se puede hacer el bien y vencer el pecado.

 

Doctrina social de la Iglesia y participación en la vida pública

    Algunos consideran la doctrina social como una teoría inoperante, que se queda en el terreno de los principios. Sin embargo los principios básicos que enseña la Iglesia constituyen un impulso vital para actuar bien: solidaridad, subsidiariedad, participación en la vida pública,… y todo un conjunto de valores que merecen protección (la vida, la familia, el matrimonio, la educación de los hijos, el trabajo, la organización política, el medio ambiente, la paz internacional…)  


     Son principios generales, que no lesionan la necesaria autonomía de cada cristiano para buscar soluciones concretas codo con codo con el resto de conciudadanos. Soluciones que serán diferentes en cada época y lugar. 



     Lo que es claro, y a veces se olvida, es que sin hombres justos no funcionan con justicia las estructuras, por buenas que sean.


   ¿Merece la pena animar a personas rectas y competentes a meterse en política, dado el desprestigio de los políticos y los numerosos casos de corrupción? Todas las actividades han de estar vivificadas por el espíritu de Cristo, y por eso los cristianos no pueden ausentarse de la vida pública. Ocáriz comenta un pasaje de una de las homilías más conocidas de san JosemaríaAmar al mundo apasionadamente


     El fundador del Opus Dei explica que un católico dedicado a la política no debe pretender que representa a la Iglesia, ni que sus opiniones sean las únicas “soluciones católicas”. 


     Pero es evidente la necesidad de la presencia en la vida pública de cristianos coherentes (hombres justos): profesionalmente bien preparados, con espíritu de servicio, dispuestos a ganar menos dinero, a tener menos prestigio y a complicarse más la vida que en otras profesiones, dispuestos a emplearse en cultivar su imagen aunque no les guste, y a recibir ataques personales… Y que además no pretendan representar a la Iglesia, que se responsabilicen personalmente de sus ideas y decisiones, y no se sirvan de la Iglesia mezclándola en luchas partidistas.

 

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     Se trata de un libro de gran interés, porque invita a la reflexión y permite entender mejor cuestiones de actualidad,  de la mano de un intelectual notable y riguroso. 

 

 

miércoles, 22 de enero de 2014

Notas a una biografía de Alvaro del Portillo

Álvaro del Portillo. Un hombre fiel. Javier Medina. Ed. Rialp




Conocer la vida de grandes personas estimula nuestra capacidad de ser mejores. Es lo que sucede tras la lectura de esta magnífica y detallada biografía del beato Álvaro del Portillo, primer sucesor de san JosemaríaEscrivá al frente del Opus Dei, formado a su vera durante cuarenta años. 


Nacido en 1914, falleció en 1994, y el  27 de septiembre de 2014, año de su Centenario, la Iglesia Católica celebró subeatificación con una solemne ceremonia que tuvo lugar en Madrid.






Así le describe quien le sucedió como prelado del Opus Dei, monseñor Javier Echevarría

El primer sucesor de san Josemaría en el gobierno del Opus Dei fue ante todo un cristiano leal, un hijo fidelísimo de la Iglesia y del Fundador, un pastor completamente entregado a todas las almas y de modo particular a su pusillux grex (…) con olvido absoluto de sí, con su entrega gustosa y alegre, con caridad pastoral siempre encendida y vigilante”.



Educado en el seno de una familia cristiana, vemos crecer en él desde muy joven rasgos y virtudes aprendidos de sus padres, como esa armónica simbiosis de reciedumbre, audacia y delicadeza que adornaban a su madre, mexicana. 


Amable y de corazón, sufre ante las injusticias pero no se queda en lamentos paralizantes, sino que reacciona con misericordia operativa. Desde joven le vemos resuelto a aportar soluciones a su alcance con sentido práctico: en sus ratos libres acude a barrios de la periferia de Madrid con algunos amigos para ayudar en la formación de niños de familias que no tienen nada. Allí sufre por primera vez la persecución del odio anticristiano. Y así conoce a san Josemaría


Esa operatividad práctica, reforzada más tarde por la mentalidad de su oficio de ingeniero, se reflejará en sus responsabilidades de gobierno  en el Opus Dei, en el impulso de innumerables iniciativas apostólicas de carácter social en todo el mundo.


Conoce desde joven la pobreza y la necesidad de trabajar intensamente para ganarse el sustento. Decide aplazar los estudios de ingeniería para  terminar los de Ayudante de Obras Públicas, más cortos, que le permitirán empezar a ganar dinero antes y así ayudar a su familia, que ha sufrido importantes reveses económicos.


Vemos en él la virtud de la valentía, viviendo con sencillez y naturalidad verdaderas epopeyas durante los duros años de la guerra civil, poniendo en juego su vida. Más tarde le veremos también totalmente entregado a su tarea pastoral, manteniendo un ritmo propio de una persona joven a pesar de su precaria salud.


Durante los años del Concilio puso su inteligencia y enorme capacidad de trabajo y conciliación al servicio de la Iglesia. Su papel fue destacado en la elaboración de importantes documentos conciliares, como los referentes a la vida de  los sacerdotes y el papel de los laicos


El libro abunda en detalles de su relación con personalidades de la vida de la Iglesia, incluídos los papas desde Pio XII,  y se entiende que monseñor Javier Echevarría se refiriera a él, al fallecer, como un gigante en el firmamento de la Iglesia del siglo XX. Fue también gran amigo y colaborador estrecho de Juan Pablo II, que acudió a rezar ante sus restos en cuanto le informaron de su fallecimiento.


Se recogen numerosos testimonios de personas que le trataron más de cerca, muchas de ellas cardenales y obispos, y al hilo de sus recuerdos describen su personalidad. 


Surge un despliegue de cualidades humanas que impresiona, e invita al lector a un examen personal de contraste. He aquí algunas de ellas:

-Determinación, escaso interés de protagonismo

-Alegre, generoso, simpático, de gran bondad. Aunaba la fortaleza con la  dulzura de trato. Candor y  humanidad. Como dijo el periodista Vittorio Messori, que le entrevistó para uno de sus libros, "sólo comenzar a conversar con él daban ganas de confesarte."


-Reflexivo, pero no indeciso: si decía “me lo pensaré”, no era excusa para no hacer nada: lo pensaba y luego actuaba, con paz y serenidad. Se ha hecho muy popular la novena al beato Álvaro para pedir serenidad en momentos difíciles.


-Temple resuelto y afable, preocupación por los demás, piedad sin ostentaciones. Siempre sonreía al hablar, mostrando gran afabilidad, cordialidad y amabilidad. 


-Inspiraba confianza en quienes le trataban. De mirada comprensiva y serena, abordaba todo con sencillez y buena fe, con ausencia de malicia de ningún tipo. 


-Tenía la inocencia del que actúa siempre con rectitud, cara a Dios; de quien no conoce las sombras de la complicación, de las envidias y rencores, de las segundas intenciones, de los recovecos interiores que provoca en el alma la soberbia. 




-Inteligente pero sencillo. Inocente y candoroso, pero sin ingenuidades. Serio y responsable, pero cordial y amable. Profundamente bueno. Nunca daban su opinión si no se la pedían. Te hacía favores sin darte cuenta


-Nunca hablaba mal de nadie. Afable con todos, procurando tratar a muchos amigos. Mas bien callado, solía intervenir cuando había que decir una palabra templada. Procuraba no llamar la atención innecesariamente.


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Así le definen  quienes le conocieron, y son expresiones que reflejan una admirable personalidad, forjada durante una vida de entrega. 


En don Álvaro esas cualidades humanas (que podrían resumirse en estas cinco: inteligencia sobresaliente, fuerza de voluntad admirable, gran capacidad de trabajo, carácter firme y afable, capacidad para hacer amigos fuera de lo común) estaban vivificadas por unas virtudes teologales fuertemente enraizadas.


Era un hombre de fe, llevada hasta sus últimas consecuencias, que está en la base de la nota más característica de su vida: la fidelidad a Dios, a la Iglesia y al Papa, al Opus Dei y a su fundador.  De esperanza, que le movía a confiar siempre en el auxilio divino. Lleno de desbordante caridad con Dios y con el prójimo.


Con la beatificación, la Iglesia propone a todos los católicos la imitación de sus virtudes y el recurso a su intercesión ante Dios para pedirle todo tipo de favores. La devoción a don Álvaro está muy extendida en los cinco continentes. 


Aquí puede verse el documental Saxum, de 30 minutos, sobre la vida de don Álvaro:








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Entre 1939 y 1992 Álvaro del Portillo estuvo en Valencia al menos en 12 ocasiones, la mayor parte de ellos acompañando a san Josemaría: 


-7 al 13 de junio de 1939, viaja desde Olot para asistir a un curso de retiro que predica san Josemaría;

-5-20 septiembre de 1939, con san Josemaría

-4-6 enero 1940

-6-8 abril 1940

-18-20 julio 1940

-4-12 diciembre de 1940 (viaje de estudios con compañeros de la Escuela de Ingenieros)

-26-28 de marzo 1943

-20 abril 1943 (exámenes de licenciatura en Filosofía y Letras en la Universidad Literaria)

-Noviembre de 1972, catequesis con san Josemaría

-2-8 enero 1975 La Lloma (Rafelbunyol)

-Mayo 1978 La Lloma (Rafelbunyol)

-Enero 1992, para asistir al funeral de don Miguel Roca, arzobispo de Valencia









domingo, 19 de enero de 2014

Señor del mundo. Robert Hugh Benson


                                            



Señor del mundo
Robert Hugh Benson. Biblioteca Homo Legens.


Recientemente el papa Francisco, en una de sus homilías en Santa Marta, sorprendió recomendando la lectura de esta novela. Su autor, Robert H. Benson, fue el menor de los hijos del arzobispo anglicano de Canterbury. Su conversión a la Iglesia católica en 1903, y su posterior ordenación sacerdotal, conmocionaron a la opinión pública inglesa. Falleció en 1914, a los 43 años, dejando atrás una notable producción literaria. Son famosas sus novelas históricas, evocadoras de la vida inglesa y su espiritualidad antes de la ruptura con Roma en el siglos XVI.



Señor del mundo (Lord of the world) es una ficción futurista que nos sitúa en el mundo al final de los tiempos. Un misterioso personaje, de personalidad inquietante y avasalladora, recorre el mundo deslumbrando a los líderes por su dominio de lenguas y su capacidad persuasiva. Se manifiesta partidario de  la paz y el progreso, y moviliza acuerdos entres las naciones para evitar la guerra. Su liderazgo es tal que las naciones más poderosas le ofrecen el mando y le rinden pleitesía con temor cercano al terror. Pero tras el mando vienen las imposiciones…



En el prólogo, Joseph Pierce afirma que esta novela es igual en calidad literaria a Un mundo feliz o a 1984, pero las supera en valor profético, porque narra, a la distancia de cien años, sucesos como los que hoy estamos viviendo. Benson anticipa los efectos de una humanidad que no acepta la presencia de Dios y logra imponerse a la religión. Primero la relega al ámbito privado como alarde de tolerancia, y sin solución de continuidad le declara la guerra buscando su exterminio, irónicamente en nombre de la paz y la convivencia.



Sorprende, junto a la calidad literaria, la agudeza de Benson para rebatir algunas  afirmaciones poco reflexivas contra la religión. Al apóstata que dice que la religión es absurda le pide rigor intelectual: la religión puede ser verdadera o falsa, pero no absurda; afirmar que es absurda sería descartar a personas virtuosas que creen en ella, y eso es soberbia, presunción y falta de inteligencia.





Es significativo el diálogo sobre la amistad y el corazón con el sacerdote que pierde la fe: sólo con sentimientos o elemental cortesía no se es amigo. Y el corazón hay que cuidarlo, guardarlo bien, porque es un don tan divino como la inteligencia.  Descuidarlo mientras se busca a Dios es buscarse la ruina.



Deslumbra también su finura interior, en algunos pasajes en los que muestra la vida espiritual del protagonista. Así, cuando describe el acto de presencia de Dios con el que comienza cada día su oración personal, buscando la abstracción de los sentidos, de los problemas inquietantes que le rodean, para centrar toda su atención, su corazón y su mente en Dios,  y abandonarse y dejarse enseñorear por Él.



De la importancia de la vida y obra de Benson da fe otro converso y prolífico escritor, Ronald Knox, quien afirmó que “siempre le he visto como un guía que me condujo a la verdad católica”. Impresiona la cadena de grandes intelectuales ingleses conversos, que mutuamente se han influenciado con su vida y sus escritos: JH Newman, Chesterton, Benson, Knox,...


Vale la pena leerles. Se aprende a hacer prevalecer el sentido común, al menos en la propia conciencia, y a no dejarse arrastrar por la corriente,  tan facilona como suicida. Porque cuando la humanidad prescinde de Dios, se vuelve feroz contra sí misma. 


Y además lo ha recomendado el Papa.

Edith Stein, una gran intelectual, patrona de Europa

El verdadero rostro de Edith Stein.
Waltraud Herbstrith 
Ed Encuentro






Breve biografía de Edith Stein, gran intelectual,  discípula de Husserl, conversa al catolicismo, y asesinada por los nazis en el campo de concentración de Auschwitz . Fue canonizada por Juan Pablo II como santa Teresa Benedicta de la Cruz


El libro traza con rigor  el itinerario humano, intelectual  y religioso  de Edith Stein. De familia judía, siente una profunda atracción hacia la religión católica, de la que envidia el trato íntimo y filial con Dios. Experimenta una sacudida interior cuando ve a una sencilla mujer, con la cesta de la compra, recogida en oración hablando confiadamente con su Dios en un templo católico.


La lectura casual de El libro de la Vida de santa Teresa de Jesús le ilumina intelectualmente: “aquí está la verdad”, piensa. Siempre sintió una gran atracción por la santa de Ávila.  El libro describe con precisión los avatares e incomprensiones sufridos en su vida académica y universitaria, y en los años de claustro en el convento de carmelitas, hasta su deportación por los nazis y el asesinato en el campo de exterminio.


Resalta en la narración la firmeza de carácter, el rigor intelectual y la rectitud de conciencia de esta mujer fuerte, que supo mantenerse fiel a Dios hasta dar la vida. "Que no tenga ningún amor que no sea verdadero, que no tenga ninguna verdad sin amor."


Como dijo Juan Pablo II al nombrarla copatrona de Europa: "En ella, todo expresa el tormento de la búsqueda y la fatiga de la «peregrinación» existencial. Aun después de haber alcanzado la verdad en la paz de la vida contemplativa, debió vivir hasta el fondo el misterio de la cruz."


     Ver también esta reseña de su autobiografía "Estrellas amarillas"