sábado, 27 de abril de 2013

El periodista como creador de sentido


Los elementos del periodismo. Bill Kovach y Tom Rosenstiel. Ed Aguilar


                La aguda crisis de credibilidad que sufre el periodismo fue detectada ya hace años en Estado Unidos. Algunos de  los mejores profesionales del país crearon un Comité de Periodistas Preocupados, y  en 1997 celebraron un encuentro en la Universidad de Harvard para analizar la situación. Este sugerente libro recoge las  conclusiones de aquel encuentro.

Se trataba de descubrir las causas del desprestigio, y definir las líneas maestras de un proyecto para recuperar la calidad del periodismo: Project for Excellence in Journalism. Querían saber si era todavía posible  rescatar el periodismo  de la creciente marea de nuevas formas de comunicación que lo contaminaban,  y por momentos parecían ahogarlo definitivamente.

El gran mundo de las comunicaciones, que la tecnología ha desarrollado de manera exponencial e inusitada, es un complejo entramado de publicidad, propaganda, entretenimiento, intercambio, comercio electrónico… 

Una pequeña pero imprescindible parte de ese entramado lo constituye  el periodismo.  Sólo el periodismo, si cumple su función propia, es capaz de aportar a la sociedad algo único: la información independiente, veraz, exacta y ecuánime que todo ciudadano necesita para ser libre. Cuando al periodismo se le pide algo diferente, no sólo se desvirtúa, sino que llega a subvertir la cultura democrática.

El relato fidedigno de hechos notables es por tanto la esencia y objetivo en el que debe centrarse el periodismo. Cuando la tecnología satura de información al ciudadano, más que nunca la función del periodismo debe ser verificar qué información es fiable, y ordenarla a fin de que los ciudadanos la capten con eficacia.

Centrarse en la labor de verificación y síntesis,  en lo cierto y relevante de una noticia, eliminar lo superfluo e irrelevante. Sobran los rumores. El periodista ha de convertirse en  creador de sentido.

Para eso el periodista debe saber distinguir qué es informar (dar relevancia a un acontecimiento para que la gente sea consciente de él) de qué es informar de la verdad (iluminar hechos ocultos y relevantes, relacionarlos entre sí y esbozar una imagen de la realidad que permita a los hombres actuar en consecuencia).

Con frecuencia el periodista, más que defender sus métodos para averiguar la verdad, ha tendido a negar la existencia de la propia verdad. Se ha refugiado en un cierto cinismo al estilo Pilatos: “¿Y qué es la verdad?”. Como mucho alega su  “imparcialidad”, demasiado subjetiva para ser creíble. Con una supuesta equidad entre dos partes de distinto peso no se es fiel a la verdad. Esa “equidad” no sustituye a la desinteresada búsqueda de la verdad, primer  principio del periodismo.


Esa actitud de cierto cinismo indolente, por desgracia habitual en bastantes periodistas y hombres públicos de relieve, deja al ciudadano con la sospecha de que se le oculta algo. Todos sabemos que la verdad es un objeto esquivo, pero también sabemos distinguir quién se acerca  a ella de manera más exhaustiva, objetiva y honrada.

El periodista debe saber responder a la pregunta que se hace el ciudadano: “De lo que me cuentan, ¿qué puedo creer?”, y aportar los elementos para que el usuario pueda valorar la fiabilidad de su información.

Hay  prácticas éticas que se han generalizado en otros ámbitos. En los congresos médicos, por ejemplo, está establecido que los autores de las ponencias indiquen expresamente si han recibido  alguna ayuda, económica o de otro tipo, de los laboratorios que producen los fármacos y métodos de tratamiento que mencionan en su intervención.  Es una práctica que a veces se olvida en el periodismo.

El periodista debe tener claro a quién debe lealtad. Olvidar que su primera lealtad es al ciudadano es corromper el periodismo, y destruir su credibilidad. En 1995, todavía el 70 % de los periodistas USA seguían pensando que trabajan para el lector, y no para su empresario. Sería interesante una encuesta actualizada.

La crisis publicitaria afloraba ya en 1980.  Desde entonces los medios han recortado sistemáticamente sus presupuestos en informativos,  y han invertido cada vez más en mercadotecnia, introduciendo prácticas que poco tienen que ver con el periodismo: dar cobertura mediática positiva a los anunciantes,  otorgarles una notoriedad de la que carecen, convertir en noticia sus promociones comerciales,… son prácticas que han deteriorado la credibilidad de los medios. 

La única forma que tiene el lector de saber si está ante una información sesgada es la transparencia. Si un artículo comienza: “Según los expertos…”, el lector tiene derecho a saber de cuántos expertos está hablando el reportero. Si se está recomendando un lugar idílico para unas vacaciones, el lector debe saber si el medio ha recibido algún tipo de ayuda de organismos relacionados con ese lugar… Si una cadena de radio o televisión tiene como objetivo favorecer determinada ideología, sería aceptable,  siempre que lo reconocieran públicamente y no ocultaran su partidismo bajo el manto de una aparente independencia.

Otro elemento de pérdida de credibilidad, a juicio de los autores del estudio, es el incremento de un “periodismo de interpretación opinativa”, que ha acabado imponiéndose al periodismo de verificación, más costoso pero más auténtico. Argumentos baratos y polarizados, hechos a base de cifras parciales o falsas, o de meros prejuicios,  que sólo aportan  ruido y provocación,  dominan abrumadoramente sobre la información veraz y fidedigna. Es un fracaso de la profesión. Y la sociedad, que sabe elegir, responde alejándose de  los medios.

Resaltan los autores que hablamos mucho de la necesaria defensa de la libertad de prensa y de expresión,  pero se nos olvida hablar de la responsabilidad de los medios, que al fin y al cabo es hablar de la responsabilidad de quienes trabajan en ellos, periodistas y directivos. Es ahí donde radica el remedio de la crisis.

El  libro constituye un buen ejercicio de reflexión para el periodista que se pregunta por el sentido de su trabajo, y  quiera mejorar su calidad. Un intento no exento de riesgos, porque la verdad compromete, y hay momentos en que uno debe asumir su propia responsabilidad sin transferirla a otros. El profesor Carlos Soria ha publicado buenos estudios sobre los dilemas éticos que cada día se plantea el periodista responsable: recomiendo éste .

Debería interesar  especialmente a empresarios y directivos de medios. Ellos marcan el rumbo, y en sus manos está que se mantenga la nave del periodismo en la dirección correcta para dirigirse hacia el periodismo-periodismo, y no derive hacia puertos bien distintos.

Buen libro también para cualquier ciudadano responsable. Con su buen sentido tiene el poder de determinar de quién se fía, de reclamar cuando se le oculta o falsea la realidad. Él es el principal interesado en que los medios recuperen su credibilidad, porque necesita una información fiable y veraz para ser libre.
               

No hay comentarios:

Publicar un comentario