martes, 5 de noviembre de 2013

El despertar de la señorita Prim.

El despertar de la señorita Prim. Natalia Sanmartín Fenollera. 
Ed Planeta 



La periodista Natalia Sanmartín es especialista en información económica y jefe de Opinión de “Cinco Días”. Quizá ese oficio, de apariencia fría y calculadora, hace más sorprendente esta su primera novela, que rezuma riqueza expresiva, encanto poético, fina sensibilidad y elegancia en los diálogos, y  una razonada naturalidad para mostrar la presencia de Dios en la vida cotidiana.


El relato nos introduce, con maestría que recuerda a Jane Austen, en el mundo interior de la joven Prudencia Prim. Segura de sí misma y de sus principios, pero insatisfecha de su vida laboral y afectiva, acepta un trabajo de bibliotecaria en una pequeña  y desconocida ciudad, San Ireneo de Arnois.



Para sorpresa de Prudencia, en san Ireneo todo parece discurrir de manera diferente. Sus amables  habitantes comparten estilo de vida y prioridades, y todo está dispuesto para que esas prioridades se mantengan en su orden. Es un mundo que aprecia las cosas pequeñas de la vida, tales como  “el primer café de la mañana, las lecturas de verano interrumpidas por la siesta, la luz del sol, los ojos de los niños…” Creen que  esas pequeñas cosas son el camino para las grandes, y  conocen la alegría que produce hacerlas bien, una detrás de la otra, sin apresurarse. En ese ejercicio adquieren mesura, paciencia, capacidad de silencio y contemplación: dones necesarios para encontrar  la añorada belleza, “que no es un qué, sino un quién”.


La señorita Prim acusa el choque con esos principios.  Ponen en duda los suyos, que hasta ese momento se le presentaban incontrovertibles.  La irritante seguridad de su anfitrión  le resulta especialmente enervante. Tendrá que deshacerse de muchos prejuicios y barreras sicológicas hasta que un desconocido mundo de belleza y sabiduría se abra a sus ojos.


Los diálogos, especialmente los que enfrentan a Prudencia con “el hombre del sillón” –su joven empleador- son una delicia para la inteligencia. Un fino sentido del humor recorre la historia, cuajada también de referencias  a obras maestras del arte y  la literatura. “La carta robada”, de Edgar Allan Poe, “que describe perfectamente el descubrimiento del amor”. El valor de la auténtica belleza, expresado por Dostoiewski: “¿qué belleza salvará el mundo?”… Manifiesta una especial sensibilidad para apreciar virtudes singulares del carácter de las personas, como aquel  “…tenía el encanto indefinible de las personas que callan más de lo que dicen”.


Curiosamente, en san Ireneo los niños no van a colegios ni institutos.  Se reúnen en las casas particulares de los profesionales más prestigiosos de la ciudad, y aprenden con ellos. Una situación utópica, de la que se sirve la autora para resaltar algo que los planes educativos olvidan: los padres, y no lejanos e inquietantes burócratas,  son los responsables de educar a sus hijos de acuerdo con sus preferencias.  “Los padres que han enseñado las cosas más bellas a sus hijos –explica uno de los habitantes de san Ireneo-  y cada día les dedican su mejor tiempo para seguir haciéndolo, no quieren ningún maestro para ellos que esté lleno de teorías pedagógicas y ciencias modernistas, porque les estropearía su trabajo. Sería como meter al zorro dentro del gallinero”. “Si uno está convencido de que el mundo ha olvidado cómo pensar y educar, que ha arrinconado la belleza de la literatura y el arte, que ha ahogado la fuerza de la verdad… ¿permitiría que ese mundo enseñara algo a sus hijos?”


Natalia Sanmartín nos muestra  la eficacia del sistema educativo de san Ireneo mediante los fascinantes sobrinos del “hombre del sillón”. Unos niños sorprendentemente sabios para su edad. Tenían “…algo inquietante, que convivía con una luminosa y soleada inocencia y con aquella ternura con la que veneraban cada palabra que salía de la boca del hombre del sillón”. Y la raíz de esa veneración: “lo queremos mucho: él siempre dice la verdad”. 


Están educados –como el relato nos va revelando con simpáticas anécdotas- en el valor del silencio y la contemplación (“la inteligencia crece en el silencio, y no en el ruido”). Y en  un modo distinto de sacar provecho de los libros, que –al igual que la música y los cuadros- “se disfrutan, se memorizan en parte, se leen en voz alta… pero no se ‘analizan’”.


Estos niños saben definir las cosas con hondura: “Un icono es una ventana abierta entre este mundo y el otro”, dice uno de ellos. Y tienen unas intuiciones maravillosas, como la pequeña Téseris, que con sólo 10 años explica con sencillez que la historia de la Redención “es un cuento de hadas real”. “La Redención –explica en otro lugar la autora- no se parece en nada a los cuentos de hadas. Son los cuentos de hadas y las viejas leyendas las que se parecen a la Redención. Como cuando pintas un árbol en un dibujo. El árbol no se parece en nada al dibujo. Sólo el dibujo se parece un poquito al árbol”.


Téseris –explica la abuela de la niña- tiene una sorprendente familiaridad con lo sobrenatural, y durante mucho tiempo no entendió que a los demás no nos ocurriese lo mismo.” Y confiesa la abuela: “no sospechaba hasta qué punto lo sobrenatural puede tocar lo natural hasta que lo he visto reflejado en ellos”. La imagen de las hadas es un eco de las palabras de San Pablo: “Ahora vemos como a través de un espejo, oscuramente. Será después cuando veremos todo tal cual es, cuando conoceremos de la misma forma en que somos conocidos”.


Pero la señorita Prim está educada en un mundo en que lo sobrenatural no cuenta. Le produce rechazo la sola mención de la religión. Cuando “el hombre del sillón” intenta explicarle que no debe preocuparse por sus fallos, porque todos los tenemos a causa de nuestra naturaleza herida, Prudencia niega la validez del argumento “porque es religioso”, y ella no es religiosa. Y recibe esta respuesta, que bien podrían atender muchos racionalistas actuales: “No me diga que mi argumento no sirve porque es religioso. Contra-argumente, dígame que no es exacto, porque la única razón por la que mi argumento puede no servir es porque resulte falso. No se trata de si es una respuesta religiosa o no, sino si es o no es cierta.” 

La señorita Prim tardará en descubrir el empobrecimiento vital que supone su actitud racionalista, que le lleva a elecciones equivocadas.


La autora da en el clavo al señalar la razón de muchas de las cerrazones a lo sobrenatural: la soberbia. “¿Cree usted –dice “el hombre del sillón”- que el ser humano es capaz de alcanzar la perfección y mantenerse en ese nivel de excelencia moral por sus propias fuerzas? ¿Cree que el hombre no falla? Porque yo creo lo contrario, que errar es humano, que tenemos una naturaleza herida que a veces falla. Y cuando falla lo que hay que hacer es pedir ayuda a quien hizo la máquina. Negarlo es soberbia”.


Una lectura muy reconfortante, que invita a salir en busca de la belleza, libres de los prejuicios de un mundo racionalista y alicorto que ha perdido la sensibilidad para descubrirla.



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