jueves, 8 de abril de 2010

Bolardos antipeatón




El apacible peatón esperaba en la acera a que el semáforo se pusiera verde. Los coches pasaban veloces frente a él. Giró la cabeza para mirar atrás, contento en la soleada mañana valenciana. De la puerta del supermercado salía un niño chino de apenas 3 años. Su cara, pícara y juguetona, delataba que huía a escondidas de su cuidadora. El chinito, viéndose libre en la calle, con sus pasos aún torpes, echó a correr en dirección al apacible peatón y a la calzada por la que pasaban veloces los coches. El apacible peatón vió el peligro justo en el momento en que el chinito aceleró increíblemente su velocidad. Girado hacia atrás como estaba, el apacible peatón alargó el brazo izquierdo para detener al chinito. Ya casi lo tenía a su alcance, bastaba ladear  la pierna izquierda y tendría al chinito contenido. Pero allí estaba, desapercibido a sus espaldas,  el bolardo traicionero, puesto por un ayuntamiento obsesionado con que los coches no se suban a las aceras. Su pierna izquierda, en el rápido giro, chocó con el bolardo, y el apacible peatón salió volando por encima del bolardo hacia la peligrosa calzada por la que pasaban veloces los coches. En el aire logró frenar de un manotazo al chinito, que también cayó al suelo, llorando asustado. Gracias a Dios en ese momento no pasaba ningún coche peligrosamente cerca de la acera. Apareció,  asustada y agradecida,  la abuela del chinito. Todo quedó en un susto y diversos moratones. Anden con ojo con los bolardos. ¿Cuántos accidentes hacen falta para que el ayuntamiento deje de sembrarlos con tanta profusión por las aceras?

Observador

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