sábado, 18 de mayo de 2013

Las pequeñas virtudes. Natalia Ginzburg


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Las pequeñas virtudes. Natalia Ginzburg




Conjunto de ensayos y relatos de la escritora italiana (1916-1991) que sorprenden por su sencillez y profundo sentido humano. Destaco tres ideas que me han llamado especialmente la atención, para invitar a la lectura íntegra del libro. Se refieren a tres de los vicios a los que puede arrastrarnos la cultura dominante, si no estamos en guardia.


El primero es el silencio, entendido en su sentido peyorativo, de aislamiento de los demás como consecuencia del individualismo egoísta. El segundo la pérdida del sentido de culpa, a la que incita la cultura del placer. Y el tercero, el afán de dominio y posesión sobre cosas y personas, propio de la cultura materialista, que ignora que Dios es el único que merece ser poseído, y que nuestra mirada sobre los demás ha de ser , como la suya,  una mirada de misericordia.


El silencio, en su sentido de aislamiento e incomunicación, es uno de los vicios más graves y extraños de nuestra época. Los que tenemos algunos años  podemos dar fe del contraste entre la pronta y amigable conversación de hace pocas décadas,  y la difícil comunicación actual,  con gente ensimismada, “a la suya”, refractaria al diálogo enriquecedor. Mucho tiene que ver esto con la pérdida del sentido cristiano, abierto a los demás por naturaleza. Sin olvidar que el silencio tiene también un sentido positivo: ese silencio interior que necesitamos para el encuentro con uno mismo y con Dios.  El silencio que se requiere para tomar conciencia de nuestro yo, y así ser capaces de entregarlo con más plenitud. El  silencio que los artistas han llamado creador.


Un profundo silencio, el de la incomunicación, prosigue Natalia Ginzburg,  se ha ido acumulando poco a poco en nuestro interior, quizá desde pequeños, y llega un momento en que no sabemos cómo relacionarnos con los demás, cómo manifestarles nuestros sentimientos. El silencio (lo que se expresa cuando decimos “Se ha perdido el gusto por la conversación”) es falta de relación libre y normal entre los hombres, y es una enfermedad mortal. El silencio puede llegar a alcanzar una forma de infelicidad cerrada, monstruosa; optar por el silencio, encerrarse, puede llegar a ser optar por ser diabólicamente infelices, y eso lo podemos evitar, es preciso evitarlo. El silencio es un pecado, como la apatía o la lujuria.


Para librarnos del sentimiento de culpa algunos nos proponen hacer de nuestra vida pura elección del placer: pero eso es un gran error, es vivir contra natura, porque al hombre no le es dado elegir siempre. La mayor parte de las cosas de nuestra vida no las podemos elegir: ni la cara, ni los padres, ni la hora de la muerte… La única elección que se nos permite es la elección moral: entre el bien y el mal, lo justo y lo injusto, entre la verdad y la mentira.


Desprendimiento: somos adultos por  aquel breve momento que un día nos tocó vivir, cuando miramos como por última vez todas las cosas de la tierra, y renunciamos a poseerlas, las restituimos a la voluntad de Dios. Y de pronto las cosas de la tierra se nos han aparecido en su justo lugar bajo el cielo, y también los seres humanos, y nosotros mismos, mirando desde el único lugar justo que nos es dado. En ese breve momento hemos encontrado un equilibrio en nuestra vida oscilante, y nos parece que podremos encontrar siempre ese momento secreto, buscar en él las palabras para el propio oficio, nuestra palabras para el prójimo. Mirar al prójimo con la mirada adecuada y libre, no con la temerosa o despreciativa del que siempre se pregunta, en presencia del prójimo, si será su amo o su siervo. En ese momento secreto nuestro hemos descubierto que en la tierra no existe verdadero dominio ni verdadera servidumbre. Y ahora buscaremos en los otros si ya les ha tocado vivir un momento idéntico, o si todavía están lejos: eso es lo que importa saber, porque en la vida de una persona ese es el momento más alto. Y es necesario que estemos con los demás teniendo los ojos puestos en el momento más alto de su destino.


Descubrimos que seguimos siendo tímidos, pero no nos importa, porque desde ese momento secreto encontramos facilidad para hallar las palabras adecuadas en nuestras relaciones humanas. Pero debemos recordar siempre que  toda clase de encuentro con el prójimo es una acción humana, y por lo tanto, es siempre mal o bien, verdad o mentira, caridad o pecado.


Sufrimos ante las miradas duras que nos dirigen otros, incluso a veces nuestros propios hijos; aunque sepamos demasiado bien (por propia experiencia) el largo camino que se necesita recorrer hasta llegar a tener un poco de misericordia.




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