viernes, 14 de junio de 2019

Transformar el mundo




Transformar el mundo desde dentro
Mariano Fazio. Ed. Palabra

En este ensayo sencillo y directo, Mariano Fazio analiza las claves de la cultura y el pensamiento contemporáneo, y propone -en sintonía con el Evangelio y el magisterio reciente de los papas- los medios a su juicio necesarios para que los fieles corrientes cumplan su misión de santificar el mundo en el que viven.

La llamada universal a la santidad, predicada por el fundador del Opus Dei desde 1928, es uno de los frutos más valiosos del Concilio Vaticano II, como afirmó Pablo VI. En el documento Gaudium et Spes se lee: “Todos los fieles cristianos de cualquier condición y estado, son llamados por el Señor a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre.”

Esta doctrina ha estado siempre en la Sagrada Escritura y en el Magisterio, pero había sido olvidada, o al menos no bien comprendida en la práctica. Durante siglos pareció que la aspiración a la santidad se reservaba a personas especiales, que deberían apartarse del mundo si querían lograr su propósito. Hubo excepciones, pero eran eso: excepciones.

Fue necesario que el 2 de octubre de 1928 Dios concediera una luz especial a un joven sacerdote, Josemaría Escrivá, para que comprendiera en toda su inmensa dimensión las consecuencias para el mundo de que todos los fieles supieran que Dios los quiere santos.

Si los cristianos viviéramos de veras conforme a nuestra fe, se produciría la más grande revolución de todos los tiempos... ¡La eficacia de la corredención depende también de cada uno de nosotros! –Medítalo.” (Surco, 945)

Junto a esa luz, Dios dio un encargo a ese joven sacerdote: fundar el Opus Dei para difundir el mensaje: “A cada uno llama a la santidad, de cada uno pide amor: jóvenes y ancianos, solteros y casados, sanos y enfermos, cultos e ignorantes, trabajen donde trabajen, estén donde estén.




  
El papa Francisco dedica su reciente exhortación Gaudeteet exultate precisamente a recordar ese “llamado a la santidad”, presente en la Sagrada Escritura desde las primeras páginas: “Así se lo proponía el Señor a Abraham: Camina en mi presencia y sé perfecto.”

Ese caminar con perfección en la vida corriente plantea interrogantes a un cristiano inmerso en un mundo de aguas turbulentas, en el que debe ser luz, y en el que ha de trabajar día a día en la construcción  de un orden social más justo.

Mariano Fazio describe con precisión y de manera sintética los principales retos que plantean las corrientes de pensamiento actuales, y apunta consecuencias operativas para cualquier cristiano que quiera ser coherente con su vocación.

Para un laico, construir la ciudad temporal es precisamente el camino para el cielo. No contempla el mundo con indiferencia, ni desde lejos. Es su mundo, y su aspiración mientras trabaja o se ocupa en cualquier tarea es mejorarlo. Cuida del mundo porque le ha sido entregado en herencia por el Creador.


Amar al mundo

La primera condición para santificar el mundo, señala Fazio,  es amarlo. ¿Cómo no amarlo, si ha salido de las manos de Dios, y nos lo ha dejado en herencia para que lo cuidemos? Y amarlo significa:

  -una mirada esperanzada sobre personas y acontecimientos; esa esperanza es realismo, porque procede de la convicción de que hay mucha gente buena, aunque también abunde la cizaña. Lo importante no es la estadística, sino cada persona, con toda su capacidad de hacer el bien y su condición de hijo de Dios. 
Esa esperanza es además necesaria para quien desee cambiar el mundo. Nadie sigue a pájaros de mal agüero, que presagian calamidades. Ver el lado bueno de las cosas. “La botella está medio llena”. Ser positivos, que es distinto de ser ingenuos. “Si algo puede salir bien, saldrá bien.”

-amar el mundo significa tener una mirada de comprensión y misericordia para todos,  que no impide corregir con dulzura cuando sea oportuno;

-significa también actuar sin derrotismos, como un padre ama a su hijo, con cariño y paciencia. Ningún padre tira la toalla ante los defectos de sus hijos;

-que nadie nos sea indiferente;

-trabajar para construir la sociedad; participación en la vida social.






Conocer el mundo

Para amar hay que conocer: la cultura dominante, sus efectos en las personas, los síntomas de posibles enfermedades. Conocer para diagnosticar acertadamente  y poder atajar la enfermedad. 

Mariano Fazio observa estos cuatro síntomas en la sociedad actual:

    1) tristeza, egoísmo, vidas aisladas de los demás y de Dios, comodidad y avaricia, ausencia de Dios… Individualismo.
       2)   esperanzas puestas en placeres superficiales: el fin de semana, un deporte, rehuir el sacrificio… Hedonismo, que termina haciendo de la vida un aburrimiento.
     3)  negación de la verdad, o de que podamos alcanzarla; sólo hay opiniones, quien pretenda tener la verdad se convierte en sospechoso. Pero si no hay verdad, lo que prevalece es mi interés, mi placer, y todo vale: Relativismo

Dice el Papa Francisco: “Si no hay verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de las necesidades inmediatas, ¿qué límites pueden tener la trata de seres humanos, la criminalidad organizada, el narcotráfico, el comercio de diamantes ensangrentados y de pieles de animales en vías de extinción?” (Laudato Si)

   4) hambre, desempleo, marginación, migraciones y refugiados, trata de personas, pobreza espiritual, discriminación y descarte de los más débiles y de las familias, persecución de creyentes (con muerte física, o  social en sociedades ateas) El cristiano no puede contemplar todo ese sufrimiento con indiferencia: son Emergencias sociales. Ha de involucrarse, como el Buen Samaritano, que no se conformó con sentir compasión, sino que actuó, y al actuar a favor del prójimo encontró su plenitud: “El hombre no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Gaudium et Spes, 24). Hay que releer el capítulo 25 de san Mateo, porque ahí esta todo, dice el papa Francisco.


Medicinas necesarias

Hecho el diagnóstico, Fazio apunta medicinas para atajar la enfermedad:

            1.   Vida interior: se trata de que el amor y la libertad de Cristo presidan la vida social (Surco 302) y eso no es una tarea humana, requiere la acción de la gracia, la identificación con Cristo por la oración y los Sacramentos. Además, si no hay vida interior nos arrastrará el ambiente: “Un cristiano sin oración es hoy un cristiano con riesgo” (san Juan Pablo II) Convencimiento de que el Bien es más poderoso que el mal. Cizaña habrá siempre, y no debe ser motivo de escándalo ni de freno: también la encontró Jesús.

           2.  Formación, conocimiento de la doctrina que se desprende del Evangelio. El Cardenal Newman, que pronto será canonizado,  decía que hacían falta: “hombres que conocen su propia religión y la profundizan, que son conscientes de quienes son, que saben lo que poseen y lo que no, que conocen tan bien su fe que pueden explicarla; que conocen tan bien su historia que pueden defenderla.”

Hoy, además, hemos de ayudar a descubrir el orden moral natural. Tres corrientes ideológicas intentan vaciarlo de contenido, y niegan que exista una naturaleza humana:

-Ideología de género: niega la diferencia y la reciprocidad natural del hombre y la mujer;
-Transhumanismo: afirma que la tecnología nos permitirá evolucionar hacia una condición humana distinta, superior, y para lograrlo no existen límites éticos porque no existe una naturaleza humana que tengamos que respetar;
-Biocentrismo: dice que no hay diferencia entre el hombre y los demás elementos del ecosistema, que además precisa ser liberado de un exceso de seres humanos: hay que eliminar a ancianos, débiles, enfermos…

La formación requiere estudio, para profundizar con bases cristianas sólidas en cuestiones antropológicas tan profundas como la sexualidad, la afectividad, el uso responsable de la tecnología, la ecología y cuidado de la naturaleza.

        3.   Unidad de vida, coherencia entre fe y obras. “¿De qué sirve que alguien diga que tiene fe, si no tiene obras?” (St 2, 14-26)

Kierkegaard fustigó a la sociedad danesa de su tiempo, oficialmente luterana, que los domingos llenaba el templo y al día siguiente vivía como pagana. “Dios aprecia infinitamente más que tú -para llegar un día a ser cristiano- confieses explícitamente que no lo eres o que no lo quieres ser, que aquella repugnante forma de honrar a Dios, que lo considera un estúpido.” Una fe así estaba destinada a desaparecer, y hoy Dinamarca es un desierto espiritual.

Nietzsche: daba en la diana al afirmar que “No puedo creer en el Salvador si no veo rostros de gente salvada”, esto es: alegres, esperanzados, que viven como hijos de Dios: leales, responsables, comprensivos, justos, serviciales, amigables, generosos, que cumplen sus deberes y exigen sus derechos sin soberbia, con sencillez y firmeza… Es la coherencia de vida, que esperan ver todos en el cristiano.

¡Qué daño, afirma Fazio, el escándalo de católicos condenados por corrupción en tribunales justos (interesante precisión); o frívolos, o que no respetan las normas de tráfico, indiferentes ante las injusticias…! ¿Cómo van a animar a construir una sociedad cristiana?

            4.   Prestigio social para influir. Desear influir no es falta de humildad. Es poner al servicio de los demás los dones que Dios nos ha dado. La fe ilumina y da sentido a nuestra vida. Esa luz no es para ponerla debajo de la cama, sino en lo alto para que ilumine a todos. “Brille así vuestra luz ante los hombres…” (Mateo 5, 16)


                           


SanJosemaría explicaba que el cristiano ha de poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas, para que Cristo atraiga y sane a todos. Entendió ese nuevo sentido en estas palabras de Jesús: “Cuando Yo sea levantado en alto, todo lo atraeré a Mí”. Con nuestro buen hacer en el trabajo le ponemos en lo alto, y al mirarlo sanarán todos, como sanaban los israelitas mordidos por serpientes venenosas cuando miraban la serpiente de bronce que alzaba Moisés.

Llegar a personas que influyen. Hay personas que, por su buen hacer, ejercen un liderazgo moral capaz influir en la conducta de cientos de miles de personas. (Reciente respuesta llena de sentido común del tenista Rafa Nadal a una pregunta sobre feminismo: su opinión pesa, y la pone al servicio del bien común.) Deportistas, artistas, creadores, cualquier buen profesional con prestigio en lo suyo es una persona que influye. No es elitismo, sino una prioridad para el buen ordenamiento social.


             



1850, Inglaterra. La Iglesia católica restablece la jerarquía, y los anglicanos protestan. El cardenal Newman organiza en Birminghan conferencias para orientar y animar a los católicos. Les urge a ser ejemplares en su ambiente: “Lo definitivo es la opinión local, lo que el carnicero, el peluquero… opine de su vecino católico. La opinión local es sobre hechos, no sobre ideas, sobre personas de carne y hueso a las que se ve todos los días. Hay que hacerse ver, darse a conocer, porque la victoria está en ese conocimiento…”

“Si os dejáis tratar, arrastraréis” (san Josemaría). Cada uno en su sitio puede adquirir prestigio: como padre, compañero de trabajo, buen vecino, amigo leal…

Gilson en Francia, ante leyes educativas laicistas, que trataban de ahogar la libre elección: “La mejor receta del éxito para la enseñanza libre es la de ser competentes…”

          5.   Estilo evangélico: ¿cómo actuaría Jesús?

        a)   Si hay exceso de  individualismo, hacer de la propia vida un don, un servicio entregado. Como Jesucristo, que manifiesta quién es el hombre al propio hombre: su Vida es un don, una entrega. Dar con alegría, sonreír, servir con el trabajo;
     b)   Si abunda el  hedonismo, vivir con austeridad, desprendimiento, templanza. No se trata de tener más, sino de ser más. Sencillez, cuidado de lo que usamos, limpieza en el vestir. Pureza, respeto por las personas, sin instrumentalizarlas. No banalizar el sexo, que es un don de Dios. Fomentar la actitud del que sabe que la persona se realiza en el don sincero de sí.
       c)   Si hay demasiado  relativismo, aprender a distinguir entre opiniones legítimas y verdades objetivas; fomentar la cultura de diálogo, escucha, respeto y amistad con los que piensan diferente. Adquirir convicciones fuertes acerca de verdades morales, y defenderlas con valentía,sin respetos humanos y con respeto a las personas. Presentar con transparencia nuestras opiniones morales (como hacen otros con las suyas) y hacer valer el argumento de la “no discriminación” y el derecho humano a la libertad de expresión. Argumentar bien, con respeto y una sonrisa, sin ataques personales, tendiendo puentes.

En definitiva, el cristiano debe buscar parecerse a Jesús hasta identificarse con él. Es así como podrá afrontar con optimismo y sin desánimos la grandiosa tarea que le ha sido confiada: transformar el mundo desde dentro. Una tarea muy superior a sus fuerzas, pero en la que Dios está empeñado. 

Ver también del mismo autor: Historia de las ideas contemporáneas. 


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