viernes, 22 de marzo de 2013

La palabra escrita o el arte de escribir

                                                 


La palabra escrita (Radiografía de mis novelas).  Mercedes Salisachs. Ed B.

Autora de relatos de ficción como La gangrena o Desde la dimensión intermedia, esta obra es una reflexión sobre su método de trabajo, que ofrece a cuantos tienen el oficio de escribir o se preparan para ejercerlo.


El libro está lleno de consejos prácticos, especialmente para quienes desean escribir novelas, pero útiles también a cuantos precisan manejar con fluidez la expresión escrita.


Salisachs anima a coleccionar palabras.  El amor por la palabra, propio de todo escritor, supone disponer del término justo, de la expresión adecuada que atrapa al lector. No se trata de palabras ampulosas o exóticas, sino de voces sencillas que puedan servir de puente entre dos situaciones, por ejemplo. O voces capaces de cambiar el rumbo del relato. Hay –nos dice- palabras elásticas, envasadas, risueñas, ceñudas, alegres, cansadas, torpes, inteligentes,... Es un buen ejercicio jugar a etiquetar y agrupar palabras.


Anima a los futuros escritores a prepararse con buenas lecturas. En España -asegura- todo el mundo quiere escribir, pero casi nadie lee. Antes de escribir es preciso prepararse a fondo, si no se quiere producir basura.


El éxito por causas extraliterarias es efímero

    Se agradece la rotundidad de su sentido común, con el que desenmascara  actitudes vacías o torpes de quienes se someten a lo “políticamente correcto”. 

      Son, por ejemplo, estilos que  “vienen impuestos por una moda de libertad mal entendida y fuera de madre, que confunde escribir a corazón abierto con hacerlo realmente a corazón podrido, o a corazón entrepierna: eso es conseguir éxito por causas extraliterarias, y es efímero. Lo que perdura es lo que por escribirse verídicamente, ayuda al lector a comprender sus propios problemas y de algún modo le ayudar a vivir.”


                                            
     

    Nos previene también frente a la ligereza de juicio de ciertos críticos literarios: “En el magreo de los libros famosos existe mucha hipocresía. Muchos, por no quedar como incultos, cuando un libro “tostón” es alabado por los “mandarines doctos”, se lían a alabarlo porque parece de mal tono o de poca capacidad intelectual decir que se trata de una obra aberrante."

Decía José Luis Alvite : “De una novela mal escrita, se suele decir que es compleja. Si en la novela salen un fraile, un asesinato y pocas ventanas, estamos ante una novela gótica. La mitad de los españoles no leyeron El péndulo de Foucault de Umberto Eco y la otra mitad miente. Yo intenté hacerlo. No soy un mentiroso. Renuncié a la quinta página. A cierta edad hay que ser sincero, cueste lo que cueste.”


Salisachs fustiga un vicio extendido entre no pocos escritores y comentaristas, que escriben despreciando. “Escribir despreciando es un autoinsulto, porque descubrimos al lector la lamentable faceta de algún rencor escondido o de una tendencia a vengarnos de alguien. Los resentimientos jamás conducen a buen puerto.”


No escribir para triunfar, sino para ayudar

Mercedes Salisachs termina su libro con una recomendación: no escribir para triunfar –que es lo mismo que escribir para el olvido- sino para ayudar, que es la mejor forma de permanecer en el recuerdo. Es lo que ella misma hace con esta obra: ofrece al lector con sencillez sus hallazgos literarios, con una generosidad poco frecuente en autores consagrados.



lunes, 18 de marzo de 2013

Mirar donde mira Francisco


En Radio Nou RTVV con Vicent Climent, Carolina Quilez, José Francisco Castelló y José Antonio Burriel, comentando la elección del Papa Francisco
                             

Mirar donde mira el papa Francisco


    Pocos gestos han bastado para que el  papa Francisco nos muestre, desde las primeras horas de su pontificado, dónde tiene puesta su mirada. Era previsible, y por eso lo avanzamos en esa estupenda tertulia de Radio Nou con Vicente Climent, que arrancaba justo cuando por la chimenea del Vaticano comenzaba a intuirse el humo blanco.

    El papa mira en primer lugar a Jesucristo. Nos quedó grabado, apenas asomarse al balcón de la plaza de san Pedro para recoger el afecto del pueblo romano. Lo primero fue pedir -suplicar, más bien- que rezásemos por él, inclinado en gesto sincero y humilde. 

    Francisco sabe que la Cabeza de la Iglesia es Jesucristo.  Ser su representante en la tierra  requiere poner los ojos en Él, rezar intensamente, para escucharle y secundarle.  Media hora estuvo  ante el Santísimo en la basílica de Santa María la Mayor, a primera hora del día siguiente a su elección. Antes, muy temprano, había celebrado la Santa Misa. El Papa, primero y sobre todo, mira a Jesucristo. Es Él quien dirige su Iglesia. Es a Él a quien seguimos. 


   Todos deberíamos fijar la mirada en Jesucristo. Y rezar. Impresiona su devoción a la Virgen.  Aún resuenan
  las palabras de Francisco: quien no reza a Dios, reza al diablo. Debe estar feliz el diablo, porque muchos que se dicen agnósticos, o ateos,  lo que en realidad hacen es dar la espalda a Dios. Nada alegra más al diablo que contemplar una criatura dando la espalda a su Creador.


    El papa mira a la Iglesia, en segundo lugar. Me conmovió el gesto con que asomó al balcón de san Pedro: un gesto de afecto, con algo  del susto de quien acaba de sentir sobre sus espaldas el peso de la  enorme responsabilidad contraída: ser el Pastor de más 1.200 millones de católicos, representados en la multitud que abarrotaba  san Pedro. 



   Francisco tiene que  proporcionar  seguridad, afecto, cercanía y  alimento saludable a millones de fieles extendidos por los cinco continentes. Muchos de ellos sufren persecución física y moral, son privados de libertad, y a veces asesinados, por ser católicos. Necesitan sentir  el calor del Padre común, y sin duda  van a encontrarlo en esa gran humanidad que muestra Francisco, como ha dicho el Vicariodel Opus Dei en Argentina,  buen amigo de Bergoglio.


    Dentro de la Iglesia, el Papa mira especialmente a los jóvenes,  necesitados de una formación cristiana que no siempre se les ofrece con integridad, y muchas veces reciben tergiversada. (Por cierto, va a ser memorable la JMJ en Brasil: América arde en emoción...) Y mira también la falta de coherencia de miembros de la Iglesia, a veces eclesiásticos, necesitados de purificación. Somos humanos y ninguno estamos exentos de la necesidad de purificación. Pero hay que reconocer los pecados para poder ser perdonado.  

    Me ha hecho  pensar  el lema episcopal del Papa: Miserando et  eligendo.  Se refieren a la mirada de Jesucristo cuando invita a  Mateo a seguirle. Mirada de comprensión y cariño, que disculpa, pero que mueve a  radical coherencia.


   Es la radical coherencia que todos los católicos deberíamos proponernos en estos momentos. Requiere un conocimiento más riguroso de la fe,  y  frecuencia asidua de los sacramentos que nos adentran en la intimidad con Dios, especialmente la Reconciliación y la Eucaristía.  La luz y el calor que precisa un mundo frío y desnortado no la proporcionan sólo discursos y razonamientos, sino sobre todo el ejemplo de personas  que viven lo que creen.


   Y Francisco mira al mundo. Lo ha dicho claramente en sus primeras palabras, sin papeles porque lo tiene muy claro: el mundo necesita la luz de Cristo. La Iglesia no es una mera ONG filantrópica.  No cumpliría su misión si no diera a conocer a Cristo al mundo. Toda manifestación de amor a los hombres se queda pobre si no anuncia a Jesucristo, fuente del amor,  y lo que Jesucristo nos ha enseñado. 

    A quienes dicen que la Iglesia debería “modernizar” su doctrina,  Francisco les ha señalado que es al revés: el mundo no avanzará mientras no se abra a la luz de la doctrina cristiana. Parece un eco de la llamada de Juan Pablo II a los gobernantes: ¡no tengáis miedo a Cristo! Él trae la libertad y el bien al mundo. A un mundo que ha aumentado su capacidad técnica,  pero que ha empobrecido sus resortes morales, Francisco ofrece la referencia cristiana con fe profunda y claridad llena de coraje.


   Francisco, desde la elección de su nuevo nombre, mira en el mundo las injusticias que claman al cielo. Los grandes desequilibrios no sólo entre países ricos y pobres, sino también en el seno de cada país. Es fácil clamar contra la desigualdad. Más difícil es que cada uno de los que claman se proponga realmente vivir pobre y desprendido, compartiendo de lo suyo (no de lo ajeno), y trabajando por sanar  unas estructuras éticamente enfermas, que hagan mejores a las personas que viven en ellas, y no que las corrompan.

    Es significativo, en esa mirada al mundo, el valor que Francisco otorga a los laicos. Hemos leído sus declaraciones como cardenal de Buenos Aires, acerca del peligro de clericalizar a los laicos, y de que los laicos se dejen clericalizar. La tarea de los fieles corrientes es dar  testimonio de coherencia cristiana en sus ambientes profesionales y sociales, haciendo presente a Cristo en sus actividades ordinarias. Algo de esto dijo  el cardenal Bergoglio en alguna entrevista, y en la Misa que celebró en 2010 en la catedral de Buenos Aires, con ocasión de la  fiesta de san Josemaría, fundador del Opus Dei, precursor de la misión evangelizadora de los laicos.


    Jesucristo, la Iglesia, el mundo. Tres miradas en una. Miremos los católicos en esa dirección, bien unidos a Francisco. Y viviremos  una gran primavera de la Iglesia. Y también del mundo, que falta le hace... 

    Ah! Y no hagan caso de los "devotos odiadores", como han sido calificados por un conocido periodista, empeñados en ensuciar el rostro de la Iglesia. Sí, formada por hombres y por tanto por pecadores. Pero ya quisieran ellos para sus grupos la integridad y categoría de la inmensa multitud de cristianos que viven de acuerdo con su fe. 



domingo, 10 de marzo de 2013

Un Papa muy abierto a la comunicación


Reproduzco interesantes comentarios del periodista Diego Contreras sobre el pontificado de Benedicto XVI en EL UNIVERSAL , viernes 8 de marzo de 2013  

Benedicto XVI junto al papa Francisco


El final del pontificado de Benedicto XVI se vio ensombrecido por versiones sobre luchas de poder y corrupción en la Curia romana y por el retrato de un Papa débil que acabó dimitiendo al no poder gobernar a los suyos. Un panorama marcado por la crisis y escándalos, y transmitido a nivel mundial.


    Para Diego Contreras, profesor de la Facultad de Comunicación de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz de Roma y presidente de la agencia televisiva Rome Reports, especializada en temas vaticanos, el Pontificado del ahora papa emérito no fue necesariamente más turbulento que el de su predecesor, pero coincidió con un cambio en la cultura informativa en la que irrumpieron con fuerza los medios digitales y las redes sociales y su consiguiente efecto amplificador.


    "Juan Pablo II ha tenido problemas a veces más grandes que los de Benedicto XVI. Lo que ha faltado ha sido ese eco mediático mundial, quizá porque estaba tapado por la figura carismática del Papa". 



    "El desarrollo de las redes sociales, la inmediatez en la información y la globalización en un modo como no se conocía antes han llevado a que episodios quizá menores que en otra época hubieran pasado casi desapercibidos han tenido ahora relevancia internacional". Contreras considera que el Vaticano debe realizar mayores esfuerzos en planificar su trabajo de comunicación.



    "Es genial que el Papa esté en Twitter, pero muchos de los problemas consisten en cómo contextualizar algunas decisiones, algunas motivaciones, en un contexto precisamente que no tiene las categorías cristianas para entenderlo. Esto exige un esfuerzo intelectual para elaborar el mensaje de un modo que responda a lo que se pretende, de un modo más incisivo".



    El escándalo que más ha marcado la fase final del pontificado ha sido el llamado caso "VatiLeaks", cuyo principal implicado, el exmayordomo de Benedicto XVI Paolo Gabriele, fue condenado y luego absuelto por sustraer documentos confidenciales de los aposentos del papa. Documentos que hablan de luchas dentro de la curia romana, corrupción y escándalos financieros.



    Joseph Ratzinger encargó a tres cardenales encabezados por el español Julián Herranz, del Opus Dei, un informe sobre el caso, que sólo se mostrará al próximo papa, según decisión de Benedicto XVI. El diario La Repubblica asegura que el papa tomó la decisión de dimitir al leer dicho informe, algo que Contreras pone en duda.



    "Quizá le ha desgastado físicamente, pero no creo que haya sido un golpe psicológico tan grande como para llevarle a acelerar la renuncia", afirma el experto en temas vaticanos. "No puede haberle hundido en la depresión, sobre todo habiendo sido más de 20 años prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cuando a su mesa llegaban a diario dossieres sin duda mucho más deprimentes".



    El profesor español considera "innegable" que ha habido problemas en la curia, tales como "falta de coordinación o visiones divergentes entre sus miembros", pero no "cuchilladas" ni "agresiones", como se plantea en el marco del escándalo "VatiLeaks". Contreras cree no obstante que los colaboradores de Benedicto XVI no estuvieron "a la altura" del ahora papa emérito.



    "A Benedicto le ha faltado un Ratzinger. Juan Pablo II tenía un Ratzinger que le daba seguridad, apoyo y solidez cuando era cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Por lo que podemos juzgar externamente, es lícito decir que la curia romana no ha estado a la altura de lo que se esperaba, al nivel del papa. El magisterio del papa ha sido extraordinario y creo que todavía tendremos que asimilarlo durante muchos años. La gestión de gobierno que corresponde a sus colaboradores no ha sido extraordinaria".



    "Como no sabemos qué contiene el informe de 'Vatileaks', podemos hacer del informe una especie de entidad que lo resuelve todo o que lo contiene todo", afirma el profesor español, quien considera que la decisión de Benedicto XVI de no publicar el documento debe interpretarse más bien como "una delicadeza con su sucesor" o "una medida de prudencia" en lugar de un intento de tapar lo ocurrido.



    "El tema de la verdad para Ratzinger es esencial en su predicación como papa y en su investigación como teólogo, y también eso se ha demostrado en la transparencia. Creo que el tema más duro que ha tenido que afrontar es el de los abusos. El que ha marcado la pauta de transparencia ha sido el papa". Ratzinger en sus tiempos de cardenal en la curia no se echaba atrás a la hora de abordar cuestiones difíciles.



    "En las ruedas de prensa oficiales era el que respondía a las preguntas más molestas. Otros cardenales, con mucha diplomacia, despejaban balones o te daban una contestación que en el fondo no era una respuesta". Ratzinger organizaba también encuentros "off the record" con periodistas en los que se tomaba horas para discutir cuestiones controvertidas.



    "Su disponibilidad para atender a la prensa era llamativa, sobre todo si se piensa en el estereotipo que existe de él, de persona cerrada. El hecho de que haya publicado tres libros-entrevista, cuatro contando con el último cuando ya era papa con el periodista Peter Seewald, es una realidad que hay que tener en cuenta y que a veces también se olvida. Es muy, muy abierto a la comunicación".


jueves, 7 de marzo de 2013

La puerta de la esperanza, y una entrevista reciente a José Luis Olaizola.




La puerta de la esperanza. 
Juan Antonio Vallejo-Nájera y José Luis Olaizola. 


El siquiatra y escritor Juan Antonio Vallejo-Nájera decidió escribir un libro sobre los hechos esenciales de su vida cuando los médicos le diagnosticaron un cáncer incurable, a finales de 1989, y le avisaron de que moriría pronto. 


Vallejo-Nájera acudió a su amigo José Luis Olaizola para que le ayudase a redactarlo. Deseaba  transmitir a cuantos le conocían  el sentido cristiano  de la vida, del dolor y de la muerte, y la belleza de saberse hijo de Dios. Quería hacerlo sin teorías ni discursos, sencillamente mostrando hechos y vivencias de su entorno profesional y vital. Vallejo-Nájero sabe que Olaizola comparte sus mismos sentimientos, y le ayudará a expresarlos con exactitud.


El libro es fruto de largas y sustanciosas conversaciones entre ambos, llenas de anécdotas que tienen por protagonistas muchas veces  a conocidos personajes del momento, como el famoso torero Luis Miguel Dominguín, un hombre curtido por la vida, con sus defectos como todos, pero en el que descubre muchas virtudes humanas.


Olaizola usa un lenguaje asequible, popular, lleno de sentido del humor y que huye de las moralinas. Destaca en su amigo Juan Antonio su gran sentido de la amistad, su facilidad para la relación social, y el afán de descubrir la luz de la fe cristiana a sus amigos, que se hizo más intenso en los últimos meses. 


Vallejo-Nájera poseía también un hondo sentido del aprovechamiento del tiempo, manifestado en su facilidad para emprender aficiones que acababa profesionalizando (además de médico era escritor y pintor), y de las que  incluso lograba rendimiento económico. Una muestra, sin ir más lejos, es este mismo libro, del que se han editado más de 500.000 ejemplares.


El libro es muy entretenido y enriquecedor, y da noticia de personajes del momento en la vida pública española. Y sobre todo muestra algo que con frecuencia se oculta: la muerte no es una puerta que se cierra, sino una puerta que se abre a una vida nueva infinitamente mejor: la puerta de la esperanza. 


Lo cuenta muy bien José Luis Olaizola en la última parte de esta reciente entrevista , en la que habla de otros temas interesantes como su vocación al Opus Dei




sábado, 2 de marzo de 2013

Historia de los Papas





El Pontificado Romano en la historia. José Orlandis.  Ed. Palabra


         Ágil y ameno recorrido por la historia del Papado. Junto a interesantes datos históricos, muestra la sorprendente realidad de cómo el Primado de Pedro ha sido reconocido siempre  desde el primer momento por la Iglesia católica.


Muestra también los claroscuros y avatares puntuales, que los ha habido. Son las lógicas deficiencias de un organismo en el que intervienen hombres, por tanto  seres  imperfectos. 

La función primacial del Papa se ha desarrollado en el tiempo y contando con el transcurso del tiempo, evolucionando  en sus manifestaciones accidentales, pero segura en lo esencial. 

La historia no ha hecho sino acreditar que el Primado de Pedro, y de sus sucesores los obispos de Roma, es un elemento fundamental de la constitución querida por Jesucristo para su Iglesia

Creación y pecado. Joseph Ratzinger









Creación y pecado. Joseph Ratzinger . Ed NT, 1992 


    En 1991 el cardenal Joseph Ratzinger pronunció cuatro conferencias cuaresmales en la catedral de Munich. Deseaba cubrir una laguna que observaba en la catequesis de aquellos años: se omitía la referencia a los relatos de la Creación, contenidos  en el Libro del Génesis. Algunos pensaban que habían quedado obsoletos, que no eran ya  válidos.  

      Ratzinger sale al paso de este error, procedente de una falsa interpretación de la Sagrada Escritura, y nos enseña las maravillas que encierra el libro del Génesis cuando lo leemos guiados por el mismo Jesucristo, Palabra de Dios Encarnada.


 Este libro aporta una visión clara y penetrante acerca del orden primigenio de la creación, su belleza y armonía, inexplicables por el puro azar. Y acerca de quién es el hombre, creado por Dios a su imagen y semejanza, "del barro de la tierra", según la imagen del Génesis. 

Cada hombre, en cada generación, se hace la pregunta necesaria: ¿quién soy? y ¿qué quiero ser como hombre? De la respuesta que de a esa esencial pregunta depende su futuro como persona y el futuro de la sociedad. ¿Qué es el ser humano?




Ratzinger  aporta una sugerente visión acerca del significado del pecado original, cuyo carácter hereditario parece chocar con la bondad divina. El pecado del hombre introduce el desorden en el cosmos, y ahora se trata de restablecer el equilibrio inicial, para que en el mundo vuelva a brillar la gloria de Dios y del hombre. Es un pecado que ha dañado a todo el género humano porque el hombre no está encerrado en sí mismo, es un ser relacional. Es esencialmente relación a los otros.


       Ser verdadero hombre significa estar en la relación del amor, primero y esencialmente con Dios, y también con los demás. Y el pecado significa estorbar esa relación, o destruirla totalmente. El pecado, al  pretender convertir al hombre en Dios, interrumpe su relación a los demás, falsea todas las relaciones, y afecta por tanto a todos los hombres. Cada hombre llega al mundo con una interdependencia en la que las relaciones han sido falseadas. Ya desde el comienzo de su existencia el hombre está perturbado por el pecado, que le tiende la mano… y el hombre lo comete.

         Esta idea del hombre como ser esencialmente relacional, que se comunica con otros, ha sido tratada también por Ratzinger en su libro Jesús de Nazaret.  Cuando el hombre rompe la comunicación  con Dios, rompe la más esencial de sus relaciones. Esa es la mayor tragedia del hombre de nuestros días, que ha olvidado su necesidad de dirigirse a Dios y hablar con Él. De ahí la importancia de recuperar el sentido de la oración y la necesidad de rezar.


Jesucristo, Pantocrator del Sinaí



         La Sagrada Escritura adquiere su sentido verdadero cuando la leemos hacia atrás,  desde Jesucristo, guiados por Él. Desde Él, desde su vida y sus palabras, la Palabra escrita en el Antiguo Testamento adquiere su pleno sentido. Y con Él, vemos que Dios ha creado el Universo para poder establecer con los hombres una historia de amor, para poder hacerse hombre y desparramar -dice Ratzinger- su amor entre nosotros.

          Dios formó al hombre "del barro de la tierra", dice el Génesis. Esa imagen explica mucho sobre nuestra realidad más íntima. Explica  que no somos dioses: no nos hemos hecho a nosotros mismos. Y explica que somos iguales, formados todos del mismo barro, de la misma materia. Nadie es más que otro. Por eso el cristianismo es una rotunda negación de toda forma de racismo.

          Pero el relato del Génesis dice mucho más: "a imagen de Dios lo creó". Al hacerlo a su imagen, Dios entra a través del hombre en la creación. Al hacernos a su imagen, Dios prepara el camino para su Encarnación como uno de nosotros: desde ese momento era posible. 

 Donde deja de verse al hombre como imagen de Dios, colocado bajo su protección, surge la barbarie. Y al contrario: donde se descubre que el otro, cada ser humano, es una imagen de Dios, aparecen la categoría de lo espiritual y la categoría de lo ético. No todo vale. Dios obra el bien, y también nosotros hemos de obrar como Él. Debemos hacer el bien y evitar el mal.   No todo lo que se puede hacer es bueno. Mi conducta debe ser ética, acorde con mi dignidad de imagen de Dios, y con la dignidad del otro que también es imagen de Dios.

  Una consecuencia más: si somos imagen de Dios, es que hay Otro del que somos esa imagen. El hombre que se encierra en sí  mismo y se niega a hablar con Dios, dirigiéndose a Él con un “Tú” personalísimo, niega lo más esencial de su ser, que es la relación con su Dios Creador, que le ha dado el ser y de quien es imagen. Por eso rezar, dirigirse a Dios, es la acción más propiamente humana.


 Ratzinger no rehúye el diálogo razonado con los que se manifiestan  ateos. Así, glosando las palabras de Monod y al hilo de su discurso, hace ver cómo los grandes proyectos de la vida que descubrimos mediante la ciencia, y maravillan incluso a quienes se piensan ateos, nos remiten a una Razón creadora.

   Este libro es  una extraordinaria catequesis sobre cómo leer la Sagrada Escritura. Un ejemplo entre muchos: cuando glosa las palabras de Pilatos mostrando a Jesús destrozado por la cruel tortura  de la flagelación: Ecce Homo. Ved aquí al hombre. Esto es el hombre. Lo que significa: "Esto es lo que es capaz de hacer el odio, cuando descarga su ira contra un inocente". Pero también: "Esto es lo que es capaz de soportar el amor de Dios". El Dios hecho Hombre, de quien somos imagen, que se nos ofrece como ejemplo de vida, nos descubre con su ejemplo hasta qué punto debemos amar a los demás, estando dispuestos a perdonar sus ofensas hasta el heroísmo.

 Un libro profundo, como todos los de Ratzinger, que constituye una delicia para la inteligencia y un manantial de sentido para la vida.




Verdad, valores, poder. Joseph Ratzinger




Verdad, valores, poder. Piedras de toque de la sociedad pluralista. Joseph Ratzinger. Ed. Rialp


Verdad, valores, poder, son piedras de toque que nos permiten calibrar la calidad de una sociedad pluralista. Este libro recoge tres ensayos del cardenal Joseph Ratzinger sobre cuestiones tan esenciales.


Con la nitidez y hondura características de su pensamiento, el futuro papa Benedicto XVI reflexiona sobre el problema al que se enfrenta una sociedad, que intenta construirse en torno a la democracia, cuando pierde una referencia clara acerca de los valores que debe promover, y considera la verdad un concepto meramente subjetivo. Conceptos fundamentales como conciencia y culpa se difuminan. En esa sociedad la persona está en riesgo de perder su libertad.


Las democracias que no se apoyan en un mínimo de valores, no expuestos al arbitraje de mayorías cambiantes, degeneran en tiranías. Las democracias occidentales corren ese riesgo, porque buscan en vano un fundamento en el pantanoso terreno del relativismo, y desprecian el firme apoyo de los valores cristianos sobre los que crecieron. 


    En La Democracia en América,
 Tocqueville escribe que en América era posible un orden de libertades, una libertad vivida en común, precisamente porque era una sociedad en la que seguía viva la conciencia moral fundamental alimentada por el cristianismo. Pero sin convicciones morales comunes las instituciones no pueden durar ni surtir efecto.


    La historia del siglo XX, afirma Ratzinger, ha demostrado dramáticamente que la mayoría es manipulable y fácil de seducir, y que la libertad puede ser destruida en nombre precisamente de la libertad. La mayoría no puede ser fuente del derecho ni lo único decisivo en democracia. Es indiscutible que la mayoría no es infalible, y que sus errores no afectan sólo a asuntos periféricos, sino a bienes fundamentales que dejan sin garantía la dignidad y los derechos del hombre. Ni la esencia de los derechos humanos ni la de la libertad es evidente siempre para la mayoría. Si la mayoría siempre tiene la razón, el derecho tendrá que ser pisoteado. 


  Ratzinger analiza el comentario de Hans Kelsen, maestro del positivismo jurídico, a la pregunta de Pilatos a Jesús: ¿Qué es la verdad? Kelsen dice que la pregunta ya contenía la respuesta: la verdad es inalcanzable. Por eso Pilatos no espera la respuesta: se dirige a la multitud y les dice: ¿Queréis que os suelte al Rey de los judíos? Es decir: somete la cuestión (sobre qué es la verdad) a la voluntad popular y deja que sea el pueblo quien decida. 


   Actuando así, Pilato se comporta como el “perfecto demócrata”: confía el problema de designar lo que es verdadero y justo a la opinión de la mayoría. “El hecho de que en el caso de Jesús fuera condenado un hombre justo e inocente no parece inquietar a Kelsen. No hay otra verdad que la de la mayoría”.

       La democracia, en el ámbito anglosajón, se apoyaba en un consenso fundamental cristiano. Pero a partir de Rouseau (siglo XVIII) comenzó a dirigirse contra la tradición cristiana. Lo democrático será desde entonces un concepto que se entiende en oposición al cristianismo e incorpora los dogmas masónicos del progreso necesario, el optimismo antropológico, la divinización del individuo y el olvido de la persona. Por eso Ratzinger recuerda que es misión de la Iglesia, y de cada cristiano, hacer que surja con fuerza renovada aquella evidencia de los valores sin la que no es posible la libertad común.


       Ratzinger resalta el valor de la conciencia, que en su primer estrato contiene el recuerdo primordial de lo bueno y de lo verdadero, insertado por Dios en nosotros. Es una tendencia ontológica del ser creado por Dios a promover lo conveniente a Dios. Ahí radica el derecho de la actividad misionera de la Iglesia: aunque lo ignoren, todos esperan secretamente el Evangelio, la Noticia del Amor de Dios a los hombres

        En ese recuerdo primordial radica también el que nadie debe obrar contra su conciencia. Aunque sea errónea, no es culpa nunca seguir la convicción alcanzada, pero sí puede ser culpa adquirir convicciones falsas y acallar las protestas que proceden de lo íntimo de nuestro ser. Hitler y Stalin obraron convencidos, pero son culpables.

 

 Debemos seguir el veredicto evidente de la conciencia. Pero eso no significa que la conciencia sea infalible, pues sería tanto como afirmar que la verdad no existe, y todo sería subjetividad. Y por tanto tampoco existiría libertad.

 

 Ratzinger observa que la falsa idea de que es más libre quien no está cargado con las exigencias de la fe ha paralizado la actividad evangelizadora de la Iglesia en los últimos decenios. Es el pensamiento de que la falsedad y el alejamiento de la verdad podrían aportar una vida más cómoda que la de quien afirma que existe la verdad. ¿No habría que liberar al hombre de la verdad, que lo ata y no  lo hace más libre? ¿No es mejor dejar a los hombres sin fe, para no atarles? 


“Quien ve en la fe una pesada carga o una exigencia moral excesiva no puede invitar a los demás a seguirla. Prefiere dejarlos en la supuesta libertad de su buena conciencia.”

 

Esa cierta aversión “casi traumática” a lo que llaman catolicismo preconciliar quizá procede de una fe soportada como una carga. Parecen decir que la conciencia errónea protege al hombre de las exigencias de la verdad.

 

Pero en realidad “la conciencia es la ventana que abre al hombre el panorama de la verdad común que nos sostiene y nos sustenta a todos, haciendo posible que seamos una comunidad de querer y de responsabilidad apoyada en la comunidad de conocimiento.”

 

Newman decía que la conciencia es la presencia clara e imperiosa de la voz de la verdad en el sujeto. Es la anulación de la mera subjetividad en la tangencia en que entran en contacto la intimidad del hombre y la verdad de Dios.

 

Acallar esa voz, para permanecer en un convencimiento subjetivo, no exculpa al hombre: Hitler y sus SS actuaron con convencimiento subjetivo, con la seguridad y falta de escrúpulos que se derivan de él.


Distinguir la verdadera voz de la conciencia

 

Un hombre de conciencia es el que no compra tolerancia, éxito, bienestar, reputación y aprobación públicas renunciando a la verdad.

 

¿Cómo distinguir la verdadera voz de la conciencia? Hay dos señales claras: que esa voz no coincida con los deseos y gustos propios, y que no coincida con lo aparentemente más beneficioso o llevadero para la sociedad, con el consenso de grupo, o con las exigencias del poder político o social.

 

No se puede comprar el progreso y el bienestar traicionando la verdad reconocida. Hoy el concepto de verdad ha sido abandonado y sustituido por el de progreso. El progreso “es” la verdad. Pero es así precisamente como se destruye el progreso, pues al separarse de la verdad pierde la dirección, y tanto puede ser progreso como retroceso.

 

En el hombre existe la presencia inexcusable de la verdad, de la verdad del Creador, que se ofrece también por escrito en la revelación de la Historia Sagrada. El hombre puede ver la verdad en el fondo de su ser. No verla es culpa. Solo se deja de ver cuando no se la quiere ver.

 

 El error, la conciencia errónea, sólo son cómodos en un primer momento. Enseguida, tarde o temprano, sobreviene la deshumanización. En el telón de acero, el sistema marxista era un sistema de engaño, y produjo embotamiento del sentido moral y una sociedad inhumana. La verdadera culpa es la supresión de la verdad que precede a la conciencia errónea, que deja al hombre en una falsa seguridad y en un desierto inhóspito.

 

 Por eso el sentimiento de culpa es necesario, porque rompe la falsa tranquilidad de la conciencia. Es una señal tan necesaria para el hombre como el dolor corporal, que nos permite conocer la alteración de las funciones vitales normales. Quien no es capaz de sentir culpa está espiritualmente enfermo. El enmudecimiento de la culpa es una enfermedad de alma más peligrosa que la culpa reconocida como culpa: no hay más que pensar en los crímenes contra la humanidad perpetrados por gentes sin escrúpulos de conciencia en los lager y gulags comunistas o en los campos de exterminio nazis.

 

 No acallar la conciencia es lo que nos salva. En Lc 18, 9-14 vemos a Jesús que puede obrar en el pecador que se reconoce culpable porque no se oculta tras su conciencia errónea. Jesús sin embargo no puede actuar en el fariseo que no siente la necesidad de perdón ni de conversión. Es precisamente el grito de la conciencia que llega al publicano lo que le hace capaz de alcanzar la verdad y el amor salvador.

 

 El peligro de perder el sentido de culpa nos acecha a todos, y debemos rezar con el salmo: “¿Quién será capaz de reconocer los deslices? Límpiame de los que se me ocultan” (Ps 19, 13). El hombre que no examina su conciencia corre peligro de adormecer ese sentimiento de culpa, sin el que no es posible acceder al perdón.

 

Y este es el reto y la responsabilidad al que se enfrenta el cristiano: conducir de nuevo a la humanidad hacia el reconocimiento de los valores morales eternos: desarrollar de nuevo el oído casi extinguido para escuchar el consejo de Dios que habla al corazón de cada persona.