viernes, 14 de junio de 2019

Transformar el mundo




Transformar el mundo desde dentro
Mariano Fazio. Ed. Palabra

En este ensayo sencillo y directo, Mariano Fazio analiza las claves de la cultura y el pensamiento contemporáneo, y propone -en sintonía con el Evangelio y el magisterio reciente de los papas- los medios a su juicio necesarios para que los fieles corrientes cumplan su misión de santificar el mundo en el que viven.

La llamada universal a la santidad, predicada por el fundador del Opus Dei desde 1928, es uno de los frutos más valiosos del Concilio Vaticano II, como afirmó Pablo VI. En el documento Gaudium et Spes se lee: “Todos los fieles cristianos de cualquier condición y estado, son llamados por el Señor a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre.”

Esta doctrina ha estado siempre en la Sagrada Escritura y en el Magisterio, pero había sido olvidada, o al menos no bien comprendida en la práctica. Durante siglos pareció que la aspiración a la santidad se reservaba a personas especiales, que deberían apartarse del mundo si querían lograr su propósito. Hubo excepciones, pero eran eso: excepciones.

Fue necesario que el 2 de octubre de 1928 Dios concediera una luz especial a un joven sacerdote, Josemaría Escrivá, para que comprendiera en toda su inmensa dimensión las consecuencias para el mundo de que todos los fieles supieran que Dios los quiere santos.

Si los cristianos viviéramos de veras conforme a nuestra fe, se produciría la más grande revolución de todos los tiempos... ¡La eficacia de la corredención depende también de cada uno de nosotros! –Medítalo.” (Surco, 945)

Junto a esa luz, Dios dio un encargo a ese joven sacerdote: fundar el Opus Dei para difundir el mensaje: “A cada uno llama a la santidad, de cada uno pide amor: jóvenes y ancianos, solteros y casados, sanos y enfermos, cultos e ignorantes, trabajen donde trabajen, estén donde estén.




  
El papa Francisco dedica su reciente exhortación Gaudeteet exultate precisamente a recordar ese “llamado a la santidad”, presente en la Sagrada Escritura desde las primeras páginas: “Así se lo proponía el Señor a Abraham: Camina en mi presencia y sé perfecto.”

Ese caminar con perfección en la vida corriente plantea interrogantes a un cristiano inmerso en un mundo de aguas turbulentas, en el que debe ser luz, y en el que ha de trabajar día a día en la construcción  de un orden social más justo.

Mariano Fazio describe con precisión y de manera sintética los principales retos que plantean las corrientes de pensamiento actuales, y apunta consecuencias operativas para cualquier cristiano que quiera ser coherente con su vocación.

Para un laico, construir la ciudad temporal es precisamente el camino para el cielo. No contempla el mundo con indiferencia, ni desde lejos. Es su mundo, y su aspiración mientras trabaja o se ocupa en cualquier tarea es mejorarlo. Cuida del mundo porque le ha sido entregado en herencia por el Creador.


Amar al mundo

La primera condición para santificar el mundo, señala Fazio,  es amarlo. ¿Cómo no amarlo, si ha salido de las manos de Dios, y nos lo ha dejado en herencia para que lo cuidemos? Y amarlo significa:

  -una mirada esperanzada sobre personas y acontecimientos; esa esperanza es realismo, porque procede de la convicción de que hay mucha gente buena, aunque también abunde la cizaña. Lo importante no es la estadística, sino cada persona, con toda su capacidad de hacer el bien y su condición de hijo de Dios. 
Esa esperanza es además necesaria para quien desee cambiar el mundo. Nadie sigue a pájaros de mal agüero, que presagian calamidades. Ver el lado bueno de las cosas. “La botella está medio llena”. Ser positivos, que es distinto de ser ingenuos. “Si algo puede salir bien, saldrá bien.”

-amar el mundo significa tener una mirada de comprensión y misericordia para todos,  que no impide corregir con dulzura cuando sea oportuno;

-significa también actuar sin derrotismos, como un padre ama a su hijo, con cariño y paciencia. Ningún padre tira la toalla ante los defectos de sus hijos;

-que nadie nos sea indiferente;

-trabajar para construir la sociedad; participación en la vida social.






Conocer el mundo

Para amar hay que conocer: la cultura dominante, sus efectos en las personas, los síntomas de posibles enfermedades. Conocer para diagnosticar acertadamente  y poder atajar la enfermedad. 

Mariano Fazio observa estos cuatro síntomas en la sociedad actual:

    1) tristeza, egoísmo, vidas aisladas de los demás y de Dios, comodidad y avaricia, ausencia de Dios… Individualismo.
       2)   esperanzas puestas en placeres superficiales: el fin de semana, un deporte, rehuir el sacrificio… Hedonismo, que termina haciendo de la vida un aburrimiento.
     3)  negación de la verdad, o de que podamos alcanzarla; sólo hay opiniones, quien pretenda tener la verdad se convierte en sospechoso. Pero si no hay verdad, lo que prevalece es mi interés, mi placer, y todo vale: Relativismo

Dice el Papa Francisco: “Si no hay verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de las necesidades inmediatas, ¿qué límites pueden tener la trata de seres humanos, la criminalidad organizada, el narcotráfico, el comercio de diamantes ensangrentados y de pieles de animales en vías de extinción?” (Laudato Si)

   4) hambre, desempleo, marginación, migraciones y refugiados, trata de personas, pobreza espiritual, discriminación y descarte de los más débiles y de las familias, persecución de creyentes (con muerte física, o  social en sociedades ateas) El cristiano no puede contemplar todo ese sufrimiento con indiferencia: son Emergencias sociales. Ha de involucrarse, como el Buen Samaritano, que no se conformó con sentir compasión, sino que actuó, y al actuar a favor del prójimo encontró su plenitud: “El hombre no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Gaudium et Spes, 24). Hay que releer el capítulo 25 de san Mateo, porque ahí esta todo, dice el papa Francisco.


Medicinas necesarias

Hecho el diagnóstico, Fazio apunta medicinas para atajar la enfermedad:

            1.   Vida interior: se trata de que el amor y la libertad de Cristo presidan la vida social (Surco 302) y eso no es una tarea humana, requiere la acción de la gracia, la identificación con Cristo por la oración y los Sacramentos. Además, si no hay vida interior nos arrastrará el ambiente: “Un cristiano sin oración es hoy un cristiano con riesgo” (san Juan Pablo II) Convencimiento de que el Bien es más poderoso que el mal. Cizaña habrá siempre, y no debe ser motivo de escándalo ni de freno: también la encontró Jesús.

           2.  Formación, conocimiento de la doctrina que se desprende del Evangelio. El Cardenal Newman, que pronto será canonizado,  decía que hacían falta: “hombres que conocen su propia religión y la profundizan, que son conscientes de quienes son, que saben lo que poseen y lo que no, que conocen tan bien su fe que pueden explicarla; que conocen tan bien su historia que pueden defenderla.”

Hoy, además, hemos de ayudar a descubrir el orden moral natural. Tres corrientes ideológicas intentan vaciarlo de contenido, y niegan que exista una naturaleza humana:

-Ideología de género: niega la diferencia y la reciprocidad natural del hombre y la mujer;
-Transhumanismo: afirma que la tecnología nos permitirá evolucionar hacia una condición humana distinta, superior, y para lograrlo no existen límites éticos porque no existe una naturaleza humana que tengamos que respetar;
-Biocentrismo: dice que no hay diferencia entre el hombre y los demás elementos del ecosistema, que además precisa ser liberado de un exceso de seres humanos: hay que eliminar a ancianos, débiles, enfermos…

La formación requiere estudio, para profundizar con bases cristianas sólidas en cuestiones antropológicas tan profundas como la sexualidad, la afectividad, el uso responsable de la tecnología, la ecología y cuidado de la naturaleza.

        3.   Unidad de vida, coherencia entre fe y obras. “¿De qué sirve que alguien diga que tiene fe, si no tiene obras?” (St 2, 14-26)

Kierkegaard fustigó a la sociedad danesa de su tiempo, oficialmente luterana, que los domingos llenaba el templo y al día siguiente vivía como pagana. “Dios aprecia infinitamente más que tú -para llegar un día a ser cristiano- confieses explícitamente que no lo eres o que no lo quieres ser, que aquella repugnante forma de honrar a Dios, que lo considera un estúpido.” Una fe así estaba destinada a desaparecer, y hoy Dinamarca es un desierto espiritual.

Nietzsche: daba en la diana al afirmar que “No puedo creer en el Salvador si no veo rostros de gente salvada”, esto es: alegres, esperanzados, que viven como hijos de Dios: leales, responsables, comprensivos, justos, serviciales, amigables, generosos, que cumplen sus deberes y exigen sus derechos sin soberbia, con sencillez y firmeza… Es la coherencia de vida, que esperan ver todos en el cristiano.

¡Qué daño, afirma Fazio, el escándalo de católicos condenados por corrupción en tribunales justos (interesante precisión); o frívolos, o que no respetan las normas de tráfico, indiferentes ante las injusticias…! ¿Cómo van a animar a construir una sociedad cristiana?

            4.   Prestigio social para influir. Desear influir no es falta de humildad. Es poner al servicio de los demás los dones que Dios nos ha dado. La fe ilumina y da sentido a nuestra vida. Esa luz no es para ponerla debajo de la cama, sino en lo alto para que ilumine a todos. “Brille así vuestra luz ante los hombres…” (Mateo 5, 16)


                           


SanJosemaría explicaba que el cristiano ha de poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas, para que Cristo atraiga y sane a todos. Entendió ese nuevo sentido en estas palabras de Jesús: “Cuando Yo sea levantado en alto, todo lo atraeré a Mí”. Con nuestro buen hacer en el trabajo le ponemos en lo alto, y al mirarlo sanarán todos, como sanaban los israelitas mordidos por serpientes venenosas cuando miraban la serpiente de bronce que alzaba Moisés.

Llegar a personas que influyen. Hay personas que, por su buen hacer, ejercen un liderazgo moral capaz influir en la conducta de cientos de miles de personas. (Reciente respuesta llena de sentido común del tenista Rafa Nadal a una pregunta sobre feminismo: su opinión pesa, y la pone al servicio del bien común.) Deportistas, artistas, creadores, cualquier buen profesional con prestigio en lo suyo es una persona que influye. No es elitismo, sino una prioridad para el buen ordenamiento social.


             



1850, Inglaterra. La Iglesia católica restablece la jerarquía, y los anglicanos protestan. El cardenal Newman organiza en Birminghan conferencias para orientar y animar a los católicos. Les urge a ser ejemplares en su ambiente: “Lo definitivo es la opinión local, lo que el carnicero, el peluquero… opine de su vecino católico. La opinión local es sobre hechos, no sobre ideas, sobre personas de carne y hueso a las que se ve todos los días. Hay que hacerse ver, darse a conocer, porque la victoria está en ese conocimiento…”

“Si os dejáis tratar, arrastraréis” (san Josemaría). Cada uno en su sitio puede adquirir prestigio: como padre, compañero de trabajo, buen vecino, amigo leal…

Gilson en Francia, ante leyes educativas laicistas, que trataban de ahogar la libre elección: “La mejor receta del éxito para la enseñanza libre es la de ser competentes…”

          5.   Estilo evangélico: ¿cómo actuaría Jesús?

        a)   Si hay exceso de  individualismo, hacer de la propia vida un don, un servicio entregado. Como Jesucristo, que manifiesta quién es el hombre al propio hombre: su Vida es un don, una entrega. Dar con alegría, sonreír, servir con el trabajo;
     b)   Si abunda el  hedonismo, vivir con austeridad, desprendimiento, templanza. No se trata de tener más, sino de ser más. Sencillez, cuidado de lo que usamos, limpieza en el vestir. Pureza, respeto por las personas, sin instrumentalizarlas. No banalizar el sexo, que es un don de Dios. Fomentar la actitud del que sabe que la persona se realiza en el don sincero de sí.
       c)   Si hay demasiado  relativismo, aprender a distinguir entre opiniones legítimas y verdades objetivas; fomentar la cultura de diálogo, escucha, respeto y amistad con los que piensan diferente. Adquirir convicciones fuertes acerca de verdades morales, y defenderlas con valentía,sin respetos humanos y con respeto a las personas. Presentar con transparencia nuestras opiniones morales (como hacen otros con las suyas) y hacer valer el argumento de la “no discriminación” y el derecho humano a la libertad de expresión. Argumentar bien, con respeto y una sonrisa, sin ataques personales, tendiendo puentes.

En definitiva, el cristiano debe buscar parecerse a Jesús hasta identificarse con él. Es así como podrá afrontar con optimismo y sin desánimos la grandiosa tarea que le ha sido confiada: transformar el mundo desde dentro. Una tarea muy superior a sus fuerzas, pero en la que Dios está empeñado. 

Ver también del mismo autor: Historia de las ideas contemporáneas. 


domingo, 9 de junio de 2019

Sólo la ternura transformará el mundo





El Papa de la Ternura.  Eva Fernández. Ed. Planeta

Eva Fernández, corresponsal de la cadena COPE en Italia y el Vaticano, ha estado en Valencia para presentar su primer libro: El Papa de la ternura. Eva mantuvo también un sabroso encuentro con periodistas de diversos medios en la sede de la oficina de comunicación del Opus Dei en Valencia.





Estando entre profesionales de la comunicación no podía faltar una ojeada a los entresijos de la Sala Stampa, a las recientes dimisiones de portavoces, o a la azarosa vida de los corresponsales que acompañan al Santo Padre en sus extenuantes viajes por el mundo. ¿Cómo detectar lo sustancial y realmente noticiable?




Hay que estar en forma para ser corresponsal vaticano, una especie cuyo deporte  “consiste en dormir poco y correr mucho…” No menos extenuante es la tarea de asimilar todo lo que Papa dice y escribe. Eva, que estrenó la corresponsalía de COPE en sustitución de Paloma García Ovejero, nombrada viceportavoz del Papa, confiesa que tuvo que realizar “un verdadero master acelerado en formación” para conocer de primera mano el extenso magisterio del Papa. Y valió la pena.


El reto de la oficina de prensa vaticana es hacer llegar sin deformaciones  el mensaje del Papa y la información del Vaticano. El corresponsal trata de captar lo esencial, indaga donde intuye algo desconocido e interesante para su público, criba pacientemente entre la maraña de textos y noticias, y procura no sucumbir a la tentación de inventar primicias a costa de retorcer la realidad. No busca notoriedad sino informar bien al público.





Y luego está el medio, que no siempre está dispuesto a que una buena crónica contradiga “la línea editorial”. Entonces vienen las modificaciones de titulares, el silencio sobre los párrafos esenciales, la tergiversación. La crisis de credibilidad que atraviesa el periodismo se debe a la aceptación acrítica de ese tipo de retorcimientos.

Un caso práctico: un comentario informal del Papa en clave de humor a varios periodistas puede convertirse en una falsedad viral: “El Papa ha dicho que no vendrá a España hasta que haya paz.” Falso. Fue una frase simpática ante la avalancha de corresponsales que pugnaban por darle mil razones por las que debería venir pronto a España. “Iré cuando ustedes se pongan de acuerdo…” dijo en tono divertido, escabulléndose ante el barullo en el pasillo del avión papal.



  

El Papa de la ternura ha captado con sencillez y maestría un rasgo esencial en el magisterio de Francisco: la humanidad está necesitada de ternura. Sólo la ternura hará mejor el mundo. Es con ternura como Dios nos ha creado y nos sostiene en la existencia. A pesar de nuestras reiteradas maldades -Dios respeta nuestra libertad- nuestra “marca de fábrica” sigue siendo la ternura: estamos hechos para cuidar a las personas y a las cosas. Y esto no es cursilería: hace falta ser fuerte y valiente para dar ternura.

Lo que rompe el plan de Dios, el orden de la creación y nuestra propia felicidad es el egocentrismo. Hay que superar esa “cardioesclerosis” que nos vuelve insensibles al dolor y necesidades de los demás. Lo que hace Francisco es mostrarnos cómo remediar esa patología. Nos da ejemplos sencillos y valientes. Donde alguien sufre psíquica o físicamente, allí está Francisco acompañando. Eva Fernández recoge una infinidad de estos gestos del papa, y nos cuenta la historia que hay detrás de ellos.


                       foto Vatican Media

Ante el drama de los refugiados e inmigrantes, Francisco resume nuestra misión con cuatro verbos: acoger, proteger, promover, integrar. Son expresión de ternura, valiente y fuertemente ejercida durante siglos por millares y millares de cristianos y que ahora son especialmente necesarios para que muchos recuperen la esperanza. Como un niño conoce a sus padres por la ternura, por las caricias, por la voz… así conocerán tantos el verdadero rostro de Dios, mediante gestos de ternura. Y actuando con ternura nos reconoceremos a nosotros mismos.

Eva es filóloga y tiene una larga experiencia radiofónica. Es también una mujer con exquisita sensibilidad, presta a agradecer cualquier pequeño detalle que se tenga con ella. "Es una mujer tierna", como la describe Sergio Peláez. Esas cualidades le permiten sintonizar con los gestos del Papa, entender el porqué, contarlo con perfección radiofónica. Y logra además que el relato nos interpele.


Una niña encantadora con síndrome Down que abraza al papa y corretea junto a él durante una audiencia; una joven africana, a la que la mafia ha traído engañada a Europa para obligarla a prostituirse, que lanza al papa una dura pregunta; un rescatador de refugiados en altamar, que entrega al Papa el chaleco salvavidas de una niña a la que no llegó a rescatar a tiempo… El libro nos muestra quién es cada una de esas personas, su antes, durante y después de ese encuentro con el Papa.




Porque cada persona que sufre es sobre todo una persona con una historia. Eva Fernández nos aporta las coordenadas necesarias para que captemos el alcance de lo que el Papa hace y dice. Habíamos visto imágenes y leído algún titular, pero nos faltaba el contexto y nos habíamos perdido el meollo. Y entendemos porqué cada gesto de Francisco es una encíclica. “Sus gestos son encíclicas que no se leen, se tocan.”  

                         foto Alfa y Omega

Gestos del Papa como el de presentarse de improviso en Lampedusa o en Lesbos, y hacer resonar en todo el mundo la vergüenza de una Europa fría e indiferente ante la crisis humanitaria de los refugiados. ¿Acaso no son personas, con derecho a la esperanza? 


                       foto Alfa y Omega

Gestos como abrazar y acariciar las llagas a Vinicio Riva, (“El Papa no sabía que no eran contagiosas”) una persona deformada por una rara enfermedad, y al que ese abrazo del Papa le devuelve la dignidad, medio perdida por años de verse rechazado como leproso.  La misma dignidad que hace sentir a los reclusos en tantas cárceles visitadas: “¡Reclusión no es lo mismo que exclusión!”

                      foto ANSA (Claudio Peri)


O nos enteramos del papel clave de una española de 93 años en la definitiva supresión en el Catecismo de cualquier referencia legitimadora a la pena de muerte: “Matar a un homicida es multiplicar sin fin el homicidio.”

Las personas que sufren son un imán para el papa.” El exportavoz Greg Burke nos dice en el prólogo que Eva “describe momentos en que brilla la hermosa batalla del papa contra la cultura del descarte, las reacciones más allá de lo humano que provoca su maravillosa revolución de la ternura.”

Francisco ha agradecido el libro con una carta que la autora publica como preludio. Una carta con una bonita historia, que refleja lo cercano que puede llegar a ser este Papa. Precioso también el diálogo telefónico en torno al cuadro de Caravaggio “La vocación de san Mateo”, ante el que Francisco reza con frecuencia. “Yo también sentí con fuerza la voz de Jesús en mi corazón.”




Eva Fernández logra que nos llegue en vivo el mensaje. Y uno se queda frente a la pregunta personal:  yo, ¿cómo trato a los más desamparados y desfavorecidos? ¿Miro a los ojos, como persona, al sin techo, sucio porque no tiene dónde asearse? ¿A la drogadicta desfigurada, que me sale al paso balbuceando una petición? Tantas veces lo único que reclaman es una mirada de afecto y respeto que les devuelva su dignidad. Y eso está al alcance de todos.

                       foto Vatican Media


La ternura debería estar presente también en el lenguaje de los medios. “La verdadera comunicación se realiza con una persona, no con adjetivos”. Si queremos humanizar la sociedad, debemos humanizar los medios y las redes, desterrar de ellos cuanto suponga odio, amenaza, insulto, exclusión, rechazo. ¿Por qué no convivir en paz aunque pensemos diferente, si nos respetamos?

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Podría parecer que el Papa habla solo con gestos. Pero hay que leer a Francisco en directo -afirma Eva Fernández- sin intermediarios, para darse cuenta de la riqueza de su magisterio, en perfecta continuidad con sus antecesores. Como en todas las cosas serias, no hay que conformarse con los titulares de los medios, tantas veces parciales o directamente falsos. Hay que acudir a las fuentes originales y leer con calma. Eva Fernández aporta una buena selección de textos.

“Si Dios es ternura infinita, también el hombre, creado a su imagen, es capaz de ternura. La ternura entonces lejos de reducirse al sentimentalismo, es el primer paso para superar el replegarse en uno mismo, para salir del egocentrismo que desfigura la libertad humana. La ternura de Dios nos lleva a entender que el amor es el significado de la vida, que la raíz de nuestra libertad nunca es autorreferencial. Y nos sentimos llamados a derramar en el mundo el amor recibido del Señor…”




“Ternura es el amor que se hace cercano y concreto. Es un movimiento que procede del corazón y llega a los ojos, a los oídos, a las manos. La ternura es usar los ojos para ver al otro, usar los oídos para escuchar al otro, para oír el grito de los pequeños, de los pobres, de los que temen el futuro; escuchar también el grito silencioso de nuestra casa común, la tierra contaminada y enferma. Consiste en utilizar las manos y el corazón para acariciar al otro. Para cuidarlo…” Este no es un camino para blandengues, ni un camino ñoño. Es el camino que recorren los hombres y las mujeres más valientes y más fuertes…

Y esto tiene un profundo sentido sobrenatural, porque “ternura es abajarse al nivel del otro. También Dios se abajó en Jesús para ponerse a nuestro nivel. Este es el camino seguido por el buen samaritano. Este es el camino seguido por Jesús, que se abajó, que atravesó toda la vida del ser humano con el lenguaje concreto del amor.”

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Muy interesante también cuanto se refiere al esfuerzo ecuménico, en continuidad con los anteriores pontífices, para lograr la unidad de las iglesias cristianas, y de todos los hombres de buena voluntad, sea cual sea su religión o sus ideas: un camino que es el del encuentro y la amistad, por delante de las diferencias teológicas. Es preciso “contar la historia sin rastros de ese rencor por las heridas sufridas, que deforma la visión que tenemos unos de otros.” Tiempo y paciencia, es el secreto de la amistad, capaz de limar asperezas para construir juntos el presente y el futuro.





Francisco no trabaja a la defensiva. No juzga ni condena a quienes le critican. Pero no pierde el tiempo respondiendo a las críticas. Sabe que un pontificado es corto y es necesario avanzar. Se escandalizan algunos porque da prioridad a los más alejados, a quienes están en las periferias existenciales. Su gesto de conceder una entrevista a una cadena de televisión que habitualmente sesga la información sobre la Iglesia, pasando por encima de otras más objetivas y ponderadas, puede ser un fallo en la gestión de la  comunicación. Pero quizá es antes que nada una muestra del aprecio del Papa por las periferias, por la oveja perdida que hay que acudir a rescatar. Es el espíritu que mueve al padre del hijo pródigo, al buen samaritano que cura y cuida a un desconocido, a Jesucristo, que siendo nosotros pecadores no deja de tratarnos con paciencia y ternura.

Un buen resumen del libro es el que da en el prólogo Greg Burke: Dios te perdona. Con dos corolarios: 1) Dios te ama más que un padre y una madre a sus hijos, y 2) comparte el amor, muestra ternura a tu alrededor, mira a los ojos, toca las manos a las que das la limosna de tu servicio y atención. “No tengáis miedo a la ternura.”





jueves, 16 de mayo de 2019

Diálogo social según el papa Francisco




Diálogos de Teología en Almudí






He asistido en la Facultad de Teología de Valencia a una nueva edición de los Diálogos de Teología, que promueve desde hace años con notable acierto la Biblioteca Sacerdotal Almudí. Mayoría de sacerdotes entre el público, pero también éramos bienvenidos los civiles. Varios periodistas.  


El tema de este año era oportuno: Diálogo y Encuentro en el pensamiento magisterial del papa Francisco. Oportuno, porque parecería que la sociedad se tensa a medida que sus principales actores (políticos y periodistas, principalmente) olvidan la esencia de la democracia: promover, frente a la disgregación, el encuentro. Frente a la discordia, la concordia, que se hace a base de diálogo amigable, no de insultos ni descalificaciones. De respeto al otro, aunque piense diferente.


Una intervención clara y pedagógica del obispo de Menorca, monseñor Francisco Conesa, centró el tema. Para el papa Francisco, el diálogo y el encuentro se fundamentan en nuestra condición de hijos de Dios, y por lo tanto hermanos. La fraternidad universal está en la base del pensamiento cristiano, y es misión de los cristianos hacerla visible a los demás mediante una conducta coherente.

Promover el encuentro entre los diferentes requiere algunas disposiciones:

-No renunciar a la propia identidad. Sólo puede haber un diálogo constructivo mediante el conocimiento de lo que somos, de nuestros valores. Si no fuera así, se trataría de un diálogo en el vacío, en el que ninguna parte tiene nada que aportar a la otra. Sin identidad propia caemos en el relativismo, que es incapaz de construir y solo destruye. Esto no es monolitismo, si estoy abierto al otro.

-Apertura, sin miedo a lo diferente, a las aspiraciones del otro. Y eso requiere escucha, una escucha silenciosa que valora y mide lo que el otro propone y sus razones. No podemos perder, en un mundo que se mueve cada vez más y ya casi solo por sentimientos, la capacidad de argumentar y de razonar las propias convicciones, y de analizar en silencio la verdad que contienen las propuestas de los demás. ¡Qué lejos está de esto el odioso espectáculo que nos ofrecen algunos debates políticos! Por no hablar de la miseria verbal que ofrecen muchas cuentas de las redes sociales.

-Convencimiento de que toda persona tiene algo bueno que ofrecerme, y de que las diferencias me enriquecen. También las diferentes religiones contienen semillas de verdad. Y eso no significa relativismo, como algunos recientemente han afirmado. Está en  continuidad con el magisterio del concilio Vaticano II, que afirma que en toda religión, en toda cultura, hay algo que es manifestación del Espíritu, de lo que podemos aprender. Y esa realidad no es obstáculo para recordar esa otra obligación que tenemos todos los seres humanos, de buscar la verdad plena, sin conformarnos con pequeños atisbos de verdad.

-Sinceridad de intenciones. No basta dialogar por dialogar. Es propio del diálogo auténtico ver en él un camino hacia la verdad. El diálogo es un camino que recorremos juntos hacia la verdad. No buscamos imponer la verdad, sino encontrarla. Y en ese caminar juntos crece la solidaridad. No hay prisa si tarda en llegar el fruto, porque se anticipa ya en ese caminar juntos y encontrarnos como amigos, como hermanos. Se habló de un ecumenismo de la amistad, que el Papa está desarrollando, en continuidad con los anteriores papas, en sus recientes viajes a países como Marruecos o Bulgaria.

La Iglesia, afirmaba monseñor Francisco Conesa, trabaja para desarrollar ese diálogo con los Estados, con la sociedad civil, con otras religiones. Y pienso que con la Iglesia  todos los cristianos, cada uno a nuestra manera, estamos llamados a ser fermento de esa amistosa solidaridad fraterna que todos deseamos ver extendida hasta el último rincón de la humanidad. Pero, ¿estamos dispuestos realmente a dialogar, a ser pacientes, a ofrecer una mano amistosa a los que piensan diferente?




Amena y sugerente fue también la sesión con Eva Fernández, corresponsal de la cadena COPE en Italia y el Vaticano, gran conocedora del papa Francisco y de los intríngulis vaticanos. El papa Francisco comunica sobre todo con gestos, es su estilo. Y sus gestos, si estamos atentos, nos están transmitiendo la cercanía de Dios y su alegría. 


La periodista, que confesó el impacto vital que le produjeron los escritos de Benedicto XVI, afirmó también que hay que leer con detenimiento al papa Francisco para darse cuenta de su honda continuidad con el magisterio y la línea clara y bien pensada de su pontificado. Algunos han hablado de “cambio de paradigma”, pero no es así. La fe es la misma, aunque cada Papa hace brillar con luz nueva aspectos diversos de la misma fe cristiana, que siempre han estado ahí. Es el soplo del Espíritu Santo que dirige la nave de la Iglesia a través de las vicisitudes de la historia.


Se habló también del tratamiento mediático de los gestos y palabras del Papa. Hay que leer los escritos, homilías y discursos del Papa, no las interpretaciones que hacen los medios de sus gestos, que tantas veces se quedan en la superficie y con frecuencia tergiversan su pensamiento. Eva Fernández hizo un apunte sobre la falta de profesionalidad de algunos colegas periodistas, que parecen buscar la notoriedad y el impacto por encima de la veracidad y de una fiel intermediación entre el público y lo que hace y dice el Papa. Y aquí hay que hacer un merecido elogio a quienes, como Eva, trabajan con profesionalidad para hacernos llegar las palabras del Papa y el significado de sus gestos.


No hay que olvidar también la existencia de poderosos lobbies de comunicación, especialmente en Estados Unidos, interesados en manejar la opinión pública para favorecer sus intereses comerciales y sus políticas de dominio ideológico. Esos lobbies no soportan la autoridad moral de la Iglesia y tratan de socavarla. Con la misma intensidad con que preparan elecciones presidenciales, organizan campañas para favorecer la imagen de eclesiásticos supuestamente cercanos a sus posiciones, o para denigrar a quienes no se doblegan a sus designios.


Muy interesantes los detalles que ya en ambiente amigable y distendido contó la corresponsal sobre la política de comunicación vaticana, a veces errática, y el trabajo de los corresponsales  que sí quieren hacer bien su trabajo, que son la mayoría. 




Entrañables las anécdotas sobre la mutua admiración y cariño entre el papa Francisco y el papa emérito Benedicto, que se ven "fuera de foco" con mucha más frecuencia de la que sale en los medios. 

Tuvo palabras de elogio para el anterior equipo de comunicación del Papa, Greg Burke y Paloma García Ovejero, sacrificados hasta lo sumo para facilitar a todos su trabajo. Y también para los actuales, que están tratando de igualarles en un ambiente de difíciles vericuetos como es el Vaticano. 


Muy simpático también el elogio a colegas como Manuel Fandila y Leticia Sánchez de León, que facilitan el trabajo periodístico a los corresponsales antes de cada viaje papal, organizando desayunos informativos para describir el ambiente que se van a encontrar en cada país, darles contactos de amigos y traductores, etc. Eso es diálogo, encuentro... y camaradería de la buena.



miércoles, 15 de mayo de 2019

La infancia de Jesús


Jesús de Nazaret. La infancia. Joseph Ratzinger
Genealogía de Jesús, Dios hecho hombre



He releído La Infancia de Jesús, última publicación de la trilogía sobre Jesús de Nazaret de Joseph Ratzinger. Sabroso. A cada paso, nuevas luces. Es un don que tienen las obras del papa emérito Benedicto XVI: su potencia intelectual abre nuestra mente, iluminando con luces nuevas verdades de las que hasta ahora habíamos captado apenas la superficie.

Especialmente me han impactado sus reflexiones sobre la pregunta por el  de dónde viene Jesús, y las respuestas que se nos dan en el Evangelio.

Benedicto se fija en el significado de las diversas genealogías que los evangelistas nos presentan, de modos diversos pero con significados ricos y complementarios.

Tras el pecado original el hombre se convirtió en una bestia, se nubló su capacidad de distinguir el bien y se debilitó su voluntad de realizarlo. La Encarnación del Verbo es una verdadera nueva creación del hombre, a la que Dios nos invita: es preciso renacer de nuevo, y eso es lo que hacemos en el Bautismo.

Del mismo modo que somos herederos del pecado original de nuestros padres, por el Bautismo heredamos desde el primer momento de nuestra existencia el nacimiento a la nueva creación obrada por el Espíritu Santo, que en Jesucristo nos hace hijos de Dios en un grado más alto que antes del pecado original: es una verdadera nueva creación.

Explica Benedicto que los evangelistas Mateo y Lucas presentan la genealogía de Jesús de modos diferentes, pero complementarios. Buscan el número simbólico de 70 ascendientes, porque 70 significa plenitud: Jesús, al nacer, acoge y hace suya a la humanidad entera.

Mateo, tras mencionar a cada uno de los ascendientes varones con la fórmula “engendró a…”, da un quiebro al llegar a José y, contra lo usual, menciona a la Madre: “… José, esposo de María, de la cual nació Jesús…” Y es que en María aparece algo nuevo, se inaugura una nueva creación, obrada por el Espíritu Santo, que da un rumbo nuevo y decisivo a la humanidad.

Con Jesús nace un modo nuevo de ser persona, al que se nos invita a sumarnos. Jesús es hombre, es uno de los nuestros. Pero es también Dios, que se ha hecho uno de nosotros para que también nosotros tengamos acceso a esa vida nueva. “He aquí que Yo hago nuevas todas las cosas.”

Tampoco es anecdótico que en la genealogía de Jesús aparezcan los nombres de 4 mujeres. ¿Por qué aparecen? Algunos, dice Benedicto, han dicho que les une su condición de pecadoras. Pero no, les une sobre todo su condición de gentiles, no pertenecientes al pueblo de Israel. Ahora la Nueva Ley ya no es solo para el pueblo elegido, sino para la humanidad entera.

Juan no recoge ninguna genealogía, pero comienza su evangelio con la respuesta a la pregunta clave sobre Jesús: ¿de dónde viene? Es la misma pregunta que le hará Pilato: ¿De dónde eres tú? La misma que se hacen los judíos: “¿De dónde ha salido este, pues conocemos a sus padres y parientes? ¿No es el hijo de José, el artesano?

Es a esa pregunta a la que responde Juan al comienzo de su Evangelio: “En el Principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios… Y se hizo carne, y acampó (levantó su tienda) entre nosotros.

El hombre Jesús, dice Ratzinger, es el acampar el Verbo entre nosotros. Su existencia humana es la tienda del Verbo. Y la tienda es el lugar del encuentro. Su de dónde es el principio mismo, la causa primera de todo, la luz que hace del mundo un cosmos. Viene de Dios, es Dios mismo que viene a inaugurar un nuevo modo de ser persona.

A cuantos le recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.” (Jn 1, 12 ss).

Quien cree en Jesús entra por la fe en el origen personal y nuevo de Jesús, recibe ese origen como suyo propio, entra en el origen de Cristo. Por Cristo, mediante la fe en Él, ahora hemos sido generados de un modo nuevo por Dios, entramos en comunión con Él.

Ahora también nuestra genealogía se ha interrumpido, como la de Jesús al llegar a José. Ahora nuestra verdadera genealogía es la fe en Jesús, que nos da una nueva proveniencia, nos hace nacer de Dios. 

Como Él, ahora vivimos por obra del Espíritu Santo. Aunque mantengamos nuestra genealogía humana y mortal, tenemos esa otra, que hemos de guardar como se debe guardar la dignidad de la realeza. Ahora somos hijos de Dios.




Vale la pena leer el original de Joseph Ratznger. Releerlo con calma. A veces exige un esfuerzo especial de atención para no perder el hilo. Pero el esfuerzo tiene sobrada recompensa.


martes, 14 de mayo de 2019

Un perfil de Guadalupe Ortiz de Landázuri



Artículo publicado en el periódico Levante-EMV el viernes 10 de mayo de 2019. 



El próximo 18 de mayo tendrá lugar en Madrid la beatificación de la primera fiel laica del Opus Dei: Guadalupe Ortiz de Landázuri. Una química e investigadora que también ha dejado huella  en València, donde es muy conocida y querida entre la gente cercana a la Obra.

La investigadora enamorada de Dios

Es una mujer de nuestro tiempo, que hasta hace poco ha transitado por nuestras calles.  Intrépida desde niña: la única mujer en el aula de aquel  instituto de los años 30 en Tetuán, capaz de retar a sus compañeros a ver quién se bebe el tintero, y ella gana el reto. 

Apasionada por la química, una de las cinco únicas mujeres en el aula universitaria de Madrid, cuando la ciencia era rara avis entre las mujeres.

Independiente, trabaja como profesora de química en cuanto acaba la carrera. De cabeza científica, emprende investigaciones para la industria y para facilitar la vida a los demás: el empleo como material refractario de las cenizas de la cáscara del arroz, o el tratamiento de las nuevas telas que produce la industria textil. Sus investigaciones la traen a Valencia en diversas ocasiones, la última en 1973, como ponente de un congreso sobre el textil.

Sabe perdonar desde el minuto cero, y perdona a quienes fusilan a su padre (no hace falta mencionar el bando, que eso forma parte del perdón), y es capaz de hacer nacer la amistad entre personas que piensan diferente. 

Enamorada de Dios, desde que, joven profesora, inesperadamente, siente el flechazo de la gracia en su corazón: “para ti tengo otros planes”, oye en su interior cuando está pensando en su próxima boda.

Valiente, se lanza a comenzar el trabajo apostólico del Opus Dei en México cuando se lo pide su fundador, sin más medios que su propio ingenio y trabajo. Alegre y con un optimismo a prueba de bomba, capaz de capear las pequeñas o grandes tragedias de la vida cotidiana,  y levantar el ánimo a sus compañeras. “Y yo tan contenta” es su lema.

Mujer de gobierno, trabaja junto a san Josemaría en la sede central del Opus Dei en Roma, anticipando el deseo actual de la Iglesia de promover la misión de la mujer laica a puestos de responsabilidad de la estructura eclesiástica.

Con profundo sentido social, le apasiona enseñar y mejorar la cultura de las personas que tiene cerca. Nada más llegar a México promueve un centro rural  en una hacienda en ruinas desde la revolución mexicana: Montefalco. Trabaja con sus propias manos en el desescombro, con sustos de serpientes pitón y una picadura de alacrán que está a punto de anticipar su muerte. Hoy esa vieja hacienda es un centro de formación profesional que ha mejorado la vida a miles de personas.

Mujer fuerte, las fiebres cogidas en Tetuán y la picadura del alacrán en México han deteriorado su corazón, pero nadie lo nota, no se queja. Los médicos se asombran, cuando la revisan al final de su vida, de que con semejante estado de corazón haya sido capaz de mantener ese ritmo vital, con una sonrisa. Y es que es un corazón enamorado.

Es el perfil de GuadalupeOrtiz. El papa Francisco acaba de aprobar un milagro atribuido a su intercesión, y va a ser beatificada el 18 de mayo. No es un acto de homenaje, que no lo necesita. Es una propuesta de modelo cercano para nuestra vida corriente. Y una propuesta de amistad y ayuda, porque los santos están ahí para ayudarnos en nuestros pequeños y grandes  vaivenes de la vida.




Jesús Acerete

Puede leerse también aquí.