martes, 20 de marzo de 2012

Quién ha dicho que los científicos no creen en Dios

TRIBUNA, Las Provincias, 31-XII-2004

JESÚS ACERETE/ Director de Programas de la Fundación COSO


Algunas afirmaciones de Manuel Toharia en LAS PROVINCIAS me han llamado la atención, y ofrezco unas reflexiones al respecto.

Parece descalificar a la Iglesia por los errores de algunos de sus miembros a lo largo de la historia. Nunca he oído afirmar a la Iglesia que sus miembros, incluidos sus jerarcas, estén libres de errores. Más bien he oído todo lo contrario. Y como el mismo Toharia reconoce, ha tenido la valentía de pedir perdón por esos errores de algunos de sus miembros en estos veinte siglos.

Sin embargo, es difícil que alguien sea capaz de mostrarnos una institución que a lo largo de la historia haya dado al mundo más héroes, gente que ha dado lo mejor de sí mismo por los demás, sin pedir nada a cambio.

Me temo que en una comparación similar los hombres de sólo razón , sin nada de religión, saldrían mucho peor parados. Han sido regímenes ateos, como el marxista o el nazi, los responsables de las peores tragedias del siglo XX y de la historia. Por no hablar de la Revolución francesa, que originó una de las más sanguinarias represiones conocidas en Francia, en la que por cierto fueron guillotinados hombres de ciencia como Lavoisier, padre de la química moderna.

Toharia parece erigirse en representante de la ciencia, y coloca gratuitamente enfrente a los creyentes, como si entre ellos no estuviesen muchos –la mayor parte– de los mejores científicos de la historia: hombres y mujeres de ciencia que han sido y son profundamente cristianos: entre ellos, Copérnico, Kepler, el mismo Galileo, Newton, Boyle...

Quizá piensa que la ciencia es capaz de medirlo todo, pero no es así. El método científico es muy bueno para las realidades materiales, pero se vuelve incapaz de decir algo respecto a lo que no se puede someter a experimentación física. Existen otras vertientes de la realidad, además de las cuantificables, y para acceder a ellas hemos de movilizar las formas de conocer adecuadas: el conocimiento poético, el filosófico, el político, el religioso. También en el mundo de lo espiritual hay experiencias y, de alguna manera, experimentaciones, entendidas de otra manera. Hay realidades –como las espirituales– que se le escapan a la ciencia físico- matemática, y lo sensato y científico es no decir nada ni a favor ni en contra: sencillamente se le escapan, no las puede medir.

Einstein denunciaba precisamente ese error, y negó que la única forma de pensar fuera la científica, pues en ese caso nos encaminaríamos a la catástrofe. Afirmó: “La fuerza desencadenada del átomo lo ha transformado todo, excepto nuestra forma de pensar. Por eso nos encaminamos hacia una catástrofe sin igual”.

Todo el mundo medianamente instruido en historia y libre de prejuicios sabe que precisamente la concepción cristiana de la vida ha hecho posible el progreso de la ciencia y de la cultura tal y como las conocemos en Occidente.

El cristianismo enseñó a los hombres cosas que desconocían, tan esenciales como la separación entre la divinidad y las cosas profanas, o la capacidad de la razón para desentrañar los misterios del cosmos, o que todos somos iguales, porque somos hijos del mismo Padre. Las universidades nacieron en el seno de la Iglesia católica y de la mano de cristianos. En una de esas universidades católicas, la de Salamanca, se fraguó el derecho de gentes, siglos antes de la Revolución francesa...

Cosas que ahora nos parecen sencillas, pero que tardaron siglos en abrirse camino en las mentes de unos pueblos de costumbres bárbaras, aun después de hacerse cristianos.

Incluso hoy, que nos creemos en el no va más de la civilización que muchos siguen llamando cristiana, tenemos algunas costumbres que a la vuelta de los años parecerán bárbaras.

Decía D’Ors (otro sabio profundamente cristiano) que los experimentos mejor hacerlos con gaseosa. Le debemos demasiado a la religión cristiana como para lanzar cruzadas contra ella. Además, la autoridad de la religión entre los hombres le viene de que promueve su auténtico ser. Quitar a los hombres la religión es como quitar el agua a los delfines: un crimen.



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