lunes, 12 de agosto de 2013

Una historia de periodismo y amistad. El hombre que salvó mi alma

El hombre que salvó mi alma. Una historia real sobre el poder de la amistad

Tony Hendra

Ed.Maeva, 2004. 293 pags.




Nacido en Inglaterra y  graduado en Cambridge, Tony Hendra ha trabajado como periodista, escritor y  guionista de series de humor. Alcanzó éxito en Estado Unidos, donde ha transcurrido la mayor parte de su carrera, con programas satíricos y polémicas colaboraciones en numerosos medios.


Fue guionista de la innovadora serie de la BBC Spiting Image, dedicada a la crítica social y política, posteriormente imitada en numerosos países.


Hendra describe el trabajo que le llevó a la fama como el de un “cínico, escéptico, exhumanista, del club de los mundanos, para quien nada es sagrado”,  dedicado a la sátira, un género “cruel e injusto”.


En este libro Tony Hendra nos descubre su íntima historia personal.  Adolescencia atolondrada, ideales de juventud, ilusiones y desengaños, rencillas, éxitos y fracasos profesionales y amorosos…


No escribe por exhibicionismo, sino para rendir homenaje al amigo que iluminó su vida: el sacerdote benedictino Joseph Warrilow, que le ofreció el refugio seguro de su paternal amistad.  La paz que experimentó en su juventud tras una charla apacible, en la que abrió su alma en confesión, le  marcó para siempre.


Tony Hendra narra con la soltura de un buen  guionista y la viveza de lo experimentado. Habla de la vida, no de teorías. Mantiene la frescura del relato con un agradable sentido del humor, y a veces con la desgarrada heterodoxia del  satírico, que no se corta llamando a las cosas por su nombre.


Hendra retrata el itinerario de quienes viven rodeados de ambición e increencia. Sin resortes interiores, resulta fácil pasar de la ambición desorbitada de fama y poder al vértigo de las drogas, el sexo y el alcohol. Lo que viene después de esos espejismos de felicidad es lógico: la depresión,  el  vacío existencial, la desesperación.


La sátira, un periodismo que hace daño

Al mirar atrás, hace  autocrítica de su modo de entender el periodismo,  cuando se sentía “con una misión tan elevada (redimir el mundo mediante la sátira y liberarlo de todos los malvados), que se consideraba libre de obedecer las normas por las que vive la gente vulgar”,  de atacar por escrito y personalmente a otra gente sin importarle el daño que cause. Se siente tan por encima del “insignificante sistema moral de los otros mortales, que se permite cometer transgresiones impunemente”, tratando a los demás y sus familias con desprecio y falta de humanidad. Él era puro, los demás corruptos.

Es interesante su diálogo sobre los efectos colaterales de la sátira: quien parodia puede convertirse en alguien tan cruel o hipócrita como sus caricaturas.

“Me he entrenado en denigrar reflexivamente a gente con la que no estoy de acuerdo, o que desprecio, o de cuyas motivaciones recelo. Sin tener en cuenta el efecto que ello pueda ejercer en mi propio estado moral.”

Ha visto  actuar así a muchos editores, periodistas, escritores, personajes  del cine y la televisión. “Piensan que el recelo y el escepticismo son obligaciones profesionales, moralmente neutras. Pero ni el recelo, ni el escepticismo, ni el desprecio son neutros.” Hacen daño al que los ejerce. No son virtudes. Son vicios, hábitos de conducta nocivos para la propia personalidad, que acaban enfermando a quien los practica.

Tiene palabras duras, probablemente exageradas, para los de su oficio: “nunca he conocido a un cómico que no fuera infeliz, vengativo, chalado, poco digno de confianza y mal bicho…”

Reconoce sus errores con sencillez, sin intentar justificarse. Rencillas y rupturas.  O falta de idoneidad para tareas que quiso emprender: “El espíritu cómico es una cualidad misteriosa que no se aprende (…) Una cualidad misteriosa que reconoces al instante cuando el actor sale a escena, incluso antes de que abra la boca, antes de que haga nada.” 

Resalta la importancia de no perder el contacto con tu público, sobre todo en el periodismo de humor. Cuando regresa a Inglaterra tras años en USA, “una generación había nacido en mi ausencia, y tenían innumerables recuerdos de cosas grandes y pequeñas que yo no podía pulsar a nivel de reflejo para hacerles reír.”

Tony Hendra siembra el relato de agudos comentarios, con  el espíritu de observación de un buen humorista: en la Inglaterra de finales de los 50 “había ya señales del nuevo sistema que te haría necesitar cosas que no necesitas, pudieras pagarlas o no.” “Hay dos tipos de gente en el mundo: quienes dividen el mundo en dos clases de gente y quienes no lo hacen…”

Juzga las personas y los sucesos con un sano sentido común, propio de quien está de vuelta de “experiencias liberadoras”. La vida le ha enseñado que en realidad han sido experiencias cruelmente erróneas. El padre Joe tenía razón.  También en que siempre se está a tiempo de volver.


Egoísmo, el peor pecado

“Has cometido un pecado de egoísmo”, le había dicho la primera vez el padre Joe. Años más tarde, Hendra entiende por fin que su mayor pecado no han sido las drogas, ni el alcohol, ni la promiscuidad, ni las sátiras odiosas… sino la falta de amor en su vida.

“El infierno es estar solo para siempre, sin amar ni ser amado”, encerrado en él por egoísmo,  para toda la eternidad. Es no tener más que esperanzas en uno mismo, amarse únicamente a uno mismo. “Es una prisión sin puertas”, cuyos muros son las posesiones de las que no se sabe vivir desprendido. “Cuantas más posesiones, más difícil es salir de la prisión”.

Descubriendo el amor 

En cambio, “la paz es la certeza de que nunca estás solo”. Y el amor, la alegría en la existencia del otro. “Cuando se descubre ese amor del otro se superan las meras sensaciones y se empieza a descubrir el amor verdadero, que libera de la prisión del yo, de lo que yo quiero, de lo que yo necesito.”

Y la presencia esencial es la del Otro, a quien se ama. Esa presencia da un sentido nuevo a la vida y al trabajo, que puede convertirse en oración. (Esto lo explicaba muy bien san Josemaría: cualquier trabajo honesto  puede ser convertido en oración, en ocasión de encuentro con Dios, y por tanto de alegría y paz.)

La Iglesia

Hendra mira a la Iglesia con cierta heterodoxia, pero con cariño, libre de prejuicios frecuentes entre los de su profesión.

Rememora con humor agradecido las clases de catecismo que recibió siendo niño. Las monjas “usaban para inculcarnos la Fe tormentos dignos de la Inquisición,  pero eficaces. ‘¿Por qué te creó Dios? Dios me creó para conocerle, amarle y servirle en este mundo y ser feliz con Él para siempre en el siguiente.’ En esta catequesis hay conceptos y supuestos que pueden superar a un chico de 6 años, pero medio siglo después todavía puede recitarlos dormido”.

Incide en un comentario frecuente en artistas y personas sensibles, incluso alejadas de la fe, acerca del estropicio que falsas interpretaciones del Concilio Vaticano II causaron a la bella liturgia católica.

En su juventud, Tony Hendra se siente deslumbrado  por la hermosura de la liturgia. El canto gregoriano “era la música del espíritu a la busca de paz, no de alivio emocional; expresaba la avidez del alma…”Era el polo opuesto al hedonismo y la sensiblería.

Cuando decenios después acude de nuevo al templo, algo chirría. El latín ha sido mal traducido a un lenguaje vulgar, aburrido e inexpresivo. Y “el guión universal de la liturgia se ha dejado al arbitrio de cada cura, dejando al descubierto los egos de cada cual. La augusta música milenaria había sido sustituida por una colección de himnos en la estela de John Denver…”

Pero Hendra sabe distinguir lo esencial de lo accesorio. La Iglesia, como aquella comunidad benedictina de Quarr, es “un ente inconmesurablemente mayor que la suma de sus partes.” No son ciertas las caricaturas de la Iglesia. Al fin y al cabo, concluye, “la Edad de la Fe (la Edad Media) pudo no haber sido perfecta, pero esos siglos benignos habían sido mucho más civilizados que el actual”.


Elogio de la confesión

En los peores momentos, el recuerdo del padre Joe, en su convento de Quarr, en la isla de Wight, era su faro seguro.  Sentía su paternal amistad, aun cuando hubieran pasado años de desconexión. ¿Cuál era el secreto de esa amistad fiel?

Algo en él inspiraba confianza. Padres y educadores deberían tomar nota. Tras su primera confesión con el  padre Warrilow, se asombra porque “…no había cuestionado nada de lo dicho por mí; no me había pedido repetir ni clarificar, ni preguntado si me había dejado algo importante en el tintero. Parecía suponer que yo decía la verdad (…) Eso era ya admirable: ninguna persona con autoridad había dejado  de cuestionar directa o indirectamente lo que yo decía. La vida del adolescente está dominada por interrogatorios acusadores (…) Supe que acababa de conocer a un hombre que no tendría ninguna de las reacciones que yo había aprendido a esperar...”


El padre Joe “jamás decía algo malo (de nadie...), lo que aumentaba tu confianza en él. Cualquiera que culpa a la otra parte en tus narices, también te culpará a ti delante de los otros.”

 “Hablaba de Dios, pero muy de tanto en tanto, y siempre en relación con la palabra amor (no como lejana autoridad que hiciera temblar). Hablaba de Dios como “Él”, y ese Él era bondadoso, generoso, creativo, músico, artista e ingeniero y arquitecto del genio. Un Él que vivía plenamente su alegría y la tuya, que nunca te dejaba aunque resultara fuertemente herido, que te daba regalos y oportunidades… que te daba deberes, pero no te abandonaba si no los cumplías.” Ese otro dios que caricaturizan es un prejuicio, ajeno a la verdad católica sobre Dios.

El padre Joseph  Warrilow falleció de avanzada edad en 1998, cuando ya Tony Hendra tenía en proyecto escribir sobre él, para contar al mundo  el inapreciable don, “la paz que Dios, a través de un hombre santo, puede llevar a un alma con el Sacramento dela Confesión”.

Pienso que este estupendo libro es también un homenaje a todos los sacerdotes que, por ser hombres de oración y amigos de Dios, han ofrecido consuelo, amistad y consejo,  y el tesoro de la confesión,  a cuantos lo buscan.

Puede verse aquí a Tony Hendra contando su historia. Termina de manera significativa: con el himno Salve Regina. Vino a sus labios cuando asimiló el fallecimiento de su fiel amigo. Ella es el verdadero  faro siempre encendido para volver a puerto seguro.



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