miércoles, 13 de agosto de 2014

La personalidad



La personalidad. Rafael Escolá. Ed MC



Rafael Escolá (Barcelona 1919, Pamplona 1995), ingeniero industrial y fundador de la prestigiosa empresa de proyectos de ingeniería IDOM, fue una persona de cualidades humanas excepcionales, con una rica personalidad cuajada de virtudes que supo transmitir con generosidad a cuantos le trataron. Además de su trabajo como ingeniero intervino en varios proyectos educativos para jóvenes, como el Colegio Gaztelueta de Bilbao. 


Felipe Prósper, Presidente de IDOM y de la Fundación Rafael Escolá, le describe en una interesante conferencia en TECNUM como una persona optimista y valiente, en la que destacaba “la austeridad, el trato educado, amable y nada autoritario, y la capacidad para encontrar en cualquier acontecimiento sencillo un pretexto para celebrar la amistad, para crear en torno a sí un clima de cariño.” 


En este librito Rafael Escolá vuelca su experiencia acerca del desarrollo de la personalidad. Lo que afirma es fruto sobre todo de su propia trayectoria personal,  pero también de su larga experiencia en la formación de jóvenes durante muchos años. Eran famosas sus divertidas charlas informales, en las que con gran sentido del humor despertaba en los jóvenes la ilusión por desplegar todo el potencial de virtudes de que eran capaces, perdiendo el miedo a la exigencia y el  esfuerzo. 


La personalidad, afirma, no es fruto del ADN (de la herencia de los padres), sino fundamentalmente de la voluntad, que es capaz de moldear muchas manifestaciones del carácter y del temperamento. Cuando hay un fondo de convicciones bueno, surgen actitudes nobles que tallan el perfil de la personalidad: sinceridad y veracidad, audacia con sentido común, respeto a las personas, optimismo, nobleza; actitudes generosas, amables, serenas, valientes, bienhumoradas… Son esos valores positivos, quizá poco comunes, hacia los que las convicciones nos inclinan y hay que saber elegir siempre, cueste lo que cueste.


La naturalidad para manifestar las propias imperfecciones, sin tratar de ocultarlas por miedo a perder prestigio. El dominio de los gestos que acompañan y delatan las actitudes interiores, que son a veces más explícitos que las palabra. Las decisiones y elecciones que manifiestan una tendencia seria y constante: por ejemplo, al escoger aficiones que perfeccionan (lectura, montañismo...) Y siempre, buscar la excelencia profesional en el oficio de cada uno: para los estudiantes, el estudio. Éste de la excelencia profesional es un campo en el que Escolá habla de algo muy propio, como ressaltaba este artículo de Expansión. Estas  actitudes suponen siempre, por lo contagioso, una influencia postiva en los demás, y arrastran.


Muestra también el “campo de minas” que puede encontrase quien desee afirmar su personalidad por caminos equivocados, confundiéndola con manías y defectos: buscar diferenciarse de lo que considera “vulgar”, querer ser "muy independiente", olvidando que los seres humanos somos seres  relacionales; que necesitamos de los demás y ellos nos necesitan;  presentarse con una exagerada y postiza firmeza de carácter y convicciones; aparecer “como muy ocupado”; adoptar actitudes señoriales; buscar con el prestigio el ascendiente sobre los demás; opinar sobre todo; manifestar continuas agudezas… Lejos de contribuir a desarrollar la personalidad, se trata de defectos que nos afean como personas.


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