domingo, 24 de marzo de 2013

Para qué sirve la inteligencia


Asistí hace pocos días a los Premios Periodísticos de la Comunidad Valenciana. Es agradable compartir velada con compañeros del periodismo y la comunicación. Se está bien. Se confraterniza, se intercambian ideas, se oyen buenos parlamentos. Se aprende.

Los premiados de este año –Javier Alfonso, Marta Hortelano, Josep Torrent- tuvieron palabras sinceras y sentidas. Se percibía sobre las cabezas de todos el nubarrón gris de la tormenta que atravesamos. Son momentos duros, y en los momentos duros uno ve más claro lo esencial, lo que no debe faltar. Allí se habló de honestidad, de buen periodismo, de ese que sólo saben hacer las buenas personas, como decía Kapuschinsky. Se habló de periodismo objetivo.

No es fácil, cuando falta trabajo, hablar de periodismo objetivo. Hay que comenzar por hablar de la injusta estructura que permite que seis millones de personas no puedan trabajar. Pero el cortoplacismo miope de tantos (políticos y no políticos) no puede empañar el deseo general de hacer las cosas bien. Sí, vale la pena mantenerse en la firme decisión de ser buena persona, para tratar de hacer las cosas bien. Pensar en el bien común, en el bien de los demás. Alejarse de experiencias de odio.

Y en el periodismo, alejarse del amarillismo, que tantas veces –ya lo decía Chesterton- se disfraza de periodismo de investigación, y sólo siembra pánico y pesimismo.

Recordé una lectura reciente.  La inteligencia puede servir para muchas cosas: resolver problemas técnicos, lograr poder, mandar… Pero para lo primero que debe servir es para conocer la verdad, que es precisamente la razón de ser del periodismo. En su primer encuentro con periodistas, el papaFrancisco ha recordado la trilogía existencial de todo periodista: comunicar la verdad, la bondad y la belleza.

El enemigo -lo dijo también Kapuschinsky- es el cinismo, que mueve a muchos a torcer el gesto ante la palabra “verdad”.  Les parece una grandilocuencia fantasiosa.  Pero no lo olvidemos: es el gran descubrimiento del que la cultura occidental sigue viviendo: podemos y debemos conocer la verdad.  Ese es el principal bien humano. No por pragmatismo, que también, sino en sí misma.

Claro que la verdad, una vez conocida, compromete. Es más cómodo, aparentemente, vivir de espaldas a ella, no afrontarla, hacer como que es inalcanzable...  Pero la realidad es tozuda: sólo  la verdad nos hace libres.  Sin ella somos  esclavos. Los cínicos no sirven para este oficio.



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