domingo, 7 de septiembre de 2025

La fuerza del silencio y el estupor ante Dios



Silencio, meditación, recogimiento interior

    Muchos expertos nos alertan de los peligros de la civilización ruidosa y trepidante que hemos construido. No hay tiempos muertos, tiempos para el silencio, para desconectar de la tecnología y conectar con las personas queridas “presencialmente”. “Hay que recuperar el silencio y la mirada” dice José Luis Orihuela, profesor experto en tecnologías de la información: “nos hemos vuelto adictos a las interrupciones; hay que saber eliminar las notificaciones del móvil, necesitamos volver a aprender a hablar y escuchar.”

    Se ha demostrado que la práctica del silencio y la quietud interior mejora la salud, la relación con los demás, incluso la eficiencia del trabajo. Pero todo parece estar organizado para robarnos la atención. Poderosos intereses parecen confabulados para lograr estilos de vida en los que no sea posible reflexionar ni meditar. Nos llenan de distracciones –pérdidas de atención- para que seamos incapaces de adentrarnos en nosotros mismos y, en silencio, meditar quiénes somos y qué queremos hacer con nuestras vidas.

    Como explica el doctor Mario Alonso, tendemos a poner nuestra atención en cosas exteriores, porque pensamos que no hay nada dentro que valga la pena: y sin embargo, es adentro donde debemos mirar, porque dentro está lo más sorprendente y valioso. 

    Si aprendemos a mirar adentro, en primer lugar veremos cosas que quizá no queríamos ver (defectos, lagunas vitales…) pero necesitamos verlas para superarlas. Y en segundo lugar, veremos también cosas maravillosas, incluso en lo humano: como que los miedos y los pensamientos negativos se disipan meditando. Para los cristianos, pensar en nuestra condición de hijos de Dios alivia toda congoja e ilumina el camino a seguir. 

    Meditar no es quedarse en blanco, no se trata de buscar un silencio mudo, sino creativo. Se trata de evitar el ruido exterior, el de los pensamientos que aturden y distraen. Y así estar en condiciones de escuchar los sonidos interiores: la voz interior, que es el ámbito donde cada persona puede conocerse a sí misma y escuchar la voz de la conciencia. Y con fe, escuchar la voz de Dios. Hay un maravilloso mundo interior dentro de nosotros, pero no le dejamos hablar porque no entramos en silencio.

    Silencio es, sobre todo, acallar el ruido y el bullicio de pensamientos que son secundarios o incluso innecesarios, para que la mente y el corazón contemplen el rico mundo interior, los verdaderos Bienes. Silencio es tener la cabeza y el corazón en Dios.

    El diálogo interior ha de ser positivo: todo va a ir bien, porque soy hijo de Dios. Todo tiene arreglo. A los pensamientos negativos hay que saber darles la vuelta y convertirlos en positivos: tengo tal defecto, pero ese es mi punto de partida, no de llegada: mi destino es empezar a poner los medios para corregirlo, con la ayuda de Dios, que no me va a faltar si se lo sé pedir. 

    Hay que saber retirar toda la atención a los pensamientos negativos “crónicos”. Su único apoyo es precisamente la atención que les prestamos. Los pensamientos negativos reiterativos, no rechazados, pueden llegar a dañar la salud. Son médicamente conocidos los beneficios de la meditación asidua, cuando discurre con un diálogo interior positivo: el cuerpo genera oxitocinas, y con ellas esa sensación de paz y alegría tan beneficiosa para el cuerpo y el alma. 

    Muy a propósito esta frase de Marcel Proust: "El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevas tierras, sino en ver la vieja tierra con nuevos ojos". Invita a reflexionar sobre la importancia de la perspectiva interior: la verdadera innovación y conocimiento surgen de cambiar nuestra forma de ver y experimentar el mundo cotidiano, en lugar de simplemente buscar nuevas experiencias externas.

Silencio y oración

    Esa dictadura del ruido ensordecedor ha penetrado también en la Iglesia y nos impide rezar. Es muy sugerente el libro del cardenal Sarah “La fuerza del silencio”, del que tomo estas ideas: el ruido es como la columna sonora de la ausencia de Dios, del olvido de Dios: una gran nada vacía y ruidosa. El ruido es como una droga de la que muchos son dependientes. Una droga que impide que cada uno se mire a la cara y descubra su vacío interior: es una mentira diabólica.

    El silencio no es una virtud, ni el ruido es un pecado. Pero el tumulto confuso y ruidoso de la sociedad actual son exposición de una atmósfera irreflexiva, superficial, y a veces peor, porque manifiesta el deseo más o menos consciente de aturdimiento de la criatura que no quiere saber nada de su Creador, y que incluso está dispuesto a ofenderle si le apetece porque no quiere depender de nadie. Dios es más íntimo a nosotros que nosotros mismos, por eso la conducta del pecador es salir de sí, aturdirse, hacer ruido. La liturgia debe facilitar todo lo contrario: entrar dentro de nosotros, en el silencio asombrado de la oración, para encontrarnos con Dios.

    Dios se manifiesta en el silencio. “Un silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa, Señor, vino desde el trono del cielo” (Sabiduría 18,14-15). “Dios actúa en el silencio”, dice san Juan de la Cruz. El Padre dice una sola Palabra, su Hijo, su Verbo. La pronuncia en un eterno silencio, y sólo en silencio el alma puede entenderlo.

    Sólo el silencio permite sentir la música de Dios. Jesús mismo nos lo explica: Mt 6,7: “Y al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados.

    Silencio es mucho más que ausencia de ruido. El silencio es condición necesaria para una oración profunda y contemplativa. Es una disposición interior, espiritual, que retira los obstáculos para el contacto con Dios y la comunicación de la gracia de Dios. 

    Es expresión del temor reverencial a Dios (que no es miedo a ser castigado, sino a no amar suficientemente a un Padre tan bueno, a hacer algo que le disguste). Es el camino que permite a los seres humanos ir a Dios. 

    Concilio Vaticano II: el silencio es un medio privilegiado para promover la participación del pueblo de Dios en la liturgia.

    Es el silencio de la Virgen, en el que –recogida en oración- puede meditar la Palabra de Dios, escucharle, contemplar a su Hijo.

    El silencio es parte esencial de la oración: una conversación con Dios Uno y Trino, en la que le hablamos y le escuchamos, como un amigo habla con el Amigo. Es mirar y ser mirado por Dios, que es tener ya un trocito de cielo en la tierra (papa Francisco).

Silencio, parte esencial de la liturgia

    El silencio es una ley cardinal de toda celebración litúrgica, porque permite a los fieles adentrarse en lo sagrado. Por eso el silencio es parte esencial de la liturgia: los actos litúrgicos son momentos de escuchar a Dios. Cuando la liturgia indica momentos de silencio, no es tiempo muerto: el silencio interior y exterior de la liturgia, y de toda oración, es un silencio activo que es el propio de la adoración y de la escucha dócil al querer de Dios.

    El templo no es una sala de espectáculos donde se va a aplaudir a quien comunica bien, o a aburrirse si comunica mal. El templo es el ámbito de la oración, y requiere silencio.

    Algunos creen que el silencio ante el Altísimo puede desconcertar a los fieles, que sería mejor llenarlo de cosas inteligibles, horizontales, humanas: palabras, explicaciones o cosas banales, canciones más o menos baratas… y acaban reduciendo el misterio sagrado a mero sentimentalismo. Y no se dan cuenta de que la fuerza de la liturgia es la acción del Espíritu Santo, que es quien mueve los corazones de quienes le buscan. Dios habla a las personas que le escuchan (Benedicto XVI), que saben recogerse en una oración sin ruido de palabras y adorar. Jesús puede actuar como quiera, pero nos ha enseñado a rezar como Él mismo reza: “Se levantaba temprano y permanecía en oración, en diálogo íntimo con su Padre Dios.” 

    Dios habla a las personas que saben recogerse en oración. Como canta el fervor popular: “Estaba la Virgen María sola en su aposento haciendo oración, y bajaron ángeles del cielo y la saludaron con mucho fervor…” Ella es la que “consideraba todas las cosas en su corazón.”

    Cardenal Sarah: “Dios es silencio, y el demonio es ruidoso. Desde el inicio Satanás ha buscado enmascarar sus mentiras bajo una agitación falaz, resonante.”

Silencio y recogimiento ante la Eucaristía

    La Misa requiere un clima interior de silencio, porque el alma está a solas con su Dios. Y es Dios quien está ahí. Lo esencial de la Misa no es el aspecto festivo ni la dimensión fraternal, sino el Sacrificio de Cristo en la Cruz, al que necesitamos acudir con el corazón convertido y purificado en la Confesión, con la disposición de unirnos a Su Sacrificio. Y eso requiere silencio interior. 

    Algunos sacerdotes deslucen el sentido de la Misa queriendo hablar mucho, añadiendo cosas de su cosecha como para hacerla más entretenida. Pero en la Misa lo esencial son las palabras de Cristo, que se está ofreciendo al Padre, y también nosotros estamos inmersos en ese ofrecimiento con Él, inmersos en su Sacrificio y Muerte, inmersos en Él: todo recogimiento y sobriedad en los gestos es poco, porque la Misa es la muerte de Dios por amor a nosotros, y eso está más allá de toda manifestación cultural. 

    La ligereza en algunas celebraciones litúrgicas (por ejemplo, cuando son muy numerosas, pero también en otras con pocos asistentes) nos pone en riesgo de perder el sentido de lo que se está haciendo. La Misa debe celebrarse con sobriedad y recogimiento, pues también nosotros estamos inmersos en el Sacrificio y Muerte de Cristo, nos estamos ofreciendo con Él y en Él al Padre. 

    La liturgia bien cuidada puede y debe ser bella, una belleza que ha atraído a tanta gente a la fe cuando se ha procurado. Pero requiere silencio y recogimiento, manifestado también en la postura, porque la muerte de Dios por amor a nosotros está más allá de toda manifestación cultural. 

    Las iglesias fueron diseñadas para la oración, no para representaciones ni espectáculos. Se orientaban hacia Oriente, que representa al Señor, y con esa manifestación exterior se manifestaba nuestra disposición interior de orientarnos a Dios. “Levantemos el corazón. Lo tenemos levantado hacia el Señor.”

    Por eso, cuando no es posible celebrar la Misa hacia el Oriente, se manda poner una cruz sobre el altar, bien a la vista, como punto de referencia para todos. Cristo en la Cruz es el Oriente cristiano al que todos nos volvemos. Mirar al Señor promueve el silencio. Es absurdo que algunos pongan el centro, el podio, en el micrófono al que se aferra el sacerdote, en lugar de la Cruz.

Recuperar el gran silencio de la liturgia   

    Es preciso entrar en el gran silencio de la liturgia, dejarse enriquecer por todas las formas litúrgicas aprobadas por la Iglesia que privilegian el silencio, porque necesitamos espíritu contemplativo para mirar al Señor. Eso es lo que el Concilio quiso legar: facilitar la comprensión de los misterios sagrados para participar mejor en ellos, no convertirlos en meros actos sociales más o menos aburridos que provocan lo contrario de lo que se deseaba: profundizar el misterio con la actitud interior que lo facilita.    

    Recuperar el sentido del silencio es una prioridad y necesidad urgente. La verdadera revolución viene del silencio, nos dirige a Dios y a los demás para ponernos a su servicio. El ruido nos atolondra y nos separa.

    En la liturgia el silencio es una disposición radical y esencial, que expresa la comunión del corazón. Con ruido permanecemos en una dimensión humana superficial y horizontal, que nos impide penetrar en lo sagrado.

    Dañar la liturgia es dañar nuestra relación con Dios, es dañar la expresión concreta de nuestra fe cristiana. No se puede estar ante la Eucaristía como si fuera una cosa, un mero símbolo: ¡es Dios! He de hacer muy bien la genuflexión, con un acto interior y exterior de adoración. He de ir lo primero al Sagrario para saludarle, cuando entro en un templo. No puedo estar charlando con los demás como si estuviera en un bar, o con las piernas cruzadas como si estuviera en el sofá. No puedo ir en chanclas, aunque haga calor. La Iglesia no es un club, ni un centro cultural, donde se vaya a debatir temas intelectuales: quizá por eso se han vaciado muchos templos y permanecen largas horas cerrados. Es un lugar de oración y adoración.

    Papa Francisco: el celebrante no es el presentador de un espectáculo, no debe buscar la simpatía de la asamblea poniéndose frente a ella como su interlocutor principal. El concilio Vaticano II invita a todo lo contrario: cancelarse a sí mismo, renunciar a ser el punto focal, para que todos juntos se dirijan hacia Cristo, que es el Oriente a donde todos debemos mirar durante la liturgia.




Renovar el estupor ante Dios

    Concilio Vaticano II: la liturgia es principalmente culto de la majestad divina. Tiene valor pedagógico si está ordenada a dar culto a Dios. Participar de la liturgia significa renovar el estupor ante Dios, un temor alegre que requiere silencio frente a la majestad divina. Todo, también las palabras del celebrante, debe ser una invitación a entrar en el Misterio (y no saludos ni comentarios superficiales). La comprensión de los misterios sagrados no es obra solo de la razón humana, sino de algo más importante: el sentido de la fe (sensus fidei) que conoce por sintonía más que por concepto, y que requiere acercarse con humildad.


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sábado, 6 de septiembre de 2025

El arte de escuchar

 


Sugerente entrevista al filósofo Francesc Torralba sobre el arte de escuchar. Escuchar es una forma de amar, de dignificar al otro, de decirle que nos interesa. Pocas cosas más crueles que la indiferencia de no querer escuchar. Anoto algunas ideas.

Para saber escuchar hay que ser humilde. El humilde reconoce que de todos puede aprender algo, y por eso escucha. Entre arrogantes no hay diálogo posible.

Los prejuicios impiden el diálogo, porque descalifican al otro sin escucharle. 

Hay que saber escuchar también a los que quizá no tienen nada nuevo que decirnos, pero necesitan ser escuchados para liberarse. La escucha puede curar heridas, si sabemos mantener una atención y un diálogo curativos, que manifiestan al otro lo mucho que vale como persona.

Escuchar no significa estar de acuerdo. Este es uno de los grandes errores promovidos en la sociedad por muchos políticos, periodistas y comunicadores, que sólo escuchan a "los suyos", y gritan a los que opinan distinto, sin saber dialogar.

El diálogo es un acto de confianza, requiere un clima de confianza. No hay diálogo cuando se se imponen con coacción los dogmas del pensamiento dominante, de lo políticamente correcto, lo que genera desconfianza e impide expresar con libertad el propio pensamiento. 

El diálogo es el medio para acercarse juntos a la verdad: escuchar con atención, valorar lo que hay de verdad en las palabras del otro. 

Es posible recuperar el arte de la verdadera conversación, del auténtico diálogo. Y para eso hay que mantener una sabia distancia de los malos políticos, de los sicarios de la comunicación, que con su griterío corrompen el diálogo social. Y saber distanciarse también del estilo de "diálogo" que predomina en muchas redes sociales, que es un insulto a la verdadera conversación. 

¿Consejos para aprender a escuchar? Darse tiempo; liberarse de prejuicios; reconocer que no se sabe todo; buscar a quienes nos pueden aportar más y escucharles; evitar interferencias de la tecnología y las redes sociales, que nos distraen la atención y por eso nos dificultan la escucha; entrenarse, dedicar tiempo a la sana conversación, un placer al alcance de todos. Y por supuesto, seleccionar a quién leo y escucho. Nos interesan cada persona, pero no tenemos tiempo vital para escuchar a todas.

sábado, 23 de agosto de 2025

Descodificando el Apocalipsis




Manuel de supervivencia para los últimos tiempos. Descodificando el Apocalipsis

Valentín Aparicio Lara. Ed Palabra


    El Apocalipsis tiene fama de ser un escrito críptico, que narra cosas terribles sobre el fin del mundo. El sacerdote y especialista en Sagrada Escritura Vicente Aparicio nos hace ver con esta obra lo equivocado de ese prejuicio. Basta entender las claves que emplea san Juan, para darse cuenta de que, lejos de ser un libro indescifrable o terrible, el Apocalipsis es un libro inspirado, el último de la Biblia, que logra su propósito:  encender la esperanza en los cristianos de todos los siglos, confiar en la promesa que Dios ha hecho a los que le son fieles, vigilar para que no se dejen arrastrar por las insidias de la bestia y del demonio, ni por el desánimo, aun en esos momentos convulsos que nos pueden parecer insuperables y próximos al fin: “Satanás será soltado de la prisión y saldrá para engañar a las naciones de los cuatro lados de la tierra.” (Ap 20, 7). 

    Hay que reconocer que no faltan motivos para identificar nuestros días con los que describe san Pablo en su segunda epístola a Timoteo, 3, 1-9: “En los últimos días se presentarán tiempos difíciles, pues los hombres serán egoístas, avariciosos, fanfarrones, soberbios, blasfemos, desobedientes a sus padres, ingratos, irreligiosos, despiadados, desleales, calumniadores, desenfrenados...” Pero no hay que temer. Las palabras de Jesús más repetidas en el Evangelio, hasta 25 veces, son: “No tengáis miedo” y “Vigilad”: un buen resumen del sentido y mensaje del Apocalipsis: el bien prevalece siempre, aun cuando parezca que todo está perdido. No debemos asustarnos por las huellas del mal, ni dejarnos arrastrar por sus seducciones.

    El Apocalipsis, para un lector de hoy, es una llamada a descubrir la batalla espiritual que subyace a las convulsiones y enfrentamientos sociales y políticos, a darnos cuenta de que lo decisivo es la fiera lucha entre el bien y el mal que está en el trasfondo de todo. Hay que optar por el bien, sin temor, porque el triunfo del demonio es sólo aparente, y el bien prevalece siempre: porque Dios es el Señor de la Historia, y está con los que le aman.

    Y no sólo está cerca: está en nosotros y con nosotros. Es sugestivo descubrir que el Apocalipsis está describiendo la Misa católica tal y como era celebrada por los primeros cristianos, reunidos en torno a los Apóstoles, y la infinita riqueza de sentido que expresa. Porque, desde la Primera Misa en el Cenáculo y en la Cruz, cada Misa es una ventana abierta al cielo, en la que la liturgia de la tierra se une a la del cielo. 

    El Apocalipsis no es sólo el plan de Dios para el final de la historia, es el plan que ya ahora desea realizar en cada uno de nosotros, mediante la vida de la gracia y de los sacramentos: por eso es tan importante y decisivo cada sacramento. En cada Misa, por ejemplo, se nos da un anticipo del cielo, de la nueva creación que Dios está obrando: “Mira, hago nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5).

    La Sagrada Escritura es muy clara: “Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo” (2 Cor 5, 17). El plan de Dios es un nuevo recomienzo, transformarnos en su Nueva Creación. Nos revestirá de luz, “porque el Señor será tu luz perpetua” (Is 60, 19). Lejos de ser un mensaje triste y que pretenda meter miedo, el final de la historia será luminoso. Los finales tristes –como escribe Valentín Aparicio- son anticristianos.

    Por tanto, el Apocalipsis no es sólo para esperarlo, sino para vivirlo. Es un manual para los últimos tiempos. Una luz que marca el Norte en la confusión actual que nos rodea. No es un libro de futuro, sino actual, que nos concierne ahora, aquí. No infunde pánico, sino que anima garantizando la victoria del bien. 

    Muy sugerentes los comentarios del autor al texto de Génesis 2, 15: “Lo colocó en el jardín para que lo guardara y cultivara.” Cultivar en hebreo significa también “servir en la liturgia”. “Guardar” no es sólo proteger un lugar para que no entren intrusos, es también “observar unos mandamientos.” Así, esa frase de Génesis que Dios dirige a Adán y Eva contiene lo que los sacerdotes han de realizar en el templo de Jerusalén: dar culto a Dios, y observar los mandamientos (Nm 3, 6-7; 18, 7). Es el sacerdocio común de los fieles, que en el desempeño de sus actividades profesionales en medio del mundo, mediante las que cuidan y mejoran la creación, transforman su trabajo en un verdadero culto a Dios, haciendo que resplandezca su gloria, como predicó el fundador del Opus Dei

    Porque el jardín del Edén era un templo, un espacio sagrado donde la humanidad vivía en Alianza o comunión con Dios. El pecado nos desterró a un mundo herido, lejos de Dios. Y desde entonces el sentimiento de la humanidad es de nostalgia: porque ya a nada de este mundo podíamos llamar casa

    Pero el Apocalipsis, última página de la Biblia, nos muestra la Nueva Creación: ahora se nos ha devuelto, con creces, el paraíso perdido. Se nos introduce de nuevo en el jardín del Edén, que es Templo. Hemos recuperado la función sacerdotal de Adán y Eva en el Paraíso. Allí hay un río de agua viva, que brota del trono de Dios y del Cordero. Y un árbol de vida y de Inmortalidad, la misma vida divina, desbordante, que Dios nos desea comunicar. Se nos muestra que la vocación originaria del hombre es la liturgia. Y que la Santa Misa nos une a la liturgia eterna del cielo, y por eso es el centro de la vida del cristiano. 

    Muy sugerentes también sus recomendaciones para vigilar: cree en el infierno; evita el pecado (porque supone pactar con la bestia); no te dejes seducir (“surgirán falsos testigos y embaucadores…”); ama a Dios con todo tu corazón (y demuéstralo con hechos); cuida la liturgia, verdadera alabanza a Dios en la que nos unimos a la liturgia celeste; vigila en lo concreto, en lo pequeño y en lo grande(aquí se ve la necesidad de buscar un buen acompañamiento espiritual en amigos fiables); persevera, sin desánimo por la extensión del mal: al final se trata sencillamente de eso: de morir cristianamente; evangeliza: los cristianos somos sal de la tierra y luz del mundo, y eso requiere hablar. 

    Como señala el autor, el Apocalipsis no es sólo para esperarlo, sino para vivirlo. Es un manual para los últimos tiempos. Una luz en la confusión que nos rodea. No es un libro sobre el futuro, sino actual. No infunde pánico, sino que anima, porque garantiza la victoria del bien. Nos enseña que paciencia y fe son las dos armas para vencer a la bestia. 

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martes, 22 de abril de 2025

El Papa de la misericordia y la esperanza


 

El Papa Francisco durante el Viernes Santo de la pandemia Covid

    Una ventaja de ser católico es la seguridad de que no estamos en el mundo por azar. Hay un Dios que nos quiere como Padre, y nos ha creado para que vivamos felices como hijos suyos. Para que esa seguridad no sea evanescente, ha fundado la Iglesia, su familia en la tierra. Como en toda familia, en la Iglesia hay una cabeza, el Papa, representante de Jesucristo, de quien recibe asistencia firme y perpetua: “Yo estaré con vosotros siempre”.

 

    De ahí la razón del cariño de los católicos al Papa, sea quien sea. Sabemos que es un hombre normal, con aciertos y errores. Pero que la promesa de Dios se cumple, y por muchos errores que pueda tener un papa, la barca de la Iglesia no se hunde. También Francisco lo sabía, y por eso quizá su frase más repetida ha sido: “No se olviden de rezar por mí.” Conocía su vulnerabilidad, su necesidad de ayuda del cielo. Lo expresaba sabiamente Ratzinger: lo único que garantiza el Espíritu Santo es que el daño (el que causamos los hombres con nuestros errores) no sea irreparable.

 

    Pienso que Francisco, por sus cualidades humanas y espirituales, está en la línea de los papas santos que la divina providencia nos ha dado en los últimos tiempos: Pablo VI, Juan XXIII, Juan Pablo II… No quedan atrás Pío XII ni Benedicto XVI.

 

    Cada Papa resalta un aspecto del cristianismo más necesario en el momento. Francisco ha resaltado la misericordia: Dios es un Padre con entrañas de misericordia hacia los más vulnerables, y nos pide que le imitemos. Gestos como el de Lampedusa abrieron los ojos a muchos ante el drama de los inmigrantes.

 

    También ha resaltado la esperanza. Hay una íntima conexión entre misericordia y esperanza. Cada acto compasivo hacia el otro nos descubre que no somos piedras que giran al azar: somos hijos de Dios, llamados a tener un corazón entrañable como el suyo. La paz no vendrá del rearme –como proclamó el Domingo pasado- sino de nuestra capacidad de perdón y misericordia hacia los demás.


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El Papa de la misericordia y la esperanza


domingo, 24 de noviembre de 2024

El paso siguiente en el baile.




El paso siguiente en el baile. Tim Gautreaux. Ed. LGH

Colette y Paul son una joven pareja que viven en un pequeño pueblo de Luisiana. La mayor parte de sus habitantes son de origen francés y católicos.  Humildes y de costumbres algo bruscas. Los hombres amantes del alcohol, el baile y las peleas. Colette, chica lista y muy guapa, tiene aspiraciones materiales más altas de lo que Paul parece poder ofrecerle, y tras una ruptura decide marchar sola a California para emprender una nueva vida. Allí encuentra un buen trabajo. Paul, intrigado, quiere conocer qué atrae tanto a Colette del estilo de vida del oeste, y sigue sus pasos.

Cada uno por su cuenta irán descubriendo la quimera del oeste. Hay abundante oferta de trabajo, y los sueldos son altos. Pero –reflexiona Colette- “la mayoría de la gente estaba obsesionada con la forma física, acumular cosas o el sexo como diversión, mientras que ella –por más que se esforzaba por olvidarlo- no podía dejar de ser, en el fondo, católica, no materialista, y amante de la buena mesa.” En Los Ángeles, “la mayoría de la gente que había conocido era agradable de ver, sana y elegante, pero impaciente: parecían no estar satisfechos nunca. Parecían esperar que les sucediera algo.” Ese estilo de vida en que se ha sumergido buena parte de occidente, en el que la gente está siempre ambicionando cosas nuevas, en lugar de aceptar y agradecer lo que se tiene.

Paul no pierde la esperanza de recuperar a Colette. En su sencillez, se sorprende de las cortantes frases que ella le lanza, como cuando le dice: “A mí no me han puesto en la tierra para hacerte feliz a ti!” Se pregunta de dónde sacaría ella esas ideas. “Quizá de esas revistas de mujeres, que en cada número presenta mujeres vestidas de millonarias que hablan de cómo mejorar sus relaciones sexuales. ¡Qué equivocada estaba!”

“Recordó por qué la quería, además de por lo bien que cocinaba y lo guapa que era. Era la mujer más lista que había conocido nunca y, como él, había procurado seguir su catolicismo lo mejor que podía. (…) Sabía también que haberse casado por la Iglesia significaba algo para ella: algo a lo que un juez no podía poner fin.” Respeta su deseo de distanciarse de él, pero permanece fiel.

Colette y Paul, cada uno por su cuenta, actúan con la plena naturalidad de quien tiene asumido que hay cosas por las que no se está dispuesto a pasar. Ella rompe literalmente la cara al jefe que intenta propasarse, aunque sabe que le costará el despido. Él no se pliega a firmar informes falsos de los clientes, y si por negarse le despiden: “es algo con lo que se puede vivir.”

Paul sabe mucho de motores, pero además estudia constantemente para estar al día. Colette trabaja a conciencia. Ambos van a Misa los domingos. Ambos son apreciados por su buen hacer profesional y su honradez. Ambos, con sus errores y defectos de carácter, con sus peleas y en medio de encuentros y desencuentros, piensan y viven con sentido cristiano. Cuando Colette explica el motivo de su ruptura: "Dejé a Paul porque le hacían feliz cosas estúpidas", una voz amiga le hace la pregunta inocente y certera: "¿Lo dejaste porque era feliz?" A lo que Colette responde sintiéndose infantil "Lo dejé porque la que no era feliz era yo." La vida les acabará enseñando -a ambos, pero sobre todo a Colette- que el amor y el egoísmo no son compatibles. 

Una novela magistral, soberbiamente ambientada, con unos personajes entrañables que viven en un ambiente plenamente real, sin ficción. Un realismo que no esconde la sencilla naturalidad de los cristianos que conocen su condición de hijos de Dios y, porque se saben cuidados por su Providencia amorosa, son capaces de afrontar riesgos para cuidar de los seres queridos aunque se jueguen la vida. Como se la juegan Paul y Colette varias veces en esta trepidante historia, narrada con un lenguaje directo y lleno de naturalidad. 

Recomiendo seguir a Tim Gautreaux, autor de otros libros y relatos como Desaparecidos;  Luisiana 1923;  El mismo sitio, las mismas cosas

 

 

 

jueves, 5 de septiembre de 2024

Tarde de golf lluviosa. Relato corto

 



    Nos hemos echado unas risas con este relato breve que he dedicado a un buen amigo en la celebración de su cumpleaños. Un poco osado por mi parte intentar un relato breve, pues él ha ganado varios premios en esa modalidad literaria. Pero me ha parecido muy tentador, pues permite la gracieta rápida y divertida. 

    Además, mi amigo se acaba recién –como dirían nuestros hermanos hispanos- de aficionar al golf, y le veo a esa afición golfista un no se qué de enganche que debe estar próximo a la adicción. Seguro que lo han notado en algunos conocidos: “se han enganchado” al golf.  

    Ahí va el relato que hemos leído en la sobremesa. No hace falta aclarar –o quizá sí, que nunca se sabe- que no está basado en hechos reales.


Tarde de golf lluviosa


    Oteó el horizonte. Calculó la dirección del viento. Se concentró sobre la bola y compuso su mejor figura. El swing iba a ser grandioso. Dibujando una enorme parábola, la pelota sobrevolaría el lago y caería sobre el hoyo, a doscientos metros. Ni la lluvia lo impediría:  hoyo en uno. El golpe de su vida. Miles de espectadores admirarían asombrados. 

    Golpeó con toda su alma… Y cuando ya casi escuchaba la ovación del gentío, lo que oyó fue el inconfundible sonido de un vidrio que estalla en mil pedazos: ¡craasss, criisss, clinchs…! A su nariz llegó un intenso y familiar aroma de licor. 

    Sobresaltado, abrió los ojos y visualizó la escena. Y lo comprendió todo. Se retrepó con esfuerzo en el sillón orejero. Y con gesto entre burlón y compungido, comenzó a reunir -con el atizador de la chimenea que aún empuñaba- los añicos de la quinta copa de orujo, víctima del memorable swing de aquella lluviosa tarde. 



lunes, 26 de febrero de 2024

¡Qué buena gente hay en España!


 

Foto Las Provincias

Ante las tragedias, como el reciente incendio de un edificio en Valencia, siempre aparecen algunos dedicados como “de oficio” a sembrar odio y división. Su primera reacción es buscar culpables, en lugar de compadecerse y ayudar a remediar los problemas de las víctimas. Su “solución” es encrespar los ánimos, buscar chivos expiatorios, y a ser posible encontrarlos entre aquellos que su fanatismo ideológico tiene marcados de antemano como enemigos.

Pero la realidad es muy distinta. La inmensa mayoría de la gente que nos rodea es buena, muy buena. Y ante una tragedia sacan lo mejor de sí mismos, y buscan cómo ayudar, dando más de lo que en justicia deberían, porque esa es la verdadera justica con el ser humano: excederse en su favor, gratuitamente.

Un ejemplo de esa cortedad de miras de unos pocos, cegados por su ideología, se ha manifestado en algunas publicaciones, ciertamente minoritarias, intentando apropiarse del buen hacer -heroico buen hacer, en muchos casos- de los organismos públicos oficiales (bomberos, policías, médicos y personal sanitario, funcionarios públicos…) y enarbolándolo como si lo público lo hubiesen inventado ellos y fuera de su exclusivo patrimonio. Tal cortedad de miras se descalifica a sí misma y no merece respuesta. Lo público somos todos y está al servicio de todos, y colabora en estrecha armonía con todas las fuerzas sociales promovidas por la libre iniciativa de los ciudadanos. Como se ha demostrado estos días.


Pero la verdadera noticia es que vivimos rodeados de personas muy buenas, que ante la tragedia son capaces de poner sus vidas en juego, como han hecho los bomberos, y el conserje de uno de los edificios, y seguro que muchos más entre los vecinos. Gente que en lugar de comenzar por buscar culpables aportan ante todo soluciones, y comparten lo que tienen con los que se han quedado sin nada, hasta desbordar sus necesidades.



Lo describe muy bien este mensaje que he recibido en un grupo de whatsapp, de alguien que ha estado trabajando muy duro desde el primer momento de la tragedia:

“Qué buena gente hay en España (...) : "El ayuntamiento de Valencia dará vivienda totalmente amueblada

Con nevera llenada por la empresa Mercadona

Inditex, Mango y El Corte Inglés proveerán de ropa a todos los afectados

Sanidad realizará cartillas Sanitarias con solo ir a solicitarla en el centro de salud y toda la medicación gratuita para las personas que necesiten un tratamiento

Varios hoteles de Valencia como Meliá ya han alojado a todas las familias hasta que se les entregue una vivienda

Se solicita a la población que ya no lleven más donaciones porque están desbordados

Chicas, tras un día durísimo de trabajo solo

deciros q estoy emocionada.

En tiempo récord, se ha puesto en marcha un edificio de 131 viviendas q tiene el ayuntamiento y en el q vamos a realojar a los afectados: anoche, se pusieron en marcha los 8 ascensores y esta mañana, a las 7, operarios de Iberdrola y aguas han instalado los contadores de agua y luz. Se han limpiado las viviendas con empresas q voluntariamente se han ofrecido. Mercadona, ikea, dormitienda y empresas de Onteniente  han donado todo lo necesario para empezar una nueva vida. Teníais q haber visto el ambiente de colaboración q había. De verdad que estoy emocionada! Impresionada me he quedado con los de ikea. 50 minions ( como se han autodenominado) q han venido de manera voluntaria a montarlo todo. Impresionante!!! Eso es remangarse a trabajar y dar solución a situaciones extremas👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👍👍👍