miércoles, 15 de mayo de 2019
La infancia de Jesús
viernes, 19 de mayo de 2017
Jesús de Nazaret
Es extraordinario, entre otros, el pasaje en que analiza la oración sacerdotal de Jesús (Juan 17,20) y su profundo enraizamiento con la tradición judía de la fiesta de la Expiación, que restablece la armonía del pueblo con Dios, perturbada por el pecado, y que para los judíos representa la cumbre del año litúrgico. Porque este es el problema esencial de toda la historia del mundo: el ser hombres no reconciliados con Dios.
miércoles, 28 de abril de 2021
Jesucristo
Jesucristo. Karl Adam
Conocer
cada vez mejor a Jesús, el Hijo de Dios hecho Hombre, es un objetivo que
debería perseguir todo cristiano. Al fin y al cabo, la vida cristiana consiste
en seguirle de cerca, “tan de cerca que nos identifiquemos con Él”, solía decir san Josemaría.
Pero
conocer a Jesús ¿no debería formar parte de los intereses de cualquier persona
de nuestro tiempo, y no sólo de los cristianos? La huella de sus pasos en la
tierra, lo que nos dicen de Él no sólo la teología y los estudios de los Padres
de la Iglesia, sino también la historia, la arqueología, los testimonios de
quienes le llegaron a conocer personalmente, lo que nos dice la propia
tradición de la Iglesia, transmitida generación tras generación hasta nuestros
días… ¿no debería ser una tarea ineludible para cualquier persona de nuestros
días? Porque sin conocer mínimamente a Jesús no es posible entender el mundo de
hoy ni los últimos dos mil años de historia.
El sacerdote y teólogo alemán Karl Adam escribió
esta obra pensando precisamente en los hombres de nuestra época y sus
dificultades para reconocer lo divino. ¿Es posible hoy que una persona culta
acepte la divinidad de Jesús? ¿Qué debemos mirar para reconocerle? ¿Qué nos
dice la historia? ¿Cómo alcanzar o reforzar la fe?
Con rigor y profundidad propias de un buen
intelectual, Karl Adam nos ofrece un análisis de las fuentes históricas, que
arrojan una luz extraordinaria sobre el modo de ser y la conducta de Jesús, sobre
su propia intimidad espiritual y sobre el sentido y alcance de los aspectos
esenciales de su vida y de sus enseñanzas: la Cruz, la Eucaristía, la Resurrección, la filiación divina y la fraternidad de todos los hombres...
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| La Piedad, Miguel Ángel |
1. Disposiciones
para buscar a Cristo, Dios-Hombre
En
nuestros días la mentalidad del hombre se ha ido cerrando a todo lo que está
por encima de lo visible a los ojos y lo medible por los sentidos. Tenemos la
vista atrofiada para lo invisible, para lo santo y lo divino.
Por
eso, antes de tratar de la realidad de Jesucristo, nos resulta ineludible preparar previamente nuestra mentalidad,
nuestra actitud:
a) Necesitamos
una conciencia conmovida e inquieta ante la posibilidad de lo divino.
b) Una
actitud franca y leal, sin prevenciones ni prejuicios, frente a la posibilidad
de lo divino, de los milagros.
c) Una
búsqueda humilde y respetuosa, inspirada no en una curiosidad científica, sino
en nuestra necesidad existencial de salvación y felicidad, conscientes de
nuestra insuficiencia y fragilidad.
El
alma humana, como ser condicionado y finito que somos, está esencialmente
relacionada con un Absoluto, y experimenta esa relación en lo más profundo de
su sentimiento vital: como falta de plenitud, como una difusa necesidad de
eternidad y perfección, como una fiebre ansiosa de Dios. Lo expresó muy bien
san Agustín: “Nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Dios.”
Esta
“angustia metafísica” es más fuerte en el hombre de conciencia recta, que experimenta
más hondamente la congoja íntima del sentido de culpabilidad ante lo moralmente
santo.
2. La
fe es un don de Dios: un don sobrenatural, pero no arbitrario
Llegamos
al reconocimiento del misterio sobrenatural de Cristo por el camino de la fe,
no por el de la ciencia. Esa fe es obra divina, sobrenatural, tanto por su
objeto como por su origen: es un don de Dios. (Eph 2,8)
Esa
fe en el misterio de Cristo, sobrenatural en su origen, no es, sin embargo,
arbitraria. Descansa sobre la evidencia histórica de la credibilidad de Jesús y
de su obra: Per Iesum ad Christum: por el conocimiento de Jesús de Nazaret
llegamos al reconocimiento de Jesucristo Redentor, Dios y Hombre verdadero.
Cuando los teólogos exponen los motivos de credibilidad de Jesús, preparan la
fe sobrenatural en Él, pero no la producen.
El
argumento de credibilidad establecido por consideraciones puramente históricas
y de razón, no logra toda su fuerza concluyente y directiva para el espíritu, cargado
con las consecuencias del pecado original, hasta el momento en que la gracia
redentora de Dios libera al entendimiento y la voluntad del ser humano de sus
trabas hereditarias.
La
gracia de Dios está tanto al principio como al fin de nuestro camino hacia
Cristo: no es la palabra humana, sino la verdad y el amor de Dios quienes nos
mueven.
3. Jesús
mismo nos pide confiar en Él: “Tened confianza: soy Yo, no temáis”
Un
día, los discípulos navegaban por el lago de Generaseth. Era la cuarta vigilia
de la noche. Y he aquí que vieron a Jesús caminar sobre las aguas. “Todos le
vieron” dice Marcos 6,49. Le vieron claramente. No obstante, les invadió el
miedo: ¿no será tal vez un fantasma, un espectro? “Y gritaron. Entonces Jesús
les habló: Confiad, soy Yo, no temáis.”
También
nosotros, navegando por el mar agitado del conocimiento puramente humano,
aunque sea religioso, veremos claramente a Jesús. Sin embargo, quizá nos
asaltará el miedo: ¿no será todo ello un fantasma, una ilusión? Esta será
posible mientras permanezcamos en lo puramente humano. Solamente cuando Jesús
mismo hable, cuando su palabra divina y su gracia nos alcancen, desaparecerá
toda posibilidad de engaño y todo temor: “Consolaos, Yo soy, no temáis.”
Por
eso es tan necesaria para el cristiano, y para todo el que desea encontrarse
con Cristo, la oración continua, que es un reconocimiento de la propia insuficiencia.
Dios
premia siempre a quienes le buscan con actitud sincera, con la rectitud de
quien orienta su vida hacia el reconocimiento de la verdad, aunque aparentemente
no coincida con sus intereses materiales.
Con
esa disposición previa, libre de prejuicios y confiada y abierta a la verdad
que se nos manifieste, la lectura del libro resulta sumamente amable y enriquecedora. Y
nunca mejor aplicado lo de Sumamente, teniendo en cuenta que se trata del
conocimiento de Dios que se nos revela.
Sobre
el mismo tema:
Jesúsde Nazaret. Joseph Ratzinger
50 preguntas sobre Jesucristo y la Iglesia
martes, 22 de diciembre de 2020
Lecturas: las ventajas de leer mucho y bueno
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| Foto El País |
Ventajas de leer
Cuenta
Teresa de Jesús, la santa de Ávila,
que de niña devoraba novelas de caballerías. Siempre tenía alguna leyendo, y
esperaba con ansia que le trajeran otra en cuanto la terminaba.
Al
pasar los años, Teresa reflexionaba sobre el impacto en su personalidad de ese
afán infantil y juvenil por la lectura. Sus conclusiones nos pueden servir.
a) Esas lecturas le dejaban un cierto sabor de servidumbre (apego o esclavitud) y de irrealidad, porque leía cosas irreales, la vida no era así.
b) A la vez descubrió el poder cautivador de la lectura y de contar historias: cuando abría un libro, aquello cobraba vida. Gracias al lenguaje humano. los libros nos dicen cosas, que luego nos acompañan en nuestra relación con la realidad. Cosas que, si el autor es bueno, nos ayudan a conocernos mejor, a conocer mejor a los demás, a modular nuestra forma de relacionarnos con cada persona. Leer permite afrontar mejor la vida y las relaciones.
c) El riesgo no residía en el hecho de la lectura, sino en leer sólo por mera evasión. La lectura debe servir para la vida, y por eso quien escribe ha de ser capaz de despertar sentimientos, ideas y valores que sirvan para la vida. De lo contrario, corren el riesgo de hacernos perder el tiempo.
d) Gracias a su mucho leer adquirió un estilo propio, ágil, gracioso y fluido, con el que –al hacerse mayor- pudo comunicar de manera sencilla, atractiva y cautivadora su rica realidad interior, describir el ambiente en que vivió, las personas con las que se relacionaba, las costumbres de la época y, sobre todo, su apasionada experiencia personal de la relación con Jesucristo.
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| Edith Stein, intelectual judía. Leyendo a santa Teresa se convirtió a la fe católica |
Los
escritos de Santa Teresa han hecho
bien a millones de personas, y han acercado a la fe a personajes como Edith Stein, hoy santa Teresa Benedicta de la Cruz.
También
Edith Stein era una inquieta
intelectual judía. Leía mucho. Esperando en casa de un amigo, tomó al azar un
libro de su biblioteca. Era El libro dela vida, de santa Teresa de Jesús. Lo leyó de un tirón, y al terminar
concluyó: “Aquí está la verdad”. Fue
el detonante de su conversión a la fe católica, como rememoraba años más tarde
en su autobiografía Estrellas
amarillas.
Como
Teresa de Jesús y Edith Stein, muchos de los grandes santos han sido grandes
lectores. No hay más que recordar a san Agustín o a santo Tomás de Aquino.
San Josemaría Escrivá
conocía los clásicos desde joven: expresiones de los Episodios Nacionales, de Benito
Pérez Galdós, y de muchos otros autores, afloran con naturalidad en sus
escritos, y contribuyen a dar plasticidad y estilo propio a sus obras y a su
predicación.
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| Foto opusdei.es |
La
lectura de buenos libros es un ejercicio
necesario para nuestras facultades intelectuales, afina el espíritu y abre
horizontes de buenas ideas y nuevas formas de expresarlas.
La lectura nos ayuda a pensar.
Quien ha leído mucho tiene más fácil el pensamiento discursivo, una
conversación más rica y fluída, porque la lectura nos amplía el vocabulario. Es
penoso escuchar “conversaciones” entre personas que apenas conocen el
significado de unas pocas decenas de palabras, y tienen que acudir a gruñidos,
tacos o aspavientos para comunicar sus opiniones o estados de ánimo.
Quien
lee mucho, adquiere vocabulario, y así sabe llamar a las cosas por su nombre,
que es el único modo de poseerlas: ser capaz de nombrar, de dar nombre, es
manifestación de posesión y dominio. ¡Qué distinto es un paseo por el monte,
cuando conocemos los nombres de las plantas y las podemos nombrar! Del mismo
modo, qué distinto es nuestro pasear entre las personas cuando sabemos
identificar y nombrar sus reacciones y sentimientos, y cuando sabemos expresar
apropiadamente los nuestros.
Leer
nos aporta riqueza de lenguaje, conocimientos y capacidad expresiva, y con ese
bagaje podemos entrar en diálogo con los mejores creadores de ideas, construir
un sano espíritu crítico con el que juzgar lo que acontece.
Leer mucho va enriqueciendo nuestra mente hasta permitirnos acceder a la lectura de libros cada vez más arduos y difíciles, que son necesarios para entender los complejos intríngulis de la vida.
Leer favorece la vida del espíritu,
que crece mejor sobre el terreno abonado por la sensibilidad cultural. Leer
afina nuestro mundo interior y la capacidad de disfrutar con la contemplación. Cuántas
veces al leer una frase encontramos la descripción de un sentimiento personal,
de una emoción recóndita, que intuíamos pero no sabíamos definir ni expresar
hasta ese momento.
La
lectura forma parte esencial de la formación
cultural, que es –como explicaba san Josemaría Escrivá, fundador del Opus
Dei- indispensable para el cumplimiento del fin natural y sobrenatural de toda
persona, y es aún más indispensable para todo cristiano corriente, de quienes Dios
espera que sean capaces de transformar el mundo desde dentro, aflorando los
valores del espíritu en y desde los ambientes profesionales y laborales. Y eso
requiere incrementar constantemente la propia cultura, según la capacidad y
posibilidades de cada uno.
El
mundo necesita líderes culturales que muestren la belleza intelectual y moral
de la fe y el modo de vivir cristiano. Personas capaces de idear y difundir
estilos de vida acordes con la dignidad de la persona. Y eso requiere cultura.
Qué leer
Hay
un libro único, capaz de satisfacer todas las inquietudes del hombre: el Evangelio. Es el libro que Dios usa
para hacer presente su Palabra viva, y hablarnos.
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| Pantocrator del Sinaí |
En
realidad, el Libro por antonomasia es Jesucristo
mismo, Dios hecho Hombre, el Verbo
de Dios encarnado. Jesús es la Palabra que Dios nos envía en su Hijo.
El
evangelista san Juan nos dice que “Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba
con Dios, y el Verbo era Dios.” Jesús es la Palabra que Dios nos dirige, a cada
persona, para que conociéndola seamos capaces de entender quiénes somos, de
dónde venimos, cuál es nuestro destino, y el Camino para llegar: “Yo soy el
Camino, la Verdad y la Vida”, nos dice Jesús de Sí mismo.
Por
eso la primera “lectura”, la esencial, es mirar y contemplar a Jesucristo, escuchar lo que su Vida y su Humanidad nos
dice. Santo Tomás de Aquino, una de las mentes más poderosas de la historia,
que había escrito unos libros impresionantes, un buen día, tras un suceso
extraordinario en su interior mientras celebraba la Misa, dejó de escribir. A
quienes le preguntaban por qué ya no escribía, les decía que había entendido
que el mejor libro, el que encerraba toda la sabiduría, era Cristo en la Cruz:
ahí estaba todo.
El Evangelio nos narra los hechos y palabras esenciales que Jesús nos dirige a cada uno. No “nos dirigió”, porque nos las sigue dirigiendo. Es un libro que goza de algo que no tiene ningún otro: está inspirado por el Espíritu Santo. Un libro vivo, que esconde en niveles siempre más profundos llamadas al corazón y a la mente de cada persona que lo lee o escucha.
San Josemaría, refiriéndose
al Evangelio, escribió: “Lo que allí se narra no sólo has de saberlo: has de vivirlo”. Y
recomendaba que fuese una lectura meditada, a ejemplo de María, que conservaba
en su corazón todo lo que veía y escuchaba a su Hijo. Desde luego también sirven los audios, aunque la lectura facilita más meditación.
Contemplar
a Jesús. Leer y meditar su Vida en el Evangelio. Y asentar todo lo que ahí
aprendemos sobre la base humana de una cultura que hacemos crecer con nuestras
lecturas, con lo mejor que la mente humana ha sido capaz de escribir a lo largode la historia. No lo último es lo mejor.
Entre
los grandes libros están los de los grandes santos, pero también los de los buenos
novelistas, historiadores, filósofos, científicos, biógrafos… Aunque cada cual
tiene sus gustos y preferencias, nos conviene leer de todo, mucho y bueno.
Aquí
sugiero una propuesta básica de libros que contienen, a mi juicioo y cada uno en su estilo,
una visión rica y coherente del ser humano. De diversas maneras, tienen en
común que ayudan a entender mejor a la persona y al mundo en que vivimos.
Están
divididos por áreas temáticas. Los hay de erudición y de entretenimiento. Pero
de todos se pueden extraer valores.
Antropología
En torno al hombre.
José Ramón Ayllón
Creación
y pecado. Josep Ratzinger
Antropología. Juan Luis
Lorda
Ética y virtudes
Las virtudes
fundamentales. Josep Pieper
Ética a Nicómaco.
Aristóteles
Moral, el arte de
vivir. Juan Luis Lorda
Desfile de
modelos. José Ramón Ayllón
Sexualidad, amor y
santa pureza. J.M. Ibáñez Langlois
Carta a los jóvenes.
Juan Pablo II
Verdad,
valores, poder. Josep Ratzinger
Cartas del diablo a su
sobrino. C.S. Lewis
Literatura
El principito. A de
Saint Exupery
Matar un ruiseñor.
Harper Lee
La última del cadalso.
Gertrud von le Fort
Los novios.
Alejandro Manzoni
El Señor de Bembibre.
Eugenio Gil y Carrasco
Rebelión en la
Granja. Orwell
La nueva vida de
Pedrito de Andía. Rafael Sánchez Mazas
La isla del tesoro.
Stevenson
En lugar
seguro. Wallace Stevens
Biografías
La
puerta de la esperanza. J.A. Vallejo Nájera
Confesiones. San
Agustín
Libro de su vida.
Teresa de Jesús
Tomás Moro. Vázquez de
Prada
Dios o nada.
Robert Sarah
Santo Tomás de Aquino. Chesterton
Olor a
yerba seca. Memorias. Alejandro Llano
Contexto histórico
Tiempos modernos. Paul
Jhonson
Historia
de las ideas contemporáneas. Mariano Fazio
Leyendas negras de la
Iglesia. Vittorio Messori
Historia de España
moderna y contemporánea. José Luis Comellas
Una mirada a Europa.
Josep Ratzinger
Dios y el mundo. Josep
Ratzinger
El pontificado
romano en la historia. José Orlandis
Un adolescente en laretaguardia. Gil Imirizaldu
Religión
Conocer a Jesucristo.
Frank J. Sheed
Vida de Jesús. Francisco Fernández Carvajal
Jesús
de Nazaret. Benedicto XVI
¿Es razonable ser
creyente? Alfonso Aguiló
El regreso del hijopródigo. J.M. Nouwen
El poder
oculto de la amabilidad. Lovasik
Para ser cristiano.
Juan Luis Lorda
Amigos de Dios. Josemaría
Escrivá de Balaguer
Catecismo de la Iglesia Católica
Una buena selección de
libros de espiritualidad, ordenada por etapas en nivel creciente de formación: https://www.delibris.org/es/node/214454
Sitios de internet con buenas sugerencias sobre lecturas:
martes, 14 de febrero de 2023
El hecho extraordinario. La música en la conversión de García Morente
Decía Edith Stein que quien busca con
sinceridad y apasionadamente la verdad está en el camino de Cristo. Hablaba de
su experiencia. Como verdadera filósofa, buscaba siempre la verdad, y quedó
deslumbrada por la sincera y sencilla luminosidad que transmite El libro de la
vida, de santa Teresa de Jesús. Dios se sirve del encanto de unas palabras
verdaderas, escritas por una persona santa, para adentrarse en el alma de quien
lee con espíritu abierto a la verdad.
Ha escrito Benedicto XVI, en su
magnífico Jesús de Nazaret, que la salvación no se alcanza viviendo cada cual
su religión o su ateísmo, como sostiene cierto pensamiento actual. Dios nos pide
mantener el espíritu despierto para poder escuchar su hablar silencioso, que
está en nosotros y nos rescata de la simple rutina conduciéndonos por el camino
de la verdad: un camino que finaliza en Jesucristo.
Quien mantiene el espíritu despierto,
está en condiciones de escuchar ese hablar silencioso de Dios en todo cuanto
contenga chispazos del ser de Dios, que es la Verdad, el Bien, la Belleza, el
Sumo Amor.
Si Dios se sirvió, en el caso de Edith Stein, de la autobiografía de una santa, también la buena música contiene un resplandor divino capaz de elevarnos hasta el Creador. Lo saben bien los amantes de la música, como Benedicto XVI: «La música puede abrir las mentes y los corazones a la dimensión del espíritu, y llevar a las personas a levantar la mirada hacia lo Alto, a abrirse al Bien y a la Belleza absolutos, que tienen en Dios su fuente última.»
Esta reflexión viene tras la relectura de El hecho extraordinario, una carta en la que narra su conversión Manuel García Morente. Filósofo, catedrático de Ética de la Universidad de Madrid, buen amante de la música, alumno de la Institución Libre de Enseñanza y ateo declarado, al comienzo de la guerra civil fue destituido de sus cargos en la universidad, y huyó a Francia cuando recibió aviso de que planeaban asesinarle.
Refugiado en casa de unos amigos en
París, una noche de 1937 reflexiona sobre su vida. ¿Quién está detrás de mi
existencia? ¿Quién conduce mi vida, pues soy consciente de que ni me la he dado
a mí mismo ni la conduzco? Y en ese momento aparece en su mente la idea de la
providencia divina. Se asusta ante semejante pensamiento, impropio de un ateo,
y para despejarse enciende la radio y escucha música clásica.
Y al cabo de un momento llega a sus
oídos “algo exquisito, suavísimo, de una delicadeza y ternura tales, que nadie
puede escucharlo con los ojos secos. Cantábalo un tenor magnífico, de voz
dulce, aterciopelada, flexible y suave, que matizaba incomparablemente la
melodía pura, ingenua, verdaderamente divina.” Se trataba de un fragmento de La
infancia de Jesús, del compositor francés Héctor Berlioz.
Todo parece
indicar que escuchó El descanso de la Sagrada Familia, el movimiento
coral que aparece en el minuto 48:46 de la versión insertada arriba. En ese pasaje, “la dulce y penetrante
música de Berlioz” ilumina con luz maravillosa la representación que imprimen
en su mente las palabras de la Virgen María: “Ved esta hermosa alfombra de
hierba suave y florida / el Señor la tendió en el desierto para mi Hijo.” Y en
ese momento, música y letra se funden en una visión que “tuvo un efecto
fulminante para mi alma.”
García
Morente cae de rodillas, y recuerda su niñez, cuando rezaba junto a su madre, recostado en su
regazo y ambos de rodillas. Y las palabras del Padrenuestro, casi olvidadas,
acuden a sus labios…
Todo lo bello nos acerca a Dios, porque procede de Dios. Cultivemos el arte de lo bello: desde la contemplación de la naturaleza hasta la belleza que se esconde en un amable gesto de servicio; desde la lectura reposada de textos sublimes (hay tantos) hasta la escucha silenciosa de los grandes maestros de la música: esa música que “al elevar el alma a la contemplación, nos ayuda a captar los matices más íntimos del genio humano, en el que se refleja algo de la belleza incomparable del Creador del universo.” (Benedicto XVI).
De todo lo bello y de todo lo bueno puede servirse Dios para adentrarse en nuestra alma, si le buscamos con un corazón sincero. Y sin miedo al compromiso que la verdad exige. García Morente se comprometió con la verdad recién descubierta: se convirtió, volvió a la Iglesia católica, en 1938 regresó a España y en 1940 fue ordenado sacerdote. Era el camino que Dios, sabio Conductor, tenía previsto para él.
P/D: García Morente escucharía también, en ese momento o más tarde, el fragmento que precede a El descanso de la Sagrada Familia. Es el precioso movimiento La despedida de los pastores (minuto 44:44), una tierna melodía con la que la masa coral despide a Jesús, María y José cuando tienen que huir a Egipto.

















